Una idea de la belleza

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Una de las muchas cosas curiosas de
la visión humana es que nuestros ojos,
mientras estamos despiertos, parpadean
continuamente, cada 15 segundos
aproximadamente, aunque hay gente
que parpadea incluso más veces. Sin
embargo, no tenemos la sensación de
que nuestra vista, aunque sea una fracción
de segundo, haga como en el cine
un «fundido en negro», esos cortes que
separaban las secuencias. Y eso es así
porque nuestro cerebro reconstruye en
esa fracción de segundo todo lo que ha
visto. Puede que se pierda algún detalle,
pero no nos damos cuenta.

Con esto quiero decir que lo que
percibimos con los ojos no deja de ser
un «engaño visual», como la técnica
pictórica del trompe-l’oeil (literalmente
«engaña al ojo»), que crea ilusiones
ópticas para dar la sensación de realidad.
Cuatro veces
por minuto, «vemos»
lo que recordamos
haber visto. Esto
debería ser un jarro
de agua fría para los
que creen que existe
una «realidad» ahí
fuera, clara, nítida,
una y solo una, que
nosotros pasivamente
recogemos. El
acto de ver engloba
muchas más cosas
que un mero reflejo
fotográfico.

«La ‘american beauty’
es una variedad
de rosa cultivada
artificialmente,
mediante injertos, para
tener una apariencia
perfecta. Es hermosa y
fragante, pero banal,
como las frutas de los
supermercados, que
son aparentes, pero
que no tienen sabor»

«Nada hay más
hermoso que una
flor», dice un poeta.
¿Dice bien? No. Porque está dotando
de valor a la naturaleza, jerarquizando,
organizando, enjuiciando. Y en la naturaleza
no existen los valores ni los juicios.
La naturaleza no se puede explicar:
o si se prefiere, se explica por sí misma.
«Una rosa es una rosa es una rosa»
(Gertrude Stein), pero una rosa no es
más bella que un árbol, porque no es un
árbol. O que una piedra, o que un pájaro,
o que un rostro de mujer. Nos equivocamos
al hacer esta valoración, algo
específicamente humano, que en realidad
tiene un sentido fundamentalmente
práctico: es bello lo que nos es útil, y
más bello todavía lo que es escaso.
«Stat rosa pristina nomine, nomina
nuda tenemos». De la rosa primitiva
queda el nombre, tenemos los nombres
desnudos. La belleza de la rosa empieza
en su nombre. Hay quien dice, creo que
Chateubriand, que no podríamos sentirnos
enamorados si no conociéramos el
significado de la palabra «amor», porque
el idioma también es forjador del carácter,
y las palabras encierran nuestra
visión de la realidad. Lo curioso de esa
frase -para añadir más error a la confusión-,
que dio título a la famosa novela
de Umberto Eco El nombre de la rosa,
es que procede de un equívoco o error.
Se trata del verso, un hexámetro, de un
poeta menor del siglo XII, Bernardo de
Morlas, que en su obra De contemptu
mundi, reflexionaba sobre la caducidad
del poder y la fama
de la Roma antigua.
Alguien se debió de
equivocar al copiar y
cambió «Roma pristina»
por «rosa pristina».

La American beauty
es una variedad de
rosa cultivada artificialmente,
mediante
injertos, para tener
una apariencia perfecta.
Es hermosa y
fragante, pero banal,
como las frutas de
los supermercados,
que son aparentes
a la vista, pero que
luego no tiene sabor. Es una rosa cultivada
para ser vendida en serie, a gran
escala; la belleza que surge de la sociedad
capitalista industrial. Sin embargo,
la belleza no es algo dado exteriormente
ni se puede fabricar. La belleza se descubre.
Y lo mismo ocurre con la belleza
humana, cuando decimos «esta mujer
es más guapa que aquella» le estamos
hurtando a la belleza el carácter de lo
singular, lo único, lo gratuito, y le damos
un valor, una utilidad, que es justo lo
más ajeno que se pueda imaginar a la
naturaleza.

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