SALVADOR PÁNIKER

0 566

Hace tiempo que Salvador Pániker (Barcelona, 1927) dejó de creer que el progreso científico y tecnológico nos vaya a llevar, por sí solo, a un estado de felicidad suprema. No hay más que ver como la sociedad, altamente tecnificada y con mayores facilidades que nunca, sufre los estragos de la depresión y la ansiedad. Un problema para el que Occidente sólo ha sabido encontrar terapias psicológicas donde Oriente ha dado con verdaderas sabidurías. Pániker, de padre indio y madre catalana, ha tomado prestadas esas sabidurías para elaborar su llamado modelo retroprogresivo, un paradigma que propugna la recuperación de las formas del pasado para su conciliación con las nuevas tecnologías.

“ES PAUSIBLE PENSAR QUE NOS ENCONTRAMOS EN LA PREHISTORIA DEL ESPÍRITU HUMANO”

Usted ha dedicado su vida a la filosofía pero al principio su camino iba a ser otro. Así es. Estudié Ingeniería Industrial para dar gusto a mi padre, un ingeniero químico propietario de una empresa de productos químicos. Se suponía que yo debía hacerme cargo del negocio familiar. De todos modos, no me arrepiento de haber estudiado esta carrera entre otras cosas porque, como filósofo, entiendo que la filosofía no puede estar desconectada de la ciencia. En parte la filosofía trata de aquellas preguntas sin respuesta que deja la ciencia.

¿Qué le queda de su faceta de ingeniero? Unos hábitos muy sanos: el gusto por el rigor mental, el no opinar sobre temas que no conozco y sobre los que no tengo información suficiente, y la eficacia del método científico. Ningún sabio de las letras debería ser un analfabeto en ciencia. Y viceversa. El ingeniero industrial siempre ha sido un poco generalista porque tiene una visión panorámica de los distintos ramos de la ciencia, y me parece que lo sigue siendo. En líneas generales, es una buena base para, a la vez, especializarse en algo y mantener la visión generalista, que para mí es básica. Yo creo, además, que si no te reciclas estás perdido. Los títulos universitarios deberían llevar, como los productos farmacéuticos, fecha de caducidad, porque imagínese cómo habrán cambiado las asignaturas que yo estudié en la carrera hace casi 50 años.

Un día, entre la infancia y la adolescencia, toma forma en su mente su primera cuestión filosófica: “¿Por qué el mundo es como es y no, más bien, de otra manera?” Después de tantos años, ¿ha hallado alguna respuesta para esa pregunta? Sí, hay una respuesta y es que no hay ninguna necesidad de que el mundo sea como es. En mi último libro, Variaciones 95, me ocupo de lo que yo llamo teología del azar y de la contingencia. Como decía Prigogine, recientemente fallecido, el mundo se va construyendo sobre la marcha sin que preexistan modelos platónicos a priori. Y eso significa que el mundo podría muy bien ser de otra manera. No existe ninguna necesidad de que el mundo sea como es. Para mí esta es la gracia del asunto. Yo creo que estamos siempre a caballo entre la necesidad de las leyes de la naturaleza y el azar, que las atraviesa todas. Y este es el juego.

La misma aparición de la vida y de la especie humana parece ser el fruto de una casualidad. Yo creo que todo huele a casualidad en el universo. La cultura judeocristiana y otras culturas de tipo religioso se oponen al azar porque va contra la idea de una providencia, contra la idea de un plan divino. Pero yo creo que el azar es lo que en otras culturas se ha llamado la divinidad inmanente. O sea, esta creatividad de la natura es lo más parecido a la divinidad que podamos encontrar. La idea de un dios que ha diseñado el universo está absolutamente en crisis, entre otras cosas porque el universo está muy mal diseñado y a cualquiera de nosotros se nos ocurriría un mundo mejor, con menos dolor, menos sufrimiento, menos miserias, menos asimetrías inasimilables. En cambio, la idea de que el universo se va creando sobre la marcha nos responsabiliza porque con cada mínima decisión que tomamos incidimos en la marcha del universo. Esto es muy interesante. La idea es que el azar nos responsabiliza a todos.

