Ciencia, humildad y felicidad

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Antes de entrar a fondo en el tema central de este artículo, quiero dejar claro que estoy convencido de que desde los orígenes de nuestra especie, los seres humanos hemos buscado sin descanso la felicidad. Incluso los suicidas que, desesperados, se cortan las venas, se pegan un tiro o se ahorcan en un árbol, aspiran a encontrarla. La creencia ancestral, más o menos consciente, que albergamos casi todos, es que la dicha existe. Creemos naturalmente en ella, aunque a veces sea difícil reconocerla, se oculte en lugares recónditos, resida en paraísos distantes, o sus enemigos más feroces, como el dolor, el miedo, la depresión o el odio, la secuestren y mantengan lejos de nuestra alcance.

Sería irreal negar que existen personas desdichadas. Casi todos conocernos a alguien que presenta un oscuro balance negativo de su vida. No hace falta leer el Libro de Job para admitir que una racha de calamidades puede quebrar el talante más esperanzado y optimista. Como la trayectoria tortuosa e impredecible que sigue la hoja al caer del árbol, nuestro viaje por el mundo está salpicado de aguijonazos más o menos fortuitos que nos pueden amargar la vida.

No obstante, como demuestran los numerosos estudios que se han realizado en los últimos 20 años, la mayoría de las personas nos consideramos generalmente satisfechos con la vida. Quizá no pueda ser de otra forma. No es fácil concebir la supervivencia de una especie tan consciente de sí misma, tan inteligente y tan habilidosa como la nuestra, sin que la mayor parte de sus miembros sienta de verdad que vivir merece la pena.

La capacidad de razonar y los frutos de la ciencia

Desde que nuestros antepasados, dotados de grandes cerebros pensantes e impulsados por la fuerza evolutiva natural y el anhelo de vivir dichosos, comenzaron a discurrir sobre cómo mejorar su suerte, pienso que ninguna fuerza ha transformado más profundamente la búsqueda de la felicidad de la humanidad como nuestra capacidad de razonar y los frutos de la ciencia.

Seguidamente me gustaría evocar a algunos de los genios que a lo largo de la historia de la ciencia, con sus ideas, enseñanzas y descubrimientos, nos han abierto el camino o facilitado instrumentos para que podamos encontrar la felicidad.

Pienso que aunque sea un repaso incompleto y subjetivo, el abordaje histórico al estudio de la relación entre ciencia y felicidad es útil y razonable. Pues lo mismo que cuando nos deslumbramos con una piedra preciosa nunca nos paramos a considerar que debe su belleza a millones de años de comprensión en la roca; cuando nos invade la dicha o gozamos del bienestar cotidiano, tampoco reflexionamos sobre el papel esencial que juega en nuestro estado placentero el inaudito desarrollo que ha experimentado nuestra especie a lo largo de milenios, gracias a los recursos prodigiosos que pusieron en nuestras manos un grupo considerable de antepasados, tan geniales como generosos.

Parece que las semillas de la lógica, del interés por el estudio métodico de las causas y los efectos de las cosas, y, en definitiva, de la ciencia, fueron sembradas en la Antigua Grecia hace unos 3.000 años, siglo más, siglo menos, por grandes pensadores como, por ejemplo, Sócrates, el famoso filósofo ateniense. Conocido popularmente por su inteligencia, temple y sentido del humor, Sócrates fue acusado de rechazar las prácticas religiosas glorificadas en su época. Condenado a morir, se quitó él mismo la vida bebiendo dignamente una copa de cicuta ante sus amigos y alumnos. Según nos describe su discípulo Platón, pues el maestro no dejó ningún escrito, la fórmula de Sócrates se centraba en los famosos principios, aún muy válidos: “¡conócete a ti mismo!” y “¡la verdad te hará libre!”.

Quizás, la figura intelectual más importante de ese tiempo fuese Aristóteles de Estagira. Hijo del médico del rey de Macedonia, Aristóteles mostró desde pequeño interés por la biología y la ética. Inventor del silogismo o argumento lógico, en su obra Moral, a Nicómaco, argumenta que no basta con que las teorías parezcan verdaderas, sino que es necesario, además, que sean avaladas por la razón o “la parte científica y calculadora del alma”. Para este filósofo griego, dicen que de carácter bondadoso y humilde, la felicidad es el fin supremo que perseguimos en todos los actos de nuestra vida.

