Josefina Aldecoa

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Nació en La Robla (León) el 8 de marzo de 1926 y se doctoró en Filosofía y Letras en Madrid. Muchas veces la han llamado «maestra», una palabra y una profesión que admira profundamente, y aunque en sus 40 años dirigiendo el colegio Estilo nunca ha enseñado, su proyecto educativo tuvo una gran importancia en la práctica de la enseñanza en él. Para esta pedagoga educar es lo más importante, lo básico, lo que subyace en cualquier forma de enseñanza. Por ello quiso poner en marcha el proyecto de una «escuela flexible, amplia de horizontes, capaz de respetar las distintas ideas y las características de los grupos sociales, culturales, históricos y étnicos que forman una nación. Una escuela dispuesta a aceptar las características individuales de los niños, dispuesta a ayudarles a desarrollar al máximo sus capacidades». Su pasión por la literatura le permite entrar en contacto con algunos de los escritores de la llamada «generación de los cincuenta» como Jesús Fernández Santos, Carmen Martín Gaite e Ignacio Aldecoa con el que se casó en 1952. A sus 80 años muy vividos, humildemente ha resumido en su autobiografía: «He tenido una hija. He plantado un árbol, un haya purpúrea que mide ya doce metros en mi jardín de Cantabria. Y he escrito algunos libros….».

«EDUCAR ES RESPETAR LAS DISTINTAS PERSONALIDADES»

Lleva dirigiendo el colegio Estilo desde el año 1959. ¿Cómo puede resumir la experiencia de tantos años? Puedo decir que ha sido una experiencia maravillosa que me ha dado muchas alegrías, como es lógico también muchas preocupaciones. Pero la pedagogía ha sido mi pasión, junto con la literatura, y ambas se pueden compaginar. En conjunto puedo decir que ha sido muy satisfactoria.

En España no se acaba nunca de debatir sobre los distintos planes de educación que se van aplicando. ¿Es esto necesario? Después de tanto tiempo uno se acostumbra a que se aborden las cosas de diferente manera, pero dentro de eso hay una flexibilidad, para que uno pueda plantearlas con cierta libertad. Pueden cambiar los cursos, las edades, las asignaturas, pero la manera de hacerlo uno no, y eso es lo que hay que salvaguardar porque es importante. He sido testigo de los cambios sucesivos de los planes de educación, pero yo siempre he mantenido el respeto a la libertad y que los niños aprendan a respetar la libertad de los otros como base de una convivencia pacífica.

En estos momentos están en entredicho ciertos modelos educativos debido a los malos resultados que se obtienen. No lo sé, la sociedad ha cambiado tanto, se ha pasado en España de una sociedad muy autoritaria y con modelos de familia muy del siglo XIX a otras formas de vida. El siglo XX tuvo muchos cam-bios, la mujer pasa a integrarse en la sociedad y en el trabajo, todo esto ha traído más cambios y distintas adaptaciones, pero creo que ahora estamos viviendo un momento más equilibrado, las madres que trabajan ahora ya no son las que nunca lo habían hecho y tenían que comenzar hacerlo.

Pero ¿por qué se habla de baja calidad en la enseñanza? ¿Qué opinión tiene como pedagoga? Tal vez no sea la más indicada para hablar de ello. Yo vivo encerrada en mi colegio, con mis profesores, mis niños y lo hacemos como queremos utilizando las corrientes más avanzadas que surgieron en el siglo XX en el terreno de la pedagogía y en lo que respecta, por decirlo de alguna manera, a la ideología, nosotros seguimos teniendo presentes los dos principios que tenía la Institución Libre de Enseñanza: laicidad y coeducación. Mantener estos principios pudo ser difícil al comienzo. Pero ahora todo es más fácil que cuando empezamos.

¿Cómo fueron esos comienzos? En Madrid había muy pocos colegios con los principios que nosotros queríamos aplicar. En los años cincuenta ni la laicidad ni la coeducación, o lo que es lo mismo niños y niñas juntos, estaban de moda. Alquilamos este chalé en El Viso y así nació el colegio Estilo Jardín-Escuela, con novedades como la enseñanza del inglés. La veintena de niños iban de tres a cinco años. Algunos eran hijos de amigos.

