Antonio Muñoz Molina

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«EN LA NOVELA TENEMOS QUE REPRESENTAR LA COMPLEJIDAD DE LA VIDA Y REPRESENTAR A SERES QUE SE PAREZCAN LO MÁS POSIBLE A LOS SERES REALES»

Su origen campesino y humilde le recuerda quién es y le hace mantener los pies en la tierra. Este reconocido escritor, Antonio Muñoz Molina (Úbeda, Jaén, 10 de enero de 1956), no se siente importante a pesar de sus numerosos logros conseguidos: galardones que lo avalan como El Premio de la Crítica y el Premio Nacional de Narrativa por El invierno en Lisboa y el Premio Planeta por El jinete polaco, entre otros; también dirigió el Instituto Cervantes en Nueva York y es académico de la lengua desde 1996. Se identifica con la letra que representa la u minúscula, porque es una letra muy discreta, tan discreta que a veces es muda. Vive a caballo entre Madrid y Nueva York porque es su manera de mantenerse alerta, de no acomodarse y de mirar con distancia y perspectiva los acontecimientos que harán historia. Ahora nos regala una maravillosa obra que le ha llevado muchas horas de trabajo, dedicación y esfuerzo: La noche de los tiempos. Es una novela que nos sumerge en la vida de gentes como nosotros, pero a quienes les tocó vivir un hecho, la Guerra Civil, que trastocó sus vidas de la noche a la mañana. Su estilo práctico, como él lo define, sus descripciones exactas sobre lugares, personajes y vivencias, intercalados en el tiempo, que navega de un lado para otra como nuestra conciencia, nos demuestra una vez más que es un genio de la palabra, palabra que nace de la inspiración y el trabajo. Un maestro, al fin y al cabo, aunque él, sencillo y humilde, no se siente merecedor de dicho título.

¿Qué se siente después de haber terminado una obra de estas características, con esta calidad literaria? Lo de la calidad literaria no lo sé. Se siente una mezcla de alivio muy grande y de miedo. Alivio por razones evidentes, porque te quitas de encima un trabajo que te ha ocupado mucho durante bastante tiempo, y miedo porque pones tanto en un libro como éste, tanto de ti, de lo que sabes, de lo que te gusta, de lo que te da miedo, que siempre te preguntas si va a llegar al lector y cómo lo van a recibir. A veces, me pregunto por qué estoy angustiado si por fin ha pasado lo que quería, el libro está terminado y se ha publicado, pero ya sabes cómo es la cabeza humana.

Y en estos pocos meses de vida del libro, ¿está contento con la respuesta de los lectores, con las críticas? Lo que más me interesa es la reacción de los lectores, es decir, de gente que conozco o que me escribe. Y la crítica siempre te gusta, si te hacen una buena crítica te gusta y si te hacen una mala crítica te molesta. Pero lo importante son los lectores, los que conoces y los que no conoces, su respuesta. Y en eso no me puedo quejar, porque las reacciones de los lectores cercanos a mí han sido muy positivas. Y hay otra cosa de la que yo tenía miedo, porque en el libro hice un esfuerzo de no ser sectario, porque el sectarismo no sirve para nada, y te confieso que tenía miedo de la respuesta que pudiera haber, pero me ha sorprendido con agrado que para mucha gente esa falta de sectarismo ha sido aceptada con toda naturalidad.