Terrenos clandestinos empapados de superstición

Sin embargo, la ciencia moderna germinó hace sólo unos mil años en los pozos subterráneos del sortilegio y la brujería, y dio sus primeros pasos en terrenos clandestinos empapados de superstición. Al comienzo, el conocimiento estuvo imbuido de doctrinas sobrenaturales, y salpicado de la intriga y la ambición de sus buscadores. Este ambiente configuraba un escenario tenebroso de imágenes siniestras como las de la fábula del Doctor Fausto. Por si no recuerdan la leyenda original, Fausto era un astrólogo alemán que motivado por un ansia irresistible de poder se citó un día con el diablo y le propuso un pacto fatídico: a cambio de venderle su alma, Satanás le contestaría a todas sus preguntas y le complacería en todos sus deseos durante dos docenas de años. Desde ese momento, Fausto obtuvo respuestas a todas sus cuestiones y llevó una vida de lujos y placeres. Pero la última noche del contrato el demonio se cobró su parte. En medio de una terrible tormenta, le acuchilló brutalmente y se apoderó de su alma para siempre.

No fueron pocos los sabios intrépidos de aquellos tiempos que pagaron con la persecución, el encarcelamiento, la tortura e incluso la vida, sus ideas “sospechosas” y descubrimientos. Uno de ellos fue el astrónomo polaco Nicolás Copérnico. A mediados del siglo XVI Copérnico sugirió que la Tierra daba vueltas alrededor del Sol y no lo contrario como se pensaba. Aparte de su extraordinario mérito científico, esta osada teoría minó el egocentrismo y el endiosamiento que alimentaban las creencias religiosas y filosóficas de la época.

Otros genios muy polémicos a quienes debemos hoy parte de los avances que facilitan nuestro bienestar, fueron Francis Bacon y Galileo Galilei. Bacon era un apasionado filósofo londinense de vida muy accidentada que propuso la teoría del conocimiento científico basada en el entendimiento de las cosas a través de la observación y de los experimentos. Para este gran pensador “La meta verdadera y legítima de las ciencias no es otra que dotar a la vida humana de nuevos inventos y recursos”. Galileo era natural de la ciudad italiana de Pisa y tres años más joven que Bacon. Incansable observador de las estrellas, inventó el telescopio y demostró científicamente que, como había sospechado Copérnico, la Tierra no era el centro del Universo. De carácter combativo y rebelde, Galileo fue condenado varias veces por los tribunales de la Inquisición y se libró del patíbulo gracias a que se desdijo públicamente de sus teorías.

En 1596 llegó al mundo René Descartes. Este francés superdotado, considerado por muchos el padre de la filosofía moderna, enumeró las reglas del conocimiento –observación, análisis y síntesis–. Descartes quizá deba su popularidad a la frase “pienso luego existo”, aunque es también muy conocido por proponer la dicotomía, hoy desechada, entre la mente humana que consideraba abstracta o intangible, y el cuerpo regido por principios puramente mecánicos. En esos años nació en Inglaterra el gran científico Isaac Newton. De talante austero y solitario, antes de cumplir los treinta años ya había concebido el cálculo, identificado los colores que componen la luz, y enunciado la teoría de la gravitación universal que explica la fuerza de atracción mutua que mantiene en equilibrio a los cuerpos celestes.

“LA MEDICINA HA CRUZADO LA FRONTERA DE SU MISIÓN TRADICIONAL DE ERRADICAR ENFERMEDADES Y UTILIZA NUEVOS CONOCIMIENTOS PARA AYUDARNOS A DISFRUTAR DE NUESTRO PASO POR EL MUNDO”

El siglo XIX vió nacer tres almas geniales que no puedo ignorar en este breve repaso: Charles Darwin, Sigmund Freud y Albert Einstein.

