PASEOS POR VERSALLES

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Otoño en el Trianon Palace

El aristocrático Trianon Palace –situado en el recinto histórico de Versalles– es uno de los más románticos hoteles europeos. Hoy ha sido magníficamente renovado, pero lo conocí también en tiempos mejores, cuando era elegantemente decadente. Sus habitaciones tapizadas por la pátina del tiempo, sus sillones de terciopelo, sus galerías acristaladas que se asoman sobre un inmenso parque donde todavía pacen los rebaños de María Antonieta… todo tiene un aire nobiliario y antiguo en este grandioso palacio. Y no conozco lugar más apropiado para entregarse a la meditación y abandonarse, con un libro en las manos, a los misteriosos recuerdos del pasado.

La historia está presente en todos los rincones del Trianon Palace. Y en el ceremonioso comedor se celebraron las sesiones diplomáticas que desembocaron en la Paz de Versalles. La paz fue acogida con fiestas y bailes, en aquella Francia arruinada y hambrienta que había soportado un largo tormento. Pero Versalles volvía a brillar con la alegría de sus tiempos solares. “Nunca se vieron caras más compungidas ni culos más alegres”, diría Clemenceau evocando estas fiestas famélicas del armisticio.

Antes de entrar en el recinto del palacio merece la pena perderse por las calles solitarias del Vieux Versailles –apenas violadas por los rebaños del turismo– para inti-mar un poco con los fantasmas de la historia. En la calle del Jeu de Pomme se conserva todavía el triste pabellón acristalado donde se reunieron los diputados constitucionalistas el 20 de junio de 1789, proclamando unos ideales civilizados que otros convertirían en un bárbaro carnaval de sangre. En el Viejo Versalles se respira un aire masónico: el mismo espíritu que proyectó sus luces y sombras sobre los últimos años del reinado de Luis XVI.

Los notables masones (Robespierre, Mirabeau, La Fayette, Franklin, Felipe de Orleans, Voltaire) se sentían misteriosamente atraídos por este Vieux Versailles que había nacido ya como un monumento a los símbolos esotéricos de la arquitectura: arquetipo perfecto de las medidas áureas, de las armonías trinitarias, de los emblemas solares y de las doctrinas ocultas.

Los dos palacios de Versalles

En realidad hay dos palacios ocultos bajo la apariencia unitaria del suntuoso Château de Versalles. Luis XIII, el cazador, construyó en estos pantanos un pabellón que le permitía descansar en sus jornadas de acoso y derribo del ciervo. En aquellos años del siglo XVII los hombres se iban de casa muy a menudo –como hoy se van de viaje de negocios– para descansar de sus obligaciones matrimoniales. Y acostarse solo, cubierto de barro y de sangre, ebrio de vino y apestando a zorro, era un privilegio machista de los tiempos heroicos.

La reina Ana de Austria –fogosa española– odiaba esas triquiñuelas inventadas por Richelieu para mantener a su marido lejos de las obligaciones políticas y conyugales. Pero, a pesar de las distracciones de su esposo, consiguió quedar embarazada, después de visitar todos los balnearios de Francia. Y así vino al mundo el pequeño Delfín que reinaría con el nombre de Luis XIV.

Aquel niño –mezcla de judío, moro, francés, español y alemán– se convertiría en un guapo mozo, alto y fuerte, con un rostro inteligente y enaltecido por una nariz borbónica que parecía diseñada por Velázquez. A los cinco años quedó huérfano de padre y vivió sometido a la regencia materna y a la provechosa escuela del cardenal Mazarino.

Como había profetizado Campanella, Luis XIV estaba instintivamente dotado para la majestad solar. No era un esteta refinado como Francisco I; pero tenía un gusto seguro y fundamentado, un sentido innato de la armonía, y un ojo implacable que era capaz de descubrir un error milimétrico en el encuadre de una ventana. Probablemente había heredado las dotes de constructor que tuvo su bisabuelo Felipe II de España.