Si es así, ¿se podría decir que la vida tiene un sentido? No, la vida es demasiado absoluta para tener sentido. Tiene sentido una frase pero no la vida. Siempre digo que preguntarse por el sentido de la vida es un síntoma de que el individuo ha perdido fuerza vital. Cuando uno vive plenamente no se pregunta por el sentido de la vida. La vida es demasiado absoluta para tener sentido. El sentido se lo ponemos nosotros a las cosas para sobrevivir. Es una operación de supervivencia casi darwiniana. Entonces, el sentido es, como dirían los pragmatistas, un ardid de la natura para compensar los estragos causados por la conciencia refleja. Es decir, el hombre es un animal, pero un animal que tiene una conciencia refleja y esto es tremendamente traumático: sabes que vas a morir, sabes que no sabes, tienes un horizonte de incertidumbre. Y entonces los símbolos y los sentidos y toda esta hermenéutica que es la cultura son como un gran colchón que te amortigua este shock.

¿Buscar el sentido de la vida es una forma de eludir la muerte? Occidente tiene una actitud histérica frente a la muerte porque es una cultura centrada en el ego y la muerte es una catástrofe para el ego. Por eso, es normal que nos hayamos pertrechado con tantos mecanismos para eludirla.

¿Tiene esto algo que ver con que usted haya afirmado que vivimos en la era de la depresión y la ansiedad? Sí. El ego es ansioso por definición porque sabe que va a morir y entonces busca algo que le proteja de la incertidumbre del ambiente. Las ideologías y religiones cumplen ese papel. Nos dicen lo que tenemos que hacer. Sin embargo, esas grandes síntesis totalitarias están en crisis y el ego vuelve a estar huérfano y ansioso, sin saber qué hacer. Todos tenemos la sensación, o al menos yo la tengo, de que las cosas no son suficientemente reales. Y esto explica el renacimiento de movimientos retro, como el fundamentalismo religioso y algunos nacionalismos, que al menos te tranquilizan porque son respuestas simplificadoras y simplistas. Incluso he pensado que es posible que con la secularización se haya alterado el funcionamiento de ciertas neuronas produciendo una cierta incapacidad de segregar algunos neurotransmisores que hoy en día se relacionan con la antidepresión.

¿Qué solución propone usted? Vivir a la intemperie. Mi propuesta consiste en tomar un poco de aquí y otro poco de allá, mestizaje religioso e ideológico, culminación de los derechos humanos, construcción del propio hábitat. Hay que deshacerse del ego porque con él las desventajas evolutivas son mayores. El ego es una fuente de ansiedad permanente: el ego es el que sabe que va a morir, el ego es el que ve discurrir el tiempo, el ego es el que convive mal con la incertidumbre del ambiente. Si te has deshecho del ego, si te identificas con todo, la ansiedad desaparece. Y vivir a la intemperie, que es lo que yo predico, requiere lo que llamo la sabiduría retroprogresiva.

¿En qué consiste esa sabiduría? Yo siempre pongo el siguiente esquema: el niño, antes de que le socialicen la conciencia, se identifica con todo su entorno. De pronto, un buen día muerde la almohada y no pasa nada. Pero muerde su dedo y entonces le duele y se da cuenta de que allí hay una demarcación: la almohada no soy yo, el dedo soy yo. Comienza una demarcación y toda la socialización consiste en irte demarcando cada vez de una manera más estrecha. Luego no sólo te identificas con tu cuerpo sino también con unas normas que te han dicho (tienes que ser aseado, tienes que obedecer a papá y a mamá). Y al final, este ser, que se identificaba con el cosmos, se identifica con un concepto abstracto, construido por la sociedad y muy limitado.