En los últimos días de diciembre de 1831, la embarcación Beagle partió de Inglaterra en un viaje alrededor del mundo para estudiar la vida de animales salvajes. A bordo se encontraba Charles Darwin, un afable muchacho de veintidós años, recién graduado en religión por la Universidad de Cambridge. Una curiosidad apasionante por la historia natural le había empujado a la aventura. Según sus notas autobiográficas, Darwin comenzó la travesía convencido de que Dios había creado cada ser viviente para cumplir una misión específica en este mundo. Esta idea, sin embargo, cambiaría más tarde como resultado de sus observaciones sobre las iguanas y los pinzones en las Islas Galápagos. Lo que más fascinó al joven genio fue la amplia diversidad de estos animales y su asombrosa aptitud para adaptarse a las exigencias del medio ambiente. Dos décadas después del viaje, Darwin dio con la clave: las especies no son inmutables sino que se transforman poco a poco en especies nuevas y más avanzadas, seleccionando de forma natural sus atributos más útiles para la supervivencia, y desechando los inservibles. Según este proceso evolutivo, el Homo sapiens provenía de los simios y éstos, a su vez, de otras formas inferiores de vida. Este concepto, además de contradecir a la Biblia y a sus incondicionales adeptos, chocaba contra la ciencia y el sentido común de la época. Hasta ese momento se pensaba que las especies aparecían y desaparecían pero eran inmutables. Sencillamente, un mono no podía transformarse en persona. Excepto, claro está, por una orden divina.

El hallazgo de Darwin

Como ocurrió con la noción de que la Tierra no era el centro del Universo, el hallazgo de Darwin produjo convulsiones de indignación. Las manifestaciones de condena por parte de los filósofos y, sobre todo, de líderes de la Iglesia, fueron inexorables. Afortunadamente, con el tiempo y el desgaste de la vehemencia ideológica, comenzó a hacerse evidente que tanto la espiritualidad personal como el significado que decidimos darle a la vida, incluyendo la providencia divina, pueden coexistir en paz con la fuerza evolutiva de la selección natural.

La gran proeza de Darwin fue descubrir la continuidad de los seres humanos dentro del reino de la naturaleza. Este descubrimiento tiene un mérito extraordinario, si tenemos en cuenta que en su tiempo todavía no se conocían ni las leyes de la herencia, demostradas en guisantes por el sacerdote austriaco Gregorio Mendel en 1865, ni mucho menos el papel del ácido desoxirribonucleico, o ADN, en la transmisión genética. En el fondo, la evolución natural es una forma de inmortalidad basada en el hecho sobrecogedor de que todos los seres vivientes somos fruto del mismo árbol de la vida. De esta manera los seres humanos estamos conectados inseparablemente, por un lado a las especies vegetales y animales antediluvianas que nos precedieron, y por otro a las especies más avanzadas que nos seguirán en el futuro.

Tres años antes de que Darwin publicara su teoría en El origen de las especies, nacía Sigmund Freud en Moravia.

Desde su infancia, Freud demostró una pasión arrolladora por entender las motivaciones que guían el comportamiento humano. Después de cuarenta años de trabajo intenso para conseguir esclarecer los enigmas de la mente, este psiquiatra de método escrupuloso y talante algo indulgente –según sus biógrafos a los veintiocho años descubrió en su propio cuerpo el poder euforizante de la cocaína, “una droga mágica”, aunque su verdadera adicción fueron los puros, de los que llegó a fumar veinte diarios– propuso una solución que inmortalizó su nombre.

Fundador del psicoanálisis, o método para investigar y curar enfermedades mentales mediante el examen de inconsciente, Freud consideró que las raíces de la neurosis y otros trastornos emocionales se alimentan de experiencias traumáticas infantiles, tanto reales como imaginarias, que reprimimos o enterramos en el inconsciente para evitar así su efecto doloroso. El métodico análisis de su propia niñez y de la de sus clientes en Viena, le convenció de que los tres primeros años de vida eran decisivos en la formación del carácter humano. Sin embargo, su énfasis en la sexualidad resultó tan repugnante para la burguesía europea de la época que sus obras fueron censuradas en diversos países, incluso por hombres y mujeres de ciencia.

La noción revolucionaria e imprecisa de la relatividad

El gran regalo de Albert Einstein, en mi opinión de profano, ha sido enseñarnos que la presencia del observador altera inevitablemente el fenómeno observado. Galaxias, estrellas y planetas viajan continuamente por el universo y nuestro sentido del espacio, del tiempo y del movimiento depende de la posición que ocupemos en relación con la de los cuerpos celestes. Einstein transformó todos estos conceptos, considerados exactos y absolutos, marcándolos para siempre con la noción revolucionaria e imprecisa de la relatividad.