¿La educación es la base de la cultura? Sí, la educación para la cultura es decisiva. Para un niño lo más importante y lo primero es la salud, el afecto y el equilibrio familiar, y luego la educación. Educar a los niños es educar a un país. Tienes que saber qué les pides, lo que quieres de ellos. Educar es respetar las distintas personalidades; tienes que tener claro lo que quieres transmitirles y ayudarles a reflexionar sobre determinadas cosas o temas.

¿Sigue viniendo todos los días al colegio? Si, porque para mí sigue siendo una experiencia maravillosa. Ahora mi hija lleva el peso de la dirección, es esa niña de la foto, y que ahora tiene 51 años. Ella ha estado en el colegio primero de alumna, luego dando inglés a los niños. Los profesores son de su generación. Actualmente tenemos unos 200 niños, en este edificio y en el de al lado, es un colegio pequeño, todos los colegios que empezaron con nosotros aquí en El Viso ya están en La Moraleja o en sitios similares, pero a mí nunca me ha interesado un colegio grande, prefiero que sea pequeño.

Ha apreciado diferencias entre las distintas generaciones que han pasado por el colegio Estilo. Yo he visto evolucionar a la sociedad española a través de ellas y lo que tengo que decir es que ha sido una evolución muy favorable, se han roto muchos tabúes y ahora se notan menos restricciones. Las nuevas generaciones son más libres en el buen sentido de la palabra. En general están ahora mucho más preparadas.

En su biografía, En la distancia, cuenta que la posibilidad que tuvo de viajar e incluso vivir fuera de España fue fundamental para su formación como profesora y como persona. A mí me marcaron dos hechos fundamental-mente, los cinco meses que pasé en Londres a los 24 años en una residencia para mujeres que procedían de todas las partes del mundo, y otro año que pasé en Nueva York cuando ya estaba casada gracias a una beca que se nos concedió para pasar allí el curso 1958-59, lo que me permitió vivir una experiencia educativa nueva. La primera vez que salí de España era el año 1950, como puedes imaginar la vida en Londres no tenía nada que ver con la vida en España. La libertad que allí se gozaba era impensable en España.

Su tesis doctoral versó sobre el arte del niño, fruto de una exposición que vio durante su primer viaje a Londres. Como habrás comprobado, el colegio está lleno de dibujos, todos están hechos por los niños, incluso los del patio. Pero sí, es cierto, vi una exposición de arte infantil que me fascinó en Londres y me dio la idea de mi tesis. La expresión libre es fundamental, con ella se puede transmitir lo que se siente y lo que se piensa de una manera que a ciertas edades no se puede hacer todavía con la palabra. El dibujo, como otras artes, es un estimulo para la imaginación y la invención, también está muy valorado en psicología clínica como forma de saber los conflictos que pueden tener los niños, es una forma de expresión muy auténtica. Para mí fue fundamental el descubrimiento de la creatividad espontánea y su valor excepcional para comprender y respetar el desarrollo de la personalidad infantil.

Hay otro episodio londinense que cuenta en su biografía, y que es significativo de las nuevas posibilidades de conocimiento que surgen al abrir horizontes, que es su encuentro con la mujer de Bertrand Russell. Como buena licenciada en letras de la España franquista, sabía muy poco de Bertrand Russell. En aquella residencia para mujeres, en el tablón de anuncios vi que una señora se ofrecía para dar charlas y lecturas a estudiantes extranjeras para mejorar su inglés, así que la llamé y resultó ser Alys Russell, la primera mujer del filósofo. Una mujer estupenda, con la que tuve correspondencia hasta que murió. La última carta fue de 1951 y luego me escribió una amiga para decirme que había muerto. Era americana y había conocido a Walt Whitman que era amigo de su familia.