En realidad, Luis XIV se construyó un palacio a la medida de su carácter, cubriendo con un manto real el pequeño pabellón de caza que había edificado su padre. Él era así: grave y mesurado, capaz de componer una cara para cada circunstancia, dotado de una presencia impresionante y una voz tímida que no le impedía canturrear las óperas que más le gustaban mientras paseaba por la Galería de los Espejos. Era un buen jinete, gran andarín, magnífico jugador de billar y un glotón insaciable. Amaba tanto los buenos perfumes que, en su juventud, contrajo una sinusitis crónica a causa de este vicio que le llevaba a rodearse de aromas fragantes. Desde entonces sólo soportaba el azahar y la lavanda…

Versalles –tan inmenso, tan inabarcable a los ojos del gregario turista moderno– apenas si alcanzaba la medida de este gigante que era capaz de abarcar Europa con una sola mirada de sus enormes ojos. Sin rechistar soportó dos operaciones bárbaras que sus cirujanos le hicieron para eliminar una dolorosa fístula. Pero el mismo día en que le sajaban la carne con una siringa cortante, presidía un consejo de ministros y devoraba media docena de huevos pasados por agua.

Vivir en Versalles

Luis XIV nunca le tuvo afición a París. Las viejas arcadas de la Plaza Real del Marais, mordidas ya por la podredumbre de la historia, le recordaban el triste destino de los últimos Enriques de Francia: Enrique II, atravesado por una lanza en un torneo; Enrique III, asesinado por el fanático monje Clément; Enrique IV, asesinado por el siniestro Ravaillac.

Luis XIV prefería vivir lejos de aquel aire malsano y envenenado de París. Y no era capaz de permanecer tres meses seguidos en el Louvre o en las Tullerías sin escapar corriendo hacia sus “casas de campo”.

Tampoco era fácil vivir en Versalles, a pesar de que ingenios como Molière contribuyesen a la fiesta. Ni la música de Lully ni las representaciones teatrales del parque podían hacer olvidar a los cortesanos el martirio de la vida hacinada en los apartamentos de los invitados. En aquellas buhardillas se amontonaban hasta cinco mil personas en los crudos inviernos, calentándose a base de friegas como los soldados en un vivaque. Cada cuartucho disponía de un orinal, aunque había también letrinas en los patios. Pero sólo las familias poderosas disponían de un apartamento digno. Y cuando uno no era un Noailles tenía que conformarse con un cuchitril.

Al severo y administrativo Colbert le escandalizaba que el rey corriese con los gastos de todos aquellos parásitos, “costeando incluso las velas que necesitan para alumbrarse”. Pero Luis XIV no era especialmente generoso. Y los presupuestos de Versalles demuestran ese sentido ahorrativo del monarca: “lo mejor que pueda encontrarse a un precio barato”. Por eso los cortesanos preferían vivir en el pueblo o retirarse periódicamente a sus posesiones rurales donde intentaban recomponer su maltrecha economía para poder renovar su guardarropa y subvenir a las exigencias sociales de una corte que cambiaba de disfraz tres veces al día.

El rey era, sin duda, el centro de aquella colmena. Los cortesanos soportaban todas sus bromas –incluso cuando se escondía para abrir los grifos y salpicarlos de agua fría– y vivían al ritmo de sus caprichos: escuchando veinte veces el mismo minueto, callando respetuosamente mientras ensayaba sus carambolas en la mesa de billar, y guardándose de pasar bajo sus ventanas cuando estaba retozando con alguna de sus favoritas.

El teatro de Versalles

Aunque la Ópera, construida en 1770, es hoy una de las más impresionantes y bellas estancias de Versalles, las representaciones teatrales tenían lugar generalmente al aire libre en la época de Luis XIV.

Molière representó en el palacio algunas de sus mejores piezas que agradaban al rey porque, con frecuencia, caricaturizaban a sus propios conocidos. Uno de los hijos de Molière fue apadrinado por Luis XIV.

La propia vida del rey era un espectáculo que se representaba de cara al público. Nadie como él sabía convertirse en guía de sus visitantes y en relaciones públicas de su teatro. Le gustaba tanto vivir en público que permitía el acceso a palacio de cualquier extraño que quisiese asistir a las ceremonias de la vida real: el despertar del rey, el almuerzo o los paseos al aire libre. Para penetrar en las estancias reales no había más que alquilar un sombrero y una espada, y saber permanecer callado y descubierto en presencia del monarca. Esta confianza llegó a ser excesiva y, un día, entró en el palacio un ladrón y se llevó algunos trozos de las cortinas y las tapicerías.