Einstein también hizo estallar el proverbial antagonismo entre la ciencia y el dogma: Mientras en la Unión Soviética declaraban en 1925 que la teoría de la relatividad era inaceptable desde el marco del materialismo dialéctico, el Vaticano la condenaba como una “blasfemia que produce dudas universales sobre Dios y su creación”. Einstein no era hombre religioso, creía en “un Dios que se manifestaba en la armonía de todo lo que existe, pero no en un Dios que se preocupa del destino y los actos de los hombres”.

Sospecho que a medida que el género humano avanza y nuestro bienestar aumenta, se hace más evidente que lo mismo que la espiritualidad que ignora la ciencia se encierra en un mundo limitado e inverosímil y se niega el beneficio de abrirse a nuevas explicaciones, la ciencia que elude la espiritualidad también se roba a sí misma la apertura a entendimientos más creativos y profundos.

Todos estos personajes geniales que he mencionado, y muchos otros hombres y mujeres que he silenciado, cultivaron los frutos de la razón, de la lógica, y del conocimiento. Fueron sabios pioneros y valientes que, en muchos casos, arriesgando su reputación, y hasta su vida, sacaron a la ciencia del mundo oscuro y disparatado de la ignorancia y el ilusionismo, e impregnaron el saber humano de objetividad y cordura. Sus conquistas no sólo nos han ayudado a entender el universo y sus leyes, sino también a conocernos mejor y a adaptarnos saludablemente al medio en que habitamos. En el fondo, todos ellos han sido padrinos de nuestra felicidad. Sus vidas demuestran que las verdades no se inventan, se descubren. Las verdades genuinas rezuman claridad, poseen la cualidad de la evidencia y nos animan a ser conscientes de nuestras posibilidades, nuestras limitaciones y, en definitiva, de nuestra naturaleza. Los logros memorables de la ciencia nos invitan a distanciarnos de la prepotencia que es incompatible con el conocimiento, y a adoptar una actitud abierta, curiosa y agradecida hacia nuestra situación en el mundo.

Estos sabios tenaces no sólo esclarecieron muchos de los misterios que emborronaban nuestra visión de la realidad humana, sino que, de paso, nos ayudaron en la búsqueda de una vida mejor invitándonos a reconocer el valor de la humildad.

Como el psicólogo Erich Fromm nos plantea en su obra más leída El arte de amar, el narcisismo y sus derivados, el absolutismo y la supremacía moral, se interponen en nuestra percepción de la realidad. En sus palabras: “la capacidad de pensar objetivamente es la razón y la virtud detrás de la razón es la humildad. Pero ser objetivos y utilizar la razón sólo es posible si somos humildes y hemos escapado de los sueños de omnisciencia y omnipotencia de la infancia”.

Para aprender a vivir felices es muy útil la humildad que brota de la conciencia de nuestra realidad. Por ejemplo, es saludable reconocer que no somos el centro del Universo sino una minúscula fracción de su inmensidad y que, al igual que otros muchos seres vivientes, estamos sujetos a un imparable proceso evolutivo de selección natural. Es reconfortante admitir que existen fuerzas mentales, conscientes e inconscientes, que no controlamos, pero que influyen poderosamente sobre nuestros deseos y comportamientos; y no olvidar que la visión que tenemos del mundo es muy subjetiva, depende de dónde estemos situados en un momento dado, de nuestra punto de vista. Al mismo tiempo, es muy sano sentir gratitud hacia los personajes de hoy y de ayer que han contribuido a nuestro bienestar.

Una vez que abandonamos el talante egocéntrico y nos mentalizamos de que somos parte de un todo mucho mayor, disfrutamos de nuestra verdadera naturaleza y nos es más fácil separar las cosas que están bajo nuestro control y podemos cambiar, de las que no. Además, esta actitud nos ayuda a apreciar a nuestros semejantes como seres autónomos y a situarnos genuinamente, a través de la empatía, en sus circunstancias, lo que nos permite amarlos tal y como son.