Se ha construido el ego ansioso. Exacto. En eso consistía la labor del confucianismo en la antigua China, que te daba las reglas de cómo había que hacerlo todo, desde tomar el té hasta hacer el amor. Entonces el taoísmo fue una institución cultural enormemente sabia que te descodificaba la conciencia y te hacía recuperar la espontaneidad de la niñez perdida. Y ha sido una catástrofe cultural que en Occidente no haya habido una institución parecida al taoísmo para desaprender lo aprendido sin olvidarlo y recuperar la niñez perdida. Y esto sería el esquema retroprogresivo: volver a recuperar esta identificación con la totalidad de las cosas, con el cosmos, y entonces recuperar el cuerpo y el ambiente.

“ENTIENDO QUE LA FILOSOFÍA NO PUEDE ESTAR DESCONECTADA DE LA CIENCIA. EN PARTE, LA FILOSOFÍA TRATA DE AQUELLAS PREGUNTAS SIN RESPUESTA QUE DEJA LA CIENCIA”

Ese parece un planteamiento muy ecologista. Lo es en parte. La recuperación del medio ambiente es una fase del retroprogreso. La identificación del individuo con el cosmos tiene consecuencias inevitables en este sentido. Cualquier acción nuestra repercute en el ecosistema de diferentes, simultáneas e imprevisibles maneras. Cualquier cosa que hagamos genera efectos secundarios que tarde o temprano se retrotraerán sobre nosotros y sobre el medio ambiente en general.

El retroprogreso parece una filosofía muy ambivalente. Hay que sustituir el mito canceroso del progreso por la noción más ambivalente del retroprogreso. Procede tomar conciencia de que allí donde el avance no es retroprogresivo los costes del progreso exceden a sus ventajas. Por ejemplo, si la sociedad informatizada no sirve para recuperar ciertas virtudes de una sociedad preindustrial no sirve para mucho. En la era retroprogresiva todo tiende a ser híbrido, a la vez innovador y tradicional. Y curiosamente y en algunos aspectos una metáfora parecida a esta es la que nos da la física moderna, que nos habla del principio de no separabilidad. Por lo tanto, volvemos a la idea de conciliar cosas que aparentemente se contradicen. Hay que ir en las dos direcciones. Y eso sólo se consigue tomando conciencia de las demarcaciones que se nos han impuesto y que nos han alejado del origen y eliminándolas mediante nuestra identificación con el cosmos. Es plausible pensar que nos encontramos en la prehistoria del espíritu humano.

¿Se trata de crear una sociedad con un mayor pluralismo? Sí. Una filosofía de la ambivalencia nos enseña que la salud está en ser retroprogresivos, en avanzar simultáneamente hacia el futuro y hacia el origen. Este avance ha de ser crítico, ha de poner permanentemente en crisis los presupuestos de partida. Ahora bien: al aproximarnos críticamente al origen, el orden totalitario se desordena, es decir, se hace plural. Al no poder ya pensar separadamente al orden y al desorden, sucede que el orden se desordena para volverse a ordenar de manera más compleja. Esta manera más compleja es la manera plural.

Resulta paradójico hablar de pluralismo tras presenciar los más recientes acontecimientos internacionales. Es un accidente histórico, que espero que termine pronto, que en EE UU, que es el país que tanto manda en el mundo, haya tomado el poder un gobierno de extrema derecha. Y esto ha creado mucha confusión porque no sólo es un gobierno de extrema derecha sino que también es un gobierno de fundamentalistas cristianos, y estos simplifican y no están a la altura de los tiempos. Y entonces se confunde la globalización con esas actitudes neoimperialistas que yo creo que son un accidente de la historia.