¿Por qué no quería definirse en ningún bando?, ¿desde qué punto de vista quería hablar? Es absurdo que nos definamos setenta y tantos años después. Evidentemente, como ciudadano soy una persona progresista, y si tú miras la historia con cuidado uno no se subleva contra un gobierno legítimo. Sin embargo, definirte a estas alturas con respecto a los bandos de la guerra me parece arqueológico. Uno tiene que definirse con respecto a otras cosas. A estas alturas nuestra prisa debería ser procurar comprender qué pasó. Y lo que uno siente es simpatía hacia las personas inocentes que han sufrido, y personas inocentes hubo muchas, y la mayor parte de la gente en España ni quería una guerra, ni estaba ideológicamente marcada al cien por cien, es decir, que la mayor parte de los que lucharon en la guerra, y eso se olvida con frecuencia, no eran voluntarios, sino eran soldados de reemplazo. Y, la gente, en general, estuvo en la guerra en la zona donde le tocó. Por ejemplo, el caso de los hermanos Machado, Antonio Machado era un hombre más de izquierda y Manuel era, quizá, un hombre más conservador, pero a Manuel Machado la guerra le pilló en Burgos, porque estaba viendo a su familia esos días, y se quedó en el bando de Franco y escribió poemas a favor de él y tuvo otra vida, pero si se hubiera quedado en la zona republicana, qué habría hecho. También, un poeta tan exigente y tan respetado por todos como Jorge Guillén estaba en Sevilla cuando se produjo el levantamiento militar y escribió poemas en elogio de Franco, pero en cuanto pudo se fue. Con esto, lo que quiero mostrar es que las cosas son más complicadas que lo que se ve a través de las simplificaciones que se establecen después. Quería escribir una buena novela y no un libro de historia, y ésa era mi preocupación.

¿Y por qué concretamente este momento histórico, la Guerra Civil? Porque es una época muy apasionante, la época de entreguerras, los años veinte y treinta en toda Europa, no sólo en España. Es el comienzo de la modernidad tal como nosotros la conocemos, de la modernidad que acaba de terminar. Es una época que tiene una mezcla de promesas y de tremendas convulsiones, hay grandísimas expectativas de progreso social y político y, al mismo tiempo, grandes terrores. Es una etapa en que la democracia parece que está pasada de moda, y que el porvenir es o bien el fascismo o bien el comunismo. La Primera Guerra Mundial había destrozado Europa, la crisis del 29 la había destrozado más todavía y, a la vez, hay una efervescencia intelectual, cultural y humana y hay numerosas vidas que se ven arrojadas en medio de toda esta confusión. Y a mí siempre me ha llamado la atención el entrecruzamiento de las vidas privadas con los hechos públicos, porque todos pensamos que tenemos control sobre nuestra vida y no es verdad. Tu vida está marcada por las circunstancias históricas. Millones de vidas, aparte de los que murieron, e incluso de los que se salvaron y de los que salieron bien de aquello, fueron completamente trastornadas por la guerra. Por este motivo, como escritor, como novelista, es muy tentador examinar lo que ocurre y cómo los destinos particulares son trastornados por las circunstancias históricas.

Se ha escrito mucho sobre esta época, pero usted ha querido aportar testimonios de personas desconocidas. Sí, se ha escrito mucho, pero no se han recogido los testimonios de los testigos normales, tenemos numerosos testimonios de gente muy ideologizada, de dirigentes políticos, de intelectuales, pero no de gente común. Es decir, sabemos cómo vivieron la guerra Miguel Hernández y Alberti, pero no cómo la vivieron las personas corrientes, los trabajadores, los soldados… Y he leído mucho sobre este particular y, de hecho, mientras yo hacía el libro, uno de los pocos testimonios que conozco que tratan de como vivía un soldado en aquella época, son las memorias de Gila, el humorista, que son unas memorias extraordinarias. Gila era hijo de una familia trabajadora del barrio del Chamberí, que entró como aprendiz en un taller, que estaba empezando a echarse novia, a quien le gustaba el cine, que tenía simpatía de izquierdas, pero muy vagas, y que de pronto, con 17 años, se vio en medio de una guerra, de la que no entiende nada. Y, evidentemente, esta gente me interesa mucho, aunque son los que menos hay; y éstos son los testimonios que yo escuchaba cuando era pequeño.