Otro grupo de personajes ingeniosos excepcionales, dotados de una propensión natural casi irresistible a discurrir, a curiosear, a innovar y a inventar, se encargaron de aplicar las teorías científicas a la práctica, a la utilización de las fuentes de energía y, en definitiva, a la mejora tangible de nuestra calidad de vida. El sacerdote francés Nicolás Bullet ofrece un buen ejemplo. Un día de 1282 este religioso se sorprendió de que todo lo que miraba a través de un cristal de superficie curva aumentaba de tamaño. La inocente sorpresa del padre Bullet ha permitido a miopes, hipermétropes y astigmáticos incluido un servidorver con claridad a través de anteojos de vidrio curvados. Y gracias a otros genios que supieron adaptar este asombroso efecto magnificador del cristal, cientos de millones de personas se salvaron de una muerte prematura: sin la lupa y su poder amplificador no existiría el microscopio y hubiera sido imposible identificar microbios y virus diminutos causantes de infecciones epidémicas mortales. Las lentes también han hecho posible que podamos gozar de la fotografía, del cine y de la exploración de los secretos más recónditos del firmamento.

Buscar soluciones novedosas

El invento de la imprenta por el joven artesano alemán Johann Guttenberg constituye uno de los grandes momentos en la historia del ingenio humano. Sin este artefacto, que imprimía con precisión y rapidez miles de copias de palabras escritas en tinta, no hubiera sido posible la difusión de información, excepto entre los pocos privilegiados que tenían acceso a los costosos manuscritos originales. La producción de obras literarias de todo tipo, libros, periódicos y revistas, ha tenido y aún tiene, una profusa influencia en nuestra vida diaria, en la cultura y en el desarrollo de la humanidad.

La necesidad de resolver problemas acuciantes concretos también ha estimulado al talento humano a buscar soluciones novedosas. Un ejemplo fue el invento de la anestesia a finales del siglo XVIII. Aunque el uso de plantas, como opio, mandrágora y marihuana, para aliviar el dolor venía de lejos, el descubrimiento del poder anestésico del óxido nitroso, o “gas de la risa”, por el químico inglés Humphry Davy, quien lo inhaló en un momento de desesperación para aliviar un insoportable dolor de muelas, constituyó el preludio de las intervenciones quirúrgicas para curar enfermedades. Sin embargo, este triunfo no fue bienvenido por algunos críticos y grupos religiosos convencidos de que eludir el dolor no era bueno para el ser humano. En respuesta a los partidarios del sufrimiento se hizo popular recurrir a la intervención divina para demostrar que Dios no era simpatizante del dolor: “Según cuenta el primer capítulo del Génesis, en algún momento Dios pensó que no era bueno que el hombre estuviese solo, por lo que decidió formar la primera mujer de la costilla del hombre. Antes de proceder con la intervención, cuenta la Biblia que “Dios hizo caer un profundo sueño sobre el hombre, el cual se durmió. Y le quitó una de las costillas, rellenando el vacío con carne”.

Otro ejemplo de nuestra capacidad de encontrar soluciones originales a situaciones apremiantes que tuvo enormes consecuencias para el bienestar de la humanidad fue la invención del motor de vapor por el inglés James Watt, en 1769, con el fin de extraer el agua que se acumulaba peligrosamente en las minas de carbón. Varios años después, esta bomba de agua hirviente se convirtió en la primera fuente de energía artificial propulsora de molinos de algodón, de trenes y de barcos. El inventor del motor de vapor y sus descendientes más eficaces y potentes de gasolina, constituyó el detonante de la revolución industrial. Estas máquinas potenciaron la tecnología y el comercio, aceleraron el transporte, introdujeron la sensación excitante de velocidad, expandieron la libertad de movimiento de las personas, acortaron las distancias y unieron a los pueblos del planeta de la forma más insospechada.

El descubrimiento de la electricidad supuso otro avance tecnológico de consecuencias positivas inimaginables para la calidad de vida de la humanidad. Parece que todo empezó en el siglo XVI con la observación casual de que un imán ordinario o una piedra de calamita emitía una fuerza invisible que atraía objetos de hierro, mientras que si se frotaba un pedazo de resina dura y amarillenta de ambar atraía trocitos de papel. Científicos posteriores como Benjamín Franklin, Luigi Galvani, Alejandro Volta, Michael Faraday, Thomas Alva Edison y muchos otros ingenieros de la tecnología, se encargaron de desarrollar el potencial de esta fuerza electromagnética misteriosa y descubrir aplicaciones tan pragmáticas como admirables.