¿Cree que la globalización es una mala apuesta? No creo que sea una mala apuesta porque es inevitable, es decir, es el resultado de la interfecundación y interrelación de todas las cosas con las nuevas tecnologías. Lo que sí creo es que no se debe confundir la globalización con el modelo neoliberal y la prueba es que los movimientos antiglobalización ya no hablan de antiglobalización sino que hablan de “otra globalización”. En este contexto yo me siento cómodo con la globalización porque además me siento ciudadano del mundo y creo que no vamos a volver a proteccionismos superados y que incluso el propio Estado-nación, que ha sido glorioso porque con él se inventó la democracia, debe ser superado. Lo que tenemos que hacer es inventar instituciones democráticas para un mundo globalizado y eso todavía no existe.

¿La globalización representa el inicio del cumplimiento del modelo retroprogresivo? Sí en lo que la globalización tiene de ecologismo. Porque aunque el ecologismo es un movimiento profundamente conservador, no lo es de una forma retrógrada. Pero la globalización y el retroprogreso son cosas esencialmente distintas.

¿El retroprogreso se aprende en las escuelas? En las escuelas se aprende el alejamiento del origen. Sólo más tarde uno comprende que hay que desaprender lo aprendido y recupera la espontaneidad original y originaria. Entonces el individuo puede llegar a un estado de conciencia que sea a la vez socializado y desocializado. Ser socializado conociendo las reglas del juego y a la vez ser espontáneo diciendo lo que te sale de dentro sin torcerte en fingimientos falsos. Esta doble articulación entre la parte socializada y la parte que ha recuperado la espontaneidad creadora del origen es básica.

¿Cómo puede beneficiar el modelo retroprogresivo a la labor científica? Dando una mayor salud mental a los científicos. En definitiva, la retroprogresión es recuperar la salud mental creando un clima que es muy propicio a la creatividad científica: la superación de la ansiedad. Creo que sino tienes superada la ansiedad, no puedes ser creativo. Esa ecuación que les gusta a muchos consistente en unir creatividad con algún tipo de patología mental me parece que no va por el buen camino. El señor más creativo es el que tiene superadas sus ansiedades. Einstein siempre decía que en sus dos grandes periodos de creatividad, que son 1905 y 1915, estaba atravesando momentos de mucha felicidad en su vida privada.

MUY PERSONAL

Una ciudad para vivir. Florencia, porque es la ciudad más hermosa del mundo.

¿Qué viaje tiene pendiente? Yo ya he viajado mucho. Me identifico con la respuesta que dio otro entrevistado cuando le hicieron la misma pregunta: “¿Ah, pero usted todavía viaja?” (ríe). No, no tengo ningún viaje pendiente.

¿Cuál es su estado de ánimo actual? De un cierto desapego a todo, quizá excesivo.

Un libro imprescindible. Hay uno que he publicado en la editorial que yo dirijo, en la Editorial Kairós, que se llama La conciencia sin fronteras de Ken Wilber . Lo recomiendo. Allí está explicado el esquema retroprogresivo, aunque yo lo he desarrollado más, pero él lo aborda desde el punto de vista psicológico.

¿A qué personaje histórico le hubiera gustado conocer? Quizá a Jesucristo, para ver que aspecto físico tenía. No estaría mal saberlo.

¿Qué dirá el epitafio en su sepulcro cuando haya muerto? Sigo vivo.

¿Cualquier tiempo pasado fue mejor? No, cualquier tiempo pasado fue pasado pero mejor no.

¿De qué tiene miedo? De tener miedo.

¿Las mujeres o la música? Both, como dicen los ingleses.

¿Qué político español le despierta mayores simpatías? Yo sigo teniendo simpatía por Felipe González, a pesar de la mala prensa que ha tenido.

¿Qué parte de su personalidad le gustaría erradicar? Quizá usted no lo habrá notado o quizá sí. Un excesivo apetito de ser querido y de gustar a los demás.

¿Cree en Dios? Yo no admito mucho la pregunta. Hay quien me ha caracterizado como una agnóstico místico y es posible que esta sea la fórmula que más me va. Yo no creo en el dios relojero, en el dios creador, en el dios todopoderoso. Pero no soy tampoco ateo, porque me parece que el ateísmo también es polémico y un poco superficial

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.