¿Y qué otras fuentes ha consultado para su libro? Los periódicos, libros de memoria, diarios de gente, como el diario de Carlo Morla Lynch, el gran amigo de Lorca que estuvo en Madrid desde el año 28 hasta el final de la guerra… A mí me obsesionaba saber cómo era la vida común, los detalles de esa vida, qué hace uno por la mañana, cuando coge el tranvía…, la vida real, porque si no, lo que haces son falsedades de novela histórica. Tenía la necesidad de poder imaginarme las cosas tal como fueron, el presente de entonces parece una bobada, pero hay que hacer el ejercicio mental siguiente: pensar que una persona el 17 de julio de 1936, un viernes, no sabe lo que va a ocurrir a continuación. Porque tú ahora, igual que yo, nuestra principal preocupación no es ni el Gobierno, ni los derechos políticos, ni Al Queda; nuestra preocupación fundamental es nuestra vida privada y cómo ganarnos la vida, y los acontecimientos públicos son como un rumor, y en esa época ocurría lo mismo. Por eso quería hablar de personajes que no estuvieran muy interesados en la política, porque están obsesionados con su pasión amorosa, y la realidad pública es un rumor que oyen de fondo, pero al que no le prestan demasiada atención.

¿De alguna manera podemos decir que este trágico suceso marcó a una generación? Yo creo que sí marcó a muchísima gente en toda Europa, no ya el hecho de la Guerra Civil, sino la destrucción repentina del orden que tú conocías. La semana pasada escribí un artículo sobre Arthur Koestler, un escritor que me gusta mucho. Arthur Koestler nació en 1905 en una familia burguesa en Budapest; su padre tenía un negocio de peletería, tenía criadas, cocineras, él iba a la mejor escuela, él estaba destinado a ser, y de pronto llega 1914, la guerra, y se pierde todo, el negocio se hunde y en 1919 llega la gran inflación y esa familia se queda sin nada. Y, en la novela, quería reflexionar sobre esto, hasta el extremo más práctico, qué ocurre con una persona cuando desaparecen todas las cosas que daba por supuestas. Este tipo de cosas marcan profundamente, porque socavan a la persona algo sin lo cual no puede vivir, un cierto orden en su vida. Por ejemplo, en el momento en el que tú tienes agua corriente, no piensas en la maravilla que es. Y todas estas nimiedades se te olvidan, es como el que respira, ¿quién valora el arte de la respiración? El asmático, nosotros no. Y me importaba mucho contar esto, ponerme en el lugar de esas personas, que están empezando las vacaciones, que van y vienen de la sierra y un día no hay más sierra, porque hay un frente de guerra. Esto es una experiencia universal, no es algo que pasó sólo en 1936, es algo que vive la gente en todo el mundo: en la década de 1990 en Yugoslavia, o en el País Vasco cuando han asesinado a una persona … La vida es mucho más frágil de lo que parece.

Y, ¿que secuela deja esto? Las secuelas para las víctimas son tremendas, los que padecen la cárcel o el crimen o la muerte de alguien cercano. Yo creo que la gente difícilmente se cura de eso, hay quien se cura y quien no, los seres humanos somos muy frágiles y tenemos una vida muy corta y cualquier cosa puede estropearla. Aunque a veces el exilio, el poder irse, a la gente le ha abierto la mente a otras cosas. No todas las historias son tristes, pero en general el legado del siglo XX ha sido tremebundo.

Y después de haberse puesto en el lugar de los otros, ¿a qué conclusión ha llegado? Es una conclusión muy prosaica: uno tiene que salvar aquello que valora y no dar nada por supuesto. Hay que tener cuidado con lo que hacemos y lo que decimos y, sobre todo, en un país tan bocaza como éste, en el que parece que hay un acuerdo colectivo de irresponsabilidad, donde nadie quiere hacerse cargo de sus propios actos. Y en este aspecto me vuelvo muy meticuloso y pesado, hay que observar qué hacemos y qué no hacemos, qué decimos y no decimos, y ser consciente de que si algo nos importa tenemos que cuidarlo, porque las cosas en el momento que se descuidan, se están perdiendo, desde el matrimonio, hasta la democracia, e incluso la maceta que tienes en la ventana.