Un artilugio de consecuencias insólitas para la convivencia de nuestra especie fue el teléfono. Se cuenta que el 10 de marzo de 1876 Alexander Graham Bell, un audiólogo inglés dedicado al estudio de la sordera y casado con una mujer sordomuda, con ayuda de su ayudante, Thomas Watson, lograron en su laboratorio de Boston comunicarse desde habitaciones separadas a través de un largo cable cuyos extremos había conectado a una membrana vibradora. Hoy día es imposible concebir nuestras relaciones con otras personas, la vida cotidiana o el funcionamiento de la sociedad, sin este prodigioso instrumento de comunicación.

El progreso de la ingeniería médica ha hecho posible prevenir, diagnosticar y curar muchas dolencias hasta hace poco mortales. Los adelantos de la cirugía combinados con los avances en la inmunología permiten vivir a miles de personas cuyos órganos vitales han fracasado, gracias a los transplantes. El perfeccionamiento de la tecnología de rayos X y la aparición de la imagen digital posibilitan la observación clara del cuerpo en funcionamiento. Cada día más enfermedades se diagnostican precozmente y más “averías” corporales se corrigen con técnicas quirúrgicas eficaces, o mediante fármacos que doman las hormonas más malévolas. Y gracias al desciframiento del mapa genético humano, pronto identificaremos los ingredientes hereditarios responsables de que unas personas sean víctimas de ciertas dolencias mortales y otras no. Al mismo tiempo, las técnicas de clonación y de regeneración de células o el uso de células madre pluripotenciales, harán posibles la reconstrucción de partes del cuerpo dañadas, incluyendo el cerebro, y la curación de las enfermedades más recalcitrantes.

De hecho, en los últimos años la medicina ha cruzado la frontera de su misión tradicional de erradicar enfermedades y utiliza los nuevos conocimientos para ayudarnos a disfrutar de nuestro paso por el mundo y a hacer más llevadera nuestra ineludible caducidad. Esta nueva medicina aspira no sólo a añadir años a la vida sino también a sumar vida a los años.

Los avances de la medicina se han acelerado hasta el punto de que hoy, cualquiera que encuentre un médico comprensivo dispuesto a recetar puede salir de la farmacia con un paquete de sustancias portentosas, como cremas que prometen borrar las arrugas de la cara o devolver a los calvos el cabello, píldoras que permiten a la mujer controlar fácilmente su fecundidad, grageas que estimulan una visión optimista del mundo o eliminan la timidez, comprimidos que inducen el sueño a los desvelados, o tabletas que restauran el vigor sexual en muchos hombres impotentes que se han rendido a la edad, al estrés, o cuya potencia genital ha sido apagada por la diabetes, la hipertensión y otras dolencias físicas o psicológicas.

Facilitar la búsqueda de la felicidad

Un peligro de esta nueva medicina del bienestar es que puede fomentar, en algunas personas, una visión simplista y engañosa de la naturaleza humana. Por ejemplo, la persecución compulsiva de la eterna juventud alimenta ilusiones inalcanzables que minan las posibilidades de aceptarnos tal y como somos. El hambre insaciable de perfección física se puede convertir en un poderoso sedante sociopolítico, un lastre que paraliza e inhabilita a muchos hombres y mujeres. A pesar de estos posibles efectos secundarios, me parece admirable el objetivo principal de esta medicina de la calidad de vida: facilitarnos la búsqueda de la felicidad y las oportunidades para encontrarla. ¿Podemos pedir más?

La tecnología también ha transformado y enriquecido el mundo de las bellas artes. La conservación y reproducción de la pintura, la escultura, la arquitectura y otras expresiones de belleza, se han perfeccionado tanto y su difusión es tan extensa, que hoy casi todas las obras de arte pueden ser admiradas y disfrutadas en cualquier parte del planeta. En el caso de la música, por ejemplo, la tecnología ha puesto en las manos de sus virtuosos una amplia gama de instrumentos musicales para perfeccionar sus creaciones, y de medios electrónicos muy fieles para divulgar sus sintonías. Hoy día este conmovedor estímulo sensual, dotado del poder de producir en las personas las emociones más variadas e intensas, se ha convertido en un placer del que muy pocos seres humanos pueden prescindir.