En el piso inferior vivían los delfines, los príncipes, las princesas, los nietos. Y Luis XIV se ocupó personalmente de que dispusieran de una buena instalación de baños. También las favoritas reales tuvieron sus habitaciones en el piso bajo, bien comunicadas con los gabinetes reales. La suerte de estas damas se jugaba las mudanzas de apartamento. Cuando Madame de Montespan –madre de ocho bastardos reales– ocupa sus habitaciones en el piso bajo, los ministros y generales comprenden que aquella joven morena y llenita que se tiñó de rubio para agradar al rey ha alcanzado el peldaño del trono. La misma carrera sigue Madame de Maintenon: primero viuda del jorobado Scarron, luego recluida en un convento, más tarde institutriz de los bastardos de la Montespan y favorita aposentada en los codiciados apartamentos del piso bajo. La Maintenon sería la única de las huríes que conseguiría casarse con el rey y ascender a la cama de la reina, situada en el piso superior. Sin duda había sabido ganarse este rango, a pesar de ser hija de un asesino; pero era inteligente, fiel, severa y más aficionada a las conversaciones elevadas que la chismosa Montespan.

Igualmente fulgurante fue la carrera de Madame Pompadour bajo Luis XV, ya que dispuso de un dormitorio especial –situado en las mansardas y comunicado por un ascensor con los apartamentos reales. La Pompadour sólo tenía que subir a su ascensor, liberar la cuerda con el correspondiente contrapeso, y descendía como un ángel rubio a las habitaciones del rey. Pero también ella alcanzaría finalmente el privilegio de instalarse en los aposentos del piso bajo que eran el trono de las favoritas.

Fuente de Saturno.

La ceremoniosa liturgia de Versalles

Luis XIV creó toda la liturgia versallesca, de acuerdo con sus caprichos y sus gustos. Él mismo disfrutaba con las fórmulas de cortesía y, cuando paseaba entre sus cortesanos, fiscalizaba implacablemente el corte de cada vestido, el diseño de cada sombrero, la gracia de las reverencias o de las sonrisas.

El horario del rey estaba sometido a normas estrictas. A las ocho se despertaba, recibiendo inmediatamente a sus médicos y a su vieja ama de cría que tenía el privilegio de besarle en la mejilla.

El ama de cría era también un personaje familiar en la corte y por eso gozaba de privilegios que Luis XIV no solía conceder a los extraños. Porque el rey, debido a su educación, no era muy sensible a las miserias y trabajos de su pueblo. Y era capaz de ignorar incluso el esfuerzo de aquellas legiones de albañiles y constructores –treinta y seis mil personas en 1685– que trabajaban en el palacio o en sus alrededores. Y no debe extrañar que una pobre mujer que había perdido a su hijo en las canteras de Versalles se dirigiese un día al rey y le insultara llamándole: “putañero, capataz y tirano”. En castigo a su osadía ordenaron azotarla.

Nada más despertarse, y como era muy escrupuloso y pulcro, Luis XIV se mudaba de ropa interior y se hacía frotar el cuerpo con alcohol. Dotado de una nariz privilegiada de catador de vinos, no podía sopor-tar los gustos de la reina María Teresa que conservaba los malos hábitos españoles de sazonar todas las comidas con ajo. Y quizá por eso enviaba frecuentemente a la reina a tomar los aires de Fontainebleau, acompañada de sus caniches, mientras él se entretenía con la Montespan: una dama sofisticada que se hacía frotar diariamente el cuerpo con aceites de lavanda.

Trabajaba hasta las doce y media de la mañana, hora en la que se celebraba la mi-sa en la capilla. Pero el santo oficio de la misa era más un espectáculo que un acto de devoción. Sólo el rey permanecía arrodillado en un almohadón de terciopelo, dando la cara al altar. El resto de los cortesanos se ponían de espaldas al oficiante, contemplando al monarca que era para ellos el más directo representante de Dios.

A la misa seguía una reunión del Consejo, excepto los jueves que estaban consagrados a las audiencias privadas o los viernes si el rey pedía la confesión. Y, si el Consejo no se prolongaba, aún quedaba tiempo hasta las dos para charlar un poco con alguna de las favoritas.

A las dos, el rey tomaba un pequeño almuerzo compuesto de varios platos y, con frecuencia, se hacía acompañar por su her-mano que le prestaba la servilleta mojada y sólo de tarde en tarde tenía derecho a sentarse a la mesa.

Al acabar el “petit couvert” jugaba un rato con sus perros y paseaba por los jar-dines. Más tarde tomaba un baño turco, se mudaba de ropa, y trabajaba hasta la hora del “gran couvert”. La comida principal se servía a las diez, pero el rey tenía la mala costumbre de hacer esperar a su familia y entretenerse en su despacho hasta pasadas las once.