¿El proceso de creación siempre es difícil, y concretamente, en esta última novela? Los escritores suelen dar una imagen menos frágil de ellos mismos y de sus propios trabajos, pero sí, fue muy complicado. Quizá una novela de este tipo tiene un mayor grado de dificultad porque tienes que conseguir varias cosas al mismo tiempo: tienes que contar historias que sean verdaderas, hacer que el lector tenga conciencia del marco histórico en el que están ocurriendo estos hechos y hacerlo de manera que no se note, que el lector no sienta que le estás dando la información artificialmente; y esto tiene su dificultad. Yo no planeé hacer una historia tan larga, ni mucho menos, pero la historia fue tomando complejidad según avanzaba. Y respecto al final, que es un largo diálogo entre ambos protagonistas, cada uno tiene posiciones completamente distintas y mi hijo, me decía, «lo que desconcierta es que los dos tienen razón», y esto es lo que distingue la novela de un libro de historia; en la novela tenemos que representar la complejidad de la vida y que cada persona tiene sus razones y representar a seres que se parezcan lo máximo posible a los seres reales. Y si lo cuentas de corazón y de verdad, no puedes tomar partido, porque la vida es así.

Con esto demuestra que en la tarea del escritor hay más trabajo que inspiración. Es una mezcla muy grande, no existe una cosa sin la otra, ni trabajo sin inspiración, ni inspiración sin trabajo. Llamo inspiración al hecho de que aparezca aquello con lo que tú no contabas. Tú puedes trabajar mucho, y a mí me ha pasado muchas veces a lo largo de esta novela, que he tenido muchas páginas y, de pronto, he sentido que me faltaba algo y una ocurrencia, un descubrimiento repentino e inesperado me ha hecho avanzar muchísimo. No sé en otros oficios, pero en el de escribir, trabajo e inspiración son inseparables.

«LA SENSACIÓN DE DESARRAIGO ES INEVITABLE, PERO TIENE SUS VENTAJAS»

¿Cómo se llega a escribir como los dioses? ¡Cómo los dioses, no! Yo tengo una idea muy práctica de la literatura. En España se celebra demasiado la belleza del estilo, y para mí el estilo tiene que ser algo práctico, es decir, escribir bien porque sí, a mí no me interesa, me interesa que la escritura sirva y tenga una utilidad práctica de ser clara, de transmitir con claridad imágenes, sensaciones, pensamientos, lugares… Explicar con la máxima precisión aquello que tiene que ser contado. Muchas veces, cuando estoy escribiendo o corrigiendo pienso: ¿este adjetivo es necesario?, no, pues se quita, sólo debes poner aquello que tiene una finalidad concreta.

Suele introducir en sus novelas elementos autobiográficos. ¿También lo ha hecho en esta última? Muchas veces en los libros que escribo suelo usar materiales personales, pero en este caso no. Aunque hay algo que si tiene que ver mucho con mi propia vida, que el protagonista de la novela, al igual que yo, es una persona que ha sufrido un proceso de desclasamiento, él viene de un origen humilde y se ha hecho una persona burguesa, y eso tiene sus peculiaridades, porque se siente un poco forastero en el mundo en el que se ha instalado. Y, también, esa sensación del chico estudioso que no puede salir mucho porque tiene que estudiar, tiene que ver con mi vida, aunque de una manera indirecta. En cambio, en otras novelas mías, sí que sale el mundo campesino y otros detalles más cercanos.