El cine es otro ejemplo de la tecnología aplicada al arte y al entretenimiento. La gran pantalla es sorprendentemente efectiva para representar dramas y evocar emociones. Las imágenes cinematográficas tienen una cualidad mágica. Su luminosidad, su movimiento, su magnetismo y su capacidad para absorber nuestra atención las convierten en estímulos profundamente sugestivos.

Por su parte, la televisión decide muchas de las cuestiones sobre las que pensamos a diario y enriquece nuestro conocimiento del mundo. En una noche normal más del 60% de toda la población de Occidente conecta con el “pequeño escenario”. La televisión es, por ahora, el medio de información más eficaz, porque ofrece el producto más inteligible y penetrante y exige un mínimo esfuerzo mental o imaginativo del espectador. Una televisión responsable y creativa instruye y sitúa al espectador en el tiempo y en el espacio. También distrae, educa y une, al invitarnos a disfrutar y compartir con millones de personas situaciones de otro modo inasequibles. No obstante, como ocurre con casi todos los grandes inventos, su mal uso puede producir efectos nocivos, sobre todo en los niños. En mi opinión, el daño que puede causar la televisión no se debe tanto a las imágenes que transmite como al valioso tiempo que roba a otras actividades creativas y socializadoras tan necesarias, especialmente durante los primeros años de la vida.

La invención más reciente que está revolucionando la convivencia es internet. En 1969 internet vino al mundo, en Estados Unidos, como un sistema de comunicación seguro, estrictamente militar, que se usaría en caso de ataque nuclear. A medida que el miedo a un conflicto atómico disminuyó con el desmantelamiento de la Unión Soviética hace unos doce años, este sistema de comunicación fue traspasado del mundo militar al campo de la comunicación en general.

Hoy más de 100 millones de personas navegan diariamente por este ciberespacio, entramado invisible o virtual. Internet constituye el sistema internacional de comunicación más exhaustivo que ha tenido la humanidad. Combina en una red gigantesca las funciones del teléfono, el fax, la radio, la televisión y la prensa, con la información, las imágenes y la música de las mejores bibliotecas, museos, auditorios y centros de entretenimiento.

Aunque se teme, como también sucedió con la televisión, que internet cree una clase social distanciada y aislada en un mundo impersonal de imágenes digitales, electrones y ondas, pienso que este miedo es infundado. Gracias a internet se han multiplicado las opciones de relacionarnos con gente que no vive necesariamente en nuestro entorno. De hecho, un sondeo reciente demuestra que el 66% de las personas que utilizan internet dicen que, gracias al correo electrónico, sus relaciones con amigos y familiares han mejorado. Otro estudio revela que en los últimos años más de un millón de nuevas amistades iniciadas en el ciberespacio han resultado en encuentros cara a cara.

El uso universal de todos estos ingenios prodigiosos que permiten el rápido transporte a cualquier rincón del mundo, el acceso instantáneo a cantidades masivas de información, y la comunicación inmediata y simultánea de millones de personas entre los lugares más diversos y alejados del planeta, preocupa a mucha gente que teme que la globalización del conocimiento, de las costumbres y, en definitiva, de la cultura, destruya los valores tradicionales y genuinos de las diferentes comunidades de la Tierra.

La globalización cultural que fomenta la tecnología, a mi parecer, no está reñida con la individualidad y autonomía de las personas. Precisamente, hace mil años, cuando se pensaba que la tierra era plana y el Sol giraba a su alrededor, las necesidades individuales no parecían existir. Las personas ordinarias –la inmensa mayoría– no tenían apellidos, ni identidad personal. Vivían subordinadas a la religión institucional y a la autoridad totalitaria de unos pocos; y carecían de la más mínima vida privada. Comían, dormían, se vestían y se aseaban hacinadas en viviendas colectivas. La arquitectura del hogar no valoraba en absoluto el espacio personal. De hecho, hasta el siglo XVIII, la gran mayoría de las casas no tenían pasillos. Para llegar de la habitación A a la D se tenían obligatoriamente que pasar por el cuarto B y C, o por las habitaciones intermedias.