Las cenas eran el gran espectáculo de Versalles, y los cortesanos se sentaban alrededor de la mesa real, en varias filas, como si asistiesen a una representación de teatro. Cada uno de los reyes tuvo su especialidad teatral en la mesa. Luis XIV exhibía su voracidad insaciable (cuatro sopas y potajes, un pollo trufado, carnero, varias lonchas de jamón, pasteles, confituras y frutas escarchadas). Comía con el cuchillo y los dedos, pues aún no se usaba el tenedor; pero tenía una habilidad especial para cortar de un golpe los huevos pasados por agua y no perdía ocasión de mostrar sus artes comiéndose media docena en una sola sesión.

La especialidad gastronómica del Gran Delfín consistía, por su parte, en comer sin ninguna medida y sin el menor refinamiento. Se tragaba lo que le diesen, igual que se llevaba a la cama a las mujeres más feas de Versalles; repasándose lo mismo a una vieja actriz de teatro que a la vieja celestina que la acompañaba. El mal gusto del Gran Delfín era proverbial en la corte, y él mismo reconocía que lo aprovechaba todo “siempre que fuesen mujeres correctas y hablasen un buen francés”. Y así acabó casándose con la grotesca María Ana de Baviera que era un monumento al barroco, tan recargada de líneas que Luis XIV la habría devuelto al Bernini…

La verdad es que la comida que se servía a los reyes no era siempre muy apetitosa. Generalmente llegaba fría a la mesa, porque tenía que recorrer en parihuelas una larga distancia desde las cocinas del ala sur del palacio, franqueando varios salones, hasta el comedor.

Todos los alimentos y vinos reales eran probados por los chambelanes para prevenir cualquier envenenamiento. Pero Luis XIV, que era muy supersticioso, llevaba siempre diamantes en las ligas y en las medias como amuleto contra las ponzoñas. Y, como también era muy escrupuloso, se hacía desinfectar todas las servilletas con aguardiente de vino. Todas las precauciones eran pocas, porque la misma Montespan era muy aficionada a los venenos y mantenía tratos con la terrible Voisin, alcahueta y echadora de cartas que practicaba abortos y confeccionaba brebajes eróticos. Y es muy probable que las jaquecas que padecía Luis XIV se debieran a las píldoras de amor que le hacía ingerir su favorita.

Después de la cena real se organizaban los grandes espectáculos; generalmente bailes o conciertos, paseos en góndola por el Gran Canal, fuegos artificiales o partidas de cartas y de billar. Pero ser invitado a los bailes no era siempre muy agradable, ya que algunas damas debían hacer el viaje desde París –vestidas con todas sus galas– en la misma jornada, regresando por la noche a las diez en sus carrozas.

Cuando el rey estaba de buen humor, las reuniones nocturnas solían ser animadas; aunque había que soportar sus bromas más o menos pesadas. Porque Luis XIV tenía la costumbre de lanzar naranjas o manzanas a la cabeza de sus más lindas invitadas. Y Mademoiselle de Viantais, después de recibir un naranjazo real, le lanzó a su augusto anfitrión una fuente de lechuga aliñada.

La seria y severa Madame de Maintenon, lectora insaciable de los viejos filósofos y mujer de enérgico temple acabaría con esas frivolidades de la vida versallesca que tanto había patrocinado y alentado la Montespan.

Hay que reconocer que Madame de Maintenon tenía carácter para montar una nueva escuela. Había permanecido fiel a un marido viejo y jorobado, sin probar durante años las satisfacciones del amor. Y se entregó al rey porque su marido, en su testamento, le había escrito: “te autorizo a volverte a casar porque te he obligado a ayunar y eso debe haberte despertado el apetito”.

Los prodigios de la ingeniería

Los últimos años verdaderamente alegres de Versalles no llegaron a trasponer apenas el ocaso del siglo XVII. La pequeña María Adelaida, duquesa de Borgoña, que llegó en 1696 para casarse con el nieto de Luis XIV, fue como un ángel para el viejo rey que estaba ya gordo, arrugado y doblegado por el peso de los años. María Adelaida era una fierecilla de once años, caprichosa y traviesa, capaz de ponerle un petardo bajo las faldas a la princesa de Harcourt o de llenarles la cama de nieve a sus damas de compañía. Y su presencia pareció reanimar al viejo rey, compensándolo un poco de los desastres de la guerra y de la vida: las derrotas del Palatinado, la muerte de la reina María Teresa… Desde 1666, año en que falleció de cáncer la reina Ana, Luis XIV tuvo que vestir muy a menudo de púrpura y negro, los colores de luto.