Forma parte de su trayectoria literaria mezclar ficción y realidad e introducir personajes. ¿Lo hace para dar verosimilitud a la historia? Sí, lo he hecho bastante, porque la novela es un arte que juega a la realidad, a imitar la realidad y entonces qué mejor imitación de la realidad que poner un personaje real mezclado con ficción. Una de las primeras novelas que yo leí y que me influyó mucho fue la de Josep Torres Campalans, que juega a ser la biografía de un pintor y habla de él como si hubiera existido, como si hubiera sido amigo de Picasso, y es inventado.

El exilio, el desarraigo y la pérdida son temas de mucha actualidad, que usted también toca en sus novelas ¿Ha cambiado en algo hoy por hoy? Yo creo que el mundo hoy es menos inhóspito que hace 70 años. Pero hay tanta gente hoy que se ve forzada a irse para salvar su vida y que no puede volver, que nació en un sitio y tiene que vivir en otro, que está atrapada por fronteras y que está sufriendo las consecuencias de la invención de las mismas, que creo que mucho no ha cambiado.

Ese sentimiento de pérdida y de desarraigo que aparece en sus novelas ¿tiene algo que ver con que le encante Nueva York, que es un lugar donde pasa desapercibido? Sí, es un talante personal, uno no sabe exactamente por qué se ha hecho de una cierta manera, igual soy más sensible a eso que a otras cosas. Me fijo mucho en la gente que está en un solo sitio, por ejemplo, mi padre, que en paz descanse, a él le gustaba mucho su pueblo, era su felicidad, él viajaba, pero sabía que su centro estaba allí, y eso le pasa mucho a los campesinos. A mí esto me parece muy bonito, pero no es mi carácter, yo tiendo a sentirme un poco de paso y creo que eso es más real. Ahora estoy leyendo un libro, el diario de César González Ruano, y éste cuenta su vida como escritor de éxito en la década de 1950 en Madrid y se observa un mundo en el que la gente está instalada, tiene prestigio. Tú lo lees 50 años después y la mayor parte de esa gente ha sido olvidada y no ha dejado ni rastro y los sitios por los que esa gente se sentía en su ciudad ya están ocupados por otros; así que todos estamos de paso y el que crea lo contrario está muy equivocado, y eso lo siento muchas veces. Veo un señor muy mayor y pienso: nosotros estamos usurpando su ciudad, al igual que otros usurparán la nuestra. Por este motivo, si te fijas un poco en el mundo y en la vida la sensación de desarraigo es inevitable, aunque también tiene sus ventajas.

¿Y tiene alguna connotación positiva el exilio? En términos históricos, por ejemplo, el que tanta gente de talento se fuera para Alemania fue una desgracia y, en cambio, una bendición para Estados Unidos. Normalmente, cuando un país expulsa a población, el que sale perdiendo es ese país. Y es lo que le ha pasado a España a lo largo de muchos siglos. Y, cuando, entre el 36 y 39, tantas personas de primera categoría se tuvieron que ir, la que salió perdiendo fue España y el que salió ganando fue el país que acogía. De hecho, las grandes editoriales argentinas, latinoamericanas de los años cuarenta, cincuenta y sesenta fueron fundadas por exiliados españoles.

Otra constante en sus novelas es el manejo del tiempo, los saltos adelante y atrás… ¿Pretende apresarlo, controlarlo?

No, lo que pretendo es mostrar cómo funciona una conciencia, ya que en cualquiera de nosotros el presente y el pasado están siempre muy mezclados; el presente está lleno de pasado. Y, concretamente, en una novela como ésta, eso era inevitable porque yo tenía que contar qué ocurre en la conciencia de alguien que lo ha perdido todo. Una posibilidad es elegir una narración lineal, pero más que el orden exacto de las cosas, a mí lo que me interesa es cómo las cosas son recreadas en la conciencia y en la memoria, porque intento de manera realista contar cómo percibimos el mundo las personas.

¿Es una constante en su literatura ponerse en el lugar del otro? Eso es lo que hace la literatura, tú lees una novela y te colocas en el lugar de los personajes y si no te pones ha fracasado la novela. La empatía es el fundamento de la literatura y no otro. Si a ti te importa un pimiento el destino de los personajes, entonces ¿para qué estás leyendo la novela?