Resulta irónico observar que, a pesar de que la gran mayoría de los avances tecnológicos hacen nuestra existencia más llevadera, facilitan el bienestar y ofrecen más opciones y libertad para experimentar momentos de dicha, a lo largo de la historia nunca han faltado los nostálgicos de un pasado sencillo, campestre y libre de artefactos. Y es que, desde que los antiguos dioses griegos decidieron que la humanidad sería castigada por obtener los misterios del Olimpi con la ayuda de Atenea y Prometeo, mucha gente no se apea de la desconfianza del desarrollo.

La ansiedad y el desconcierto que suelen causar en estas personas los logros tecnológicos hacen que a menudo los mezclen precipitadamente con los miedos del momento, sin valorar primero sus posibilidades ni el buen uso o mal uso que hacemos de ellos. A mi entender, mezclar los frutos de la tecnología con dolencias como el aislamiento social, el consumismo descontrolado, la pérdida de identidad o incluso la violencia, es erróneo e injusto. Además, ignora nuestra probada capacidad para aprovechar los nuevos recursos en nuestra búsqueda del bien común.

Idealizar el pasado

La imagen de la sociedad de ayer simple y saludable sirve casi siempre de telón de fondo en las discusiones sobre los avances “sufridos” por la humanidad. Muchos hombres y mujeres, casi instintivamente, reivindican el honor de vivir en los momentos más desafortunados de la existencia y olvidan la posición de privilegio que ocupan dentro del largo curso de la historia natural. Y cuando con ánimo de sopesar su bienestar presente lo comparan con el ayer, a menudo seleccionan escenas idealizadas de un pasado distorsionado que deja fuera la terrible dureza y la cruel incertidumbre de la existencia primitiva.

No se nos ocurre pensar que hasta hace poco tiempo la muerte merodeaba por los hogares mucho más de lo que hoy ronda el cáncer, la depresión, el divorcio y el desempleo juntos; mientras que la única misión de la mujer era procrear sin descanso y en silencio. Ignoramos que hasta los niños más afortunados que sobrevivían el parto y no eran abandonados por sus padres, crecían sin derechos. La educación constituía un privilegio y cumplir 50 años era un milagro.

Aunque las injusticias sociales y el subdesarrollo aún perduran en algunos países y continúan siendo motivo muy importante de sufrimiento, la realidad es que nunca tantos pueblos han disfrutado de tantas oportunidades ni de mejor calidad de vida. La Historia es el mejor antídoto de esa nostalgia.

Multimilenaria herencia humana

Gracias a tantos hombres y mujeres que han luchado sin descanso por mejorar el bienestar de todos, cada día más habitantes del planeta son rescatados de la esclavitud en todas sus facetas. Independientemente de los enigmas que se esclarezcan y de la calidad de vida que alcancemos, estoy seguro de que siempre contaremos con “ángeles” dispuestos a aventurarse más allá de los confines del saber del momento, con el propósito de facilitarnos una vida más feliz. Precisamente, la clave para entender la contínua innovación de la humanidad está en el triunfo de la fuerza innata, vital, solidaria y creadora de la multimilenaria herencia humana. Esta fuerza indestructible, que nos impulsa a perseguir sin descanso la dicha propia y la de nuestros semejantes, no solamente estimula nuestro instinto de conocer y descubrir, sino que también nos predispone a la bondad y al altruismo. Ésto explica el hecho de que cada día encontremos más hombres y mujeres con el corazón abierto a la idea de que, quizá, los mandatos moralizadores legendarios que nos han guiado, como el Decálogo o los castigos divinos que nos han amedrentado, como la expulsión del Edén, no sean literalmente ciertos. No tanto porque tal vez nunca ocurrieron, sino porque nunca fueron necesarios.

En fin, creo que no haría justicia a la realidad humana si no recordara un hecho tan reconfortante como cierto: durante muchos milenios las leyes de la naturaleza se ha inclinado casi siempre a nuestro favor, algo que merece ser valorado y disfrutado por todos nosotros como un regalo maravilloso del universo.  

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