Usted, además de la vocación por la pedagogía, tiene otra, la literatura. ¿Nacieron a la vez? No te lo puedo decir, pero empecé desde muy joven a interesarme por la literatura. Primero empecé a escribir poesía. Yo vivía en León con mis padres, y desde que tuve 15 años asistía a una tertulia que había en la Biblioteca Azcárate. Ésta disponía de un fondo de libros espléndido, que incluso durante la Guerra Civil, los libros que estaban en el sótano, según a quienes, nos los prestaban. Cuando se cerraba había una tertulia literaria con dos o tres poetas de allí que eran Victoriano Crémer y Eugenio de Nora, el músico Pepe Castro Ovejero y algún profesor. Yo era la única chica que se quedaba a esta tertulia porque ya en mi juventud me interesaba mucho la lectura además de escribir.

Se casó con un escritor, Ignacio Aldecoa. Este hecho supongo que afianzó su vocación literaria. Ignacio y yo compartíamos muchas afinidades en muchas cosas, de carácter nos peleábamos mucho, pero en formación éramos muy afines y, sobre todo, en las metas que teníamos cada uno estabamos muy de acuerdo. Compartíamos con gran alegría también los descubrimientos literarios que hacíamos, además de los amigos de esa generación como Rafael Sánchez Ferlosio, Carmen Martín Gaite o Alfonso Sastre. La literatura fue uno de los lazos de unión que tuvimos.

Sin embargo, no fue hasta la década de 1980 cuando comienza a publicar sus novelas. Así fue, pero mi última novela La casa gris que recientemente ha publicado Alfaguara es sin embargo la primera novela que escribí. Ésta es de los años cincuenta, y la escribí después de mi experiencia en Londres. En esa residencia que he comentado había mujeres más mayores que yo y muy interesantes por sus profesiones y fue una experiencia muy interesante tratar con ellas. Esta novela es el relato de mi estancia en ella. En su momento la mandé a un premio que no me dieron, se lo dieron a una señora que luego se dijo que había cometido un plagio. Yo guardé la novela y no la volví a mirar. Luego escribí La enredadera, Porque éramos jóvenes y El vergel. Más tarde escribo Historia de una maestra, Mujeres de negro y La fuerza del destino, lo que yo denomino «Trilogía de la memoria». Pero un día mi hija encontró el manuscrito en casa y lo leyó y me dijo que le gustaba mucho y se lo dio a Alfaguara y lo ha publicado ahora, ya va por la tercera edición. Por decirlo de alguna manera, mi última novela publicada es la primera que yo escribí. Posiblemente sea más actual que entonces.

¿Calificaría su novela Historia de una maestra como su libro más conocido? Posiblemente sí. Se lo he dedicado a mi madre, porque yo provengo de una familia de maestros. Mi abuela lo fue y mi madre también y varios hermanos de mi madre. Pero aunque sí considero que es la más conocida, hay otra que, aunque no haya tenido tanto éxito, literariamente a mí me gusta más y es Porque éramos jóvenes.

Vuelca la experiencia familiar en el libro. ¿Tiene algo de autobiográfico? Sí, por ejemplo el episodio de la protagonista en África está inspirado en una tía que cuando venía nos contaba cosas fascinantes de Guinea. No tiene nada que ver con la realidad pero sí está inspirado en ella. Siempre se cuenta lo que una ha vivido, oído o sabe. La historia es ficticia pero todo lo que sucede en ella es real, es un testimonio histórico. El homenaje a mi madre viene porque yo fui primero a la escuela de mi abuela y luego a la de mi madre. Yo siempre he vivido en ese ambiente, y además porque considero la educación como un hecho fundamental. Era una forma de recuperar su memoria y la mía.

El maestro necesita un elemento vocacional para ejercer la profesión. Considero que es totalmente necesario, igual que para un medico, porque si no tal vez no lo aguantas. Para ejercer de maestro tienes que tener pasión.