Pero la historia de Versalles es también la historia de las favoritas reales. Y, de la misma forma que la frívola Montespan inspiró la construcción del Trianon de Porcelana con sus cursilerías chinas y sus azulejos que se desprendían como hojuelas de un pastel, la severa Maintenon desterró el “trompe l’oeil” para restaurar la noble seriedad clásica de Versalles. Y así nació el Gran Trianon, construido sobre las ruinas del viejo pabellón chino, con sus columnatas de mármol del Languedoc, sus ventanas cintradas con una fina decoración esculpida, sus balaustradas cerradas como la coreografía de un minueto, y sus bellos jardines adornados con dos millones de plantas. El trabajo de los jardineros en el Gran Trianon conseguía efectos impresionantes. Y, en las grandes fiestas, los invitados podían encontrar a su llegada un jardín cubierto de rosas multicolores y naranjos en flor, que se convertía a la salida en un bosquecillo de cerezos japoneses, azaleas azules y lirios amarillos. Carros especiales movidos a vapor transportaban los árboles y las plantas en sus macetas, desde la Orangerie. Los perfumes eran tan embriagantes que el propio rey –debido a su padecimiento nasal– tenía que cubrirse elegantemente la nariz con su pañuelo.

El Grand Trianon, con sus bellos jardines adornados con dos millones de plantas.

El funcionamiento de las fuentes seguía siendo el único problema de Versalles. Molinos de viento y turbinas movidas por caballos bombeaban el agua del lago de Clagny. Pero Versalles necesitaba mucha agua para alimentar sus surtidores, sus cascadas, sus grutas, sus estanques.

Para que las fuentes no llorasen era necesario dotarlas del caudal preciso. Y, como el agua faltaba, los ingenieros y fontaneros corrían como locos entre los grifos haciendo milagros: cerrando aquí y abriendo allá, para que los chorros alcanzasen la altura conveniente al pasar el rey.

Se construyeron 170 kilómetros de canalizaciones para alimentar las fuentes. Y en 1685 comenzaron los trabajos para trasvasar las aguas del río Eure a los estanques de Versalles. Se levantó el gigantesco acueducto de Maintenon, con sus 600 arcadas, para transportar el agua. Y se comenzó a construir la fabulosa máquina de Marly, con sus enormes turbinas y norias, que debía proporcionar el caudal necesario. Los regimientos de Louvois y de Vauban aportaron más de 30.000 hombres a estos trabajos ciclópeos. Pero las guerras reclamaban a los militares en otros menesteres y las canalizaciones quedaron para siempre inacabadas…

En los últimos años del Rey Sol se abatieron sobre Versalles todos los temporales: la muerte del duque de Orleans en 1701, la guerra de Sucesión de España, el invierno helado de 1709 cuando en Fran-cia no se encontraba pan de trigo y Luis XIV tuvo que fundir sus muebles de plata para pagar a sus ejércitos, la muerte del Gran Delfín, de su nieto mayor y de sus dos bisnietos mayores. El sarampión estuvo a punto de acabar con todos los delfines reales. Pero el pequeño Luis XV consiguió sobrevivir, gracias a que su aya tuvo la precaución de arrebatarlo a los cuidados de los médicos sangradores.

Cada vez más encerrado en su vida interior, el viejo Luis XIV consagró sus últimas fuerzas a la construcción de la grandiosa capilla diseñada por Mansart. Francia había conseguido mantener apenas sus fronteras por el Tratado de Utrecht de 1713 y las guerras de España le habían costado una for-tuna. “Tout est mort ici”, decía tristemente Madame de Maintenon mientras empujaba por los jardines la silla de ruedas del rey. Y a principios de agosto de 1715, el gran Luis se fue apagando definitivamente con los dolores de la gangrena, quizá causada por una diabetes que nunca le fue diagnosticada. Pero hasta el último momento aún tuvo majestad para ingerir líquidos en presencia de los invitados al “grand couvert”, disimulando con rabia sus dolores.

En realidad, Versalles no volvería a vivir sus pasados años de esplendor. Y, aunque Luis XV volvió a establecer la corte en el gran palacio de su bisabuelo, no tenía ya el temple clásico y majestuoso del viejo Luis XIV. El Rey Sol amaba las grandes perspectivas. Y el Bien Amado Luis XV se conformaba con la comodidad. Como un pequeño burgués cualquiera hacía frecuentes escapadas a un hotelito situado en las viejas calles del pueblo donde se entretenía con las muchachitas.