¿Y cómo se pone uno en el lugar del otro, sin su propia carga? Se trata de descansar del propio yo para hacer otro, para hacer capaz de sentir como siente el otro, y esto es fundamental no sólo en la literatura sino en la vida. Y si no te puedes poner en el lugar de otra persona, cómo le vas a tener respeto.

Una frase suya: «Entre la intuición de algo que pueda llevarme a un libro y el principio de la escritura pasa mucho tiempo, cada vez más tiempo», ¿por qué? Pues no lo sé, porque eso tiene un proceso natural, las cosas se van hacien-do por dentro, los libros se van escribiendo antes de empezar a escribir.

Muchos de sus personajes, comentaba Justo Serna, se debaten entre el arraigo y el viaje, entre la memoria y el deseo, entre lo vivido y lo fantaseado. ¿Son los temas que le preocupan, para los que busca respuesta? Esa descripción se parece muchísimo a casi cualquiera de nosotros, ¿quién no vive así?, ¿quién está seguro de todo?, ¿quién no siente que hay una distancia entre lo que desea y lo que tiene?; la cabeza humana es así, es muy complicada.

«LA LITERATURA DEMUESTRA QUE LAS PERSONAS NOS PARECEMOS MUCHO Y QUE CADA PERSONA TIENE UNA VIDA COMPLETA»

«Hay que ser responsable de lo que se escribe», comentó en una ocasión, ¿en qué sentido? Eso es muy importante, porque las palabras pueden tener un efecto muy grande. España es un sitio en el que parece que da igual lo que se escriba, pero si tú publicas una mentira, o si tú publicas algo que incita al odio, o algo que mancha el honor de una persona o algo que envenena la conciencia de una persona, eso tiene efectos muy graves. Y el horror del mundo, si te fijas con atención ha estado precedido por muchas palabras muy venenosas. Por ejemplo, el Holocausto tuvo lugar en los años cuarenta, pero desde finales del siglo XIX, y durante las primeras décadas del siglo XX, existía un continuo machaqueo de antisemitismo en todas partes; eso quiere decir que las palabras pueden hacer mucho daño, aunque también pueden hacer bien.

¿Y qué función tiene la literatura? Contar la vida y hacernos comprender que los demás se nos parecen mucho. La literatura tiene un efecto antinarcisista. El narcisista piensa en el yo, y ahora los medios favorecen esto. En cambio, la literatura demuestra que las personas nos parecemos mucho y que cada persona tiene una vida completa y que la realidad está llena de detalles en los que hay que fijarse; y ése es el sentido práctico de la literatura.

Dice que la literatura cura contra el narcisismo, pero muchos escritores tienen un ego muy grande. Claro, pero qué vamos a hacer. Y no sólo los escritores, sino todo el mundo; sólo hay que mirar en Facebook y ver el ego que tiene la gente, porque ese ego está siendo alimentado continuamente por la publicidad. En general, haría falta rebajar el nivel de ego el 80%

o 90%; demasiado ego, demasiado yo.

¿Se considera el guardián de la lengua? ¡No!, la lengua pertenece a todo el mundo y a todo el que la habla. Los guardianes de la lengua son todos aquellos que la usan y los que tienen la responsabilidad de enseñarla. Y mi responsabilidad como escritor es muy sencilla, es usar la lengua de manera verdadera y precisa.

¿Y su responsabilidad como académico de la lengua?

Pues ahora mismo es una responsabilidad que tengo en suspenso, porque entre el trabajo del libro y mis obligaciones en Nueva York, hace tiempo que no voy; así que no estoy cumpliendo tanto como debiera.

El escritor tiene la necesidad de fijarse en las vidas ajenas para contarlas, es así como se siente. La vida ajena, la vida propia, observar.