¿Considera que la llamada «generación de los cincuenta» es suficientemente leída y apreciada en estos momentos? ¿Le molestan las etiquetas? Yo creo que sí somos leídos. Somos la generación de los niños de la guerra y la posguerra. Nos costó todo mucho, tener una formación, no había posibilidad de muchas lecturas, de orientación y había mucha censura, fueron años siniestros en muchas cosas y en lo cultural desde luego también. No, no me molesta la etiqueta, es normal hablar de generación del 27, de los 50. En aquella época todos éramos veinteañeros. Era un grupo con unas señas de identidad claras. Como niños de la guerra tuvimos el mismo background, que contamos todos de alguna manera en nuestra literatura.

Ha comentado que entre sus amigos se encontraba Carmen Martín Gaite, ¿Qué recuerdo tiene de ella? El recuerdo que tengo de Carmen Martín Gaite es constante. Ella y yo fuimos muy amigas desde que nos conocimos hasta su muerte. Ignacio la conoció primero, se conocieron en Salamanca cuando estudiaban. En mi libro Los niños de la guerra recojo una antología de los cuentos de muchos de ellos con un prólogo que es como una memoria generacional..

¿Qué diferencia encuentra entre el cuento y la novela? Su último libro Fiebre es la reunión de sus relatos. Son cosas distintas, un cuento está basado principalmente en una situación o en un suceso cerrado y la novela es como un río. Pero en las dos formas se puede dar buena literatura.

Más de una vez ha expresado que no le gusta mucho el calificativo, que a veces se emplea, de literatura femenina para referirse a la literatura escrita por mujeres. Sí, es cierto. Yo admito el calificativo igual que cuando se habla de literatura china; pero tanto en las mujeres como en los chinos, su calidad como novelistas se reflejará en sus novelas. Lo que no creo es que haya ninguna diferencia entre un buen novelista y una buena novelista, más allá de que sus mundos tal vez sean diferentes, pero del mismo modo que es diferente el mundo para un novelista chino y para uno mediterráneo. Siempre se habla de la literatura femenina con un cierto elemento despectivo, como si ésta estuviera en un segundo plano o como si fuera un capricho. Creo que se mantiene este término porque el mundo sigue dominado por los hombres, y en el caso de las editoriales, salvo excepciones, son dirigidas por ellos. Lo realmente interesante es que las mujeres ofrecen su visión del mundo, y creo que sería también muy interesante que los hombres leyeran a las mujeres para descubrir otra visión de las cosas.

MUY PERSONAL

Apasionada por los viajes, acaba de regresar de uno por África. ¿Cómo ha sido su experiencia? Ha sido un viaje muy emocionante. Nunca había viajado antes a África, ni siquiera a Marruecos, país al que va todo el mundo. Tengo que decir que me ha impresionado todo, tanto su paisaje como la gente, así como las condiciones difíciles en las que viven.

El escritor Francisco Ayala acaba de cumplir los 100 años. ¿Qué puede decir de él? A Francisco Ayala lo conocí el año 1958 en Nueva York, y nos invitó tanto a mí como a Ignacio más de una vez a su casa. Es un gran escritor y una magnífica persona.

¿Cuáles son sus lecturas actuales? A mí me interesa sobre todo la novela y luego, como segunda preferencia, por decirlo así, el ensayo literario. Siempre tengo entre las manos varios libros a la vez de distinto tipo. La poesía fue de gran interés en mi juventud, de hecho estaba en un grupo, Espadaña, que luego fue muy importante.

¿Vive en Madrid porque le gusta o hubiera podido vivir en otro lugar? A mí me gustan mucho Madrid, Londres y Nueva York. En esta última ciudad hubiera podido vivir sin problemas, por eso tal vez cada dos años voy a visitarla.

¿Qué valor es el que más aprecia? Creo sobre todo en una educación en libertad, con todos los fallos que pueda tener.

¿Admira a algún pedagogo concreto? Hay muchos, no podría decir uno.Yo me he formado a través de muchas lecturas, con las lecturas de la diversas tendencias que se iban dando.

¿Escribe más en el campo o en la ciudad? Tal vez en el campo, porque tengo una casa en Cantabria y en ella estoy menos atada a los distintos compromisos cotidianos y habituales que en Madrid.

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