Sólo una cosa había heredado Luis XV de su bisabuelo: una capacidad insaciable para amar a las mujeres. A los quince años le dieron como esposa a María Leszczynska, y el joven rey ofreció ya siete sacrificios a Eros en la misma noche de bodas, dejando embarazada a la princesa polaca.

A la Pompadour, una verdadera belleza al pastel, delicada como una porcelana de Sèvres, la conoció durante una representación del Tartufo de Molière. Ella sabía tocar el clavicordio, pintar, bailar, montar a caballo como una india en celo, y era aficionada a la botánica, como el propio rey.

Para ella construyó Luis XV el Pequeño Trianon, delicado como sus hombros de blanco biscuit, asimétrico: un palacio romántico y sin majestad, como la hermosa Pompadour. Para ella también transformó Versalles en un apartamento burgués, decorándolo con muebles redondeados y construyendo las pequeñas habitaciones de la buhardilla donde era más fácil vivir una existencia tranquila y cómoda. Y ella consiguió convertirle en un rey constructor, haciéndole olvidar los sabios consejos de su bisabuelo que le había prevenido de los “gastos excesivos”.

La arquitectura, la caza, la botánica y la geografía eran las aficiones de Luis XV. Pero también pasaba muchas horas en los Petits Cabinets haciendo chocolate y mazapán, confituras y aguardientes. Sus aficiones caseras no estaban ya a la altura de la grandeza olímpica de Versalles.

Las comodidades triunfaban, poco a poco, sobre las perspectivas. Y, a partir de 1739, los gabinetes privados se adornan con un nuevo baño que aparece descrito en los anuncios de París como “un violín con patas para lavarse”. Se trata del bidé.

En los bailes de Versalles todavía podían verse turcos, mandarines, indios y hasta personas disfrazadas de árboles. Pero las horas alegres han pasado. En 1764 muere la Pompadour, antes de ver acabado el Petit Trianon. Y el rey le dedica unas lágrimas de homenaje, aunque se consuela con una sombrerera que alcanza enseguida el título de Madame Du Barry.

Su sucesor, Luis XVI, no heredó ni siquiera la potencia saturnal de sus antepasados. Y tuvo que someterse a una operación para poder satisfacer a María Antonieta. Se entretenía más con sus libros, construyendo bibliotecas y reparando cerraduras y relojes. Sus mejores amigos eran los operarios del palacio, incluyendo al cerrajero Gamain que fue finalmente quien le traicionó ante la Convención y acusó “al ciudadano Capeto” (éste es el feo estilo de los tiempos de la guillotina) de “haberle intentado envenenar para que no revele sus secretos”.

La alegre María Antonieta –educada en la dulce Austria donde nacen las arpas– no tenía otro consuelo que sus caprichos. Adoraba las joyas y elegía cada día un vestido diferente, clavando un alfiler en el álbum que le presentaba su modista. Fue ella quien hizo construir en el Petit Trianon una pequeña aldea con molinos, vaquerías, establos y puentes.

Embrutecido por el bricolaje, Luis XVI –torpe y aburrido– ya no tenía ni siquiera las dimensiones del Petit Trianon. A las grandes perspectivas sucedieron las comodidades, y a las comodidades sucedieron los chalecitos, las regaderas y las limonadas. A Versalles sólo le faltaba ya que Napoleón –con su gusto cabal, de buena familia– intentase sustituir las estatuas por maquetas de las ciudades conquistadas…

El 5 de octubre de 1789, cuando al amanecer se abren las puertas de Versalles, una muchedumbre entra en palacio lanzando insultos contra “la tirana María Antonieta”. Y en las primeras luces del alba, la reina ve abalanzarse sobre ella al barbudo Nicolas Jourdan –salpicado de sangre y blandiendo un hacha– que le grita a la cara: “¡Muerte a la austriaca! ¡Te arrancaremos el corazón!”

María Antonieta se echa una capa sobre las espaldas y corre hacia las habitaciones de su marido. Aún pretende asomarse al balcón con su último hijo, el pequeño Luis Carlos, pensando que el pueblo se ablandará ante el dolor de una madre y la pro-mesa de un hijo. Pero la muchedumbre grita: “¡Que salga la reina sola!”. Y cuando ella deja escapar al niño de su mano, en la vieja Cour de Marbre –donde los heraldos proclamaban las grandes noticias del reino– se levantan los mosquetes apuntándole al corazón.

En una calle cercana del Vieux Versailles el poeta André Chénier escribe un verso a las rosas que también se llevará a la guillotina.

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