Se dice de usted que es un hombre muy sabio, pero a la vez humilde, ¿esto tiene que ver con sus orígenes? Ya me gustaría a mí ser sabio. Yo no he conocido a nadie valioso de verdad que no fuera humilde, como dice Don Quijote, «nadie es más que nadie», y no es más importante el trabajo del escritor que el del pescadero. Desde el romanticismo se ha hecho demasiado caso a los artistas, la figura del artista está supravalorada. Entrevistas con los actores y con escritores, ¿para qué?, tampoco tenemos tanto que decir, un científico, un médico que está salvando vidas en Nigeria o el personal que trabaja en un pabellón de niños con cáncer… esa gente sí que es importante. Así que no se trata ni de ser humilde ni soberbio, se trata de ser realista.

¿Cómo ve la España actual? Es un país que vive en una especie de burbuja de irrealidad alimentada por la política y por los medios en el que no hay conciencia de la gravedad de la crisis que tenemos hoy. ¿Cómo vamos a salir de esta crisis?, ¿qué sabemos a hacer?, ¿qué sabemos fabricar?, ¿qué conciencia de responsabilidad o de fuerza tenemos?, ¿qué vamos a hacer, volver a la construcción?, ya no se puede construir más, ya han arrasado con todo el país. Y otra pregunta que me hago y me inquieta mucho es: ¿cuál es el porvenir que tiene España?, porque no veo que haya un verdadero debate sobre esto, se vive en una especie de irrealidad muy grande. Los americanos, por ejemplo, por diversas razones, viven en la realidad de una manera más áspera que nosotros. Nosotros tenemos el Estado de bienestar, pero no lo sabemos ni agradecer, ni defenderlo, creo que tenemos un sistema político carísimo y no sé durante cuánto tiempo se puede sostener. El gobernador del Banco de España decía hace unos meses discretamente que el veía demasiados coches oficiales. ¿Cómo se sostiene esto?, es una pregunta que me hago desde hace bastante tiempo.

MUY PERSONAL

¿España o Nueva York?

Los dos sitios, por qué elegir.

¿Por qué necesita vivir entre Nueva York y España?

Para mantenerme alerta

¿Qué ha aprendido con el paso del tiempo?

El paso del tiempo.

De qué se siente más orgulloso.

De mis hijos.

¿Le ha cogido cariño a la u minúscula?

Claro, es una letra muy discreta, tan discreta que a veces es muda.

¿Está cansado de la palabrería de este país?

Sí.

¿Qué opina de los políticos de este país?

Que deberían ser menos visibles, trabajar más y hablar menos y ser menos.

Vivir con una escritora, Elvira Lindo, ¿es una ventaja o una desventaja?

Vivo con la mujer que quiero, que sucede que es escritora, y es una ventaja enorme vivir con la mujer que quiero.

¿Quién corrige a quién?

Los dos.

Cuando leyó su último libro, ¿qué le dijo?

Parece que le gustó, no puso ninguna pega.

¿Existe la competitividad?

Sinceramente no, los dos tenemos un interés muy grande y constructivo en el trabajo del otro.

Mantener una relación a lo largo del tiempo, ¿es una cuestión de madurez o de compatibilidad?

De cuidar la relación y de tener suerte de haberla encontrado, porque las personas podemos no encontrarnos.

¿Es un hombre que vive el presente o piensa en el futuro?

Tiendo a pensar demasiado en el pasado y angustiarme con el futuro. Por eso intento aprender a vivir en el presente.

Es un curioso innato, ¿hay que mirar más allá?

Es más entretenido.

¿Cómo se aprende a mirar?

Fijándose.

¿Qué recuerda de su infancia?

Muchísimas cosas, recuerdo la felicidad.

Y, ¿lo más bonito y lo más importante que le transmitieron sus padres?

El cariño incondicional, alentador y protector, sin ser sofocante, y un sentido de que hay que hacer siempre las cosas lo mejor que se pueda.

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