Acuarela de Brujas

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Observando la inclinación de los árboles soy todavía capaz de llegar a Brujas, siguiendo la dirección de los vientos del mar, a través de una llanura donde duermen, misteriosas y casi vegetales, las villas campesinas de Flandes: Termuyden, Ostkerke, Lissewe, Lisseweghe y, finalmente, Damme.

En la catedral de Damme se casó Margarita de York con el príncipe borgoñés Carlos el Temerario, el más bravo monarca del siglo XV. Y cuentan que el joven Memling se convirtió en pintor de rostros angélicos cuando le vio cerrar los párpados en la batalla de Nancy, en aquella jornada triste de los campos helados. Algunos dicen que fue asesinado por un condottiero al que, con su carácter colérico, había reprendido duramente. A la mañana siguiente los lobos habían devorado buen parte de sus restos.

Los escandinavos construyeron en el siglo IX un pequeño puerto al que llamaron bryggja, “desembarcadero”. Pero los verdaderos fundadores de Brujas fueron los piratas del mar del Norte que, en sus barcos cóncavos, arribaron a todos los puertos de Europa.

Nada como llegar a estas costas en barco, sobre todo en los días de otoño, cuando los faros parecen cirios encendidos, y los colores brumosos del mar se confunden con las llanuras húmedas.

La historia de Brujas es la de una larga decadencia, desde los tiempos medievales en los que era un fabuloso mercado y su puerto –rebosante de veleros y mercancías– rivalizaba con los de Hamburgo, Londres o Lübeck. La riqueza de sus burgueses despertaba la admiración de los reyes. A sus muelles venían los mercaderes para proveerse de estaño. En Brujas se fundó la primera bolsa financiera del mundo, creada por la familia van der Buerze. La industria textil exportaba sus productos a todo el mundo y, con sus 25.000 habitantes, era una de las ciudades más pobladas de Europa.

Las rencillas, las guerras y las epidemias ensombrecieron este cuento feliz. Incluso el mar fue retrocediendo, hasta que el puerto quedó cubierto por el fango.

Pero Brujas supo convertir sus desgracias en leyenda, tejiendo un tapiz en las aguas donde –en otro tiempo– había contemplado el reflejo de su belleza. Y dicen que hasta sus cisnes son el último trapo roto de los veleros que desaparecieron en este melancólico cuento.

Una ciudad dormida y una bella durmiente

La llanura que atravesamos para acercarnos a Brujas es el Zwyn, un golfo ya desecado. En sus orillas los campanarios y las luces guiaban a los veleros. Pero, desde que el mar se ha retirado, las ciudades duermen un sueño dulce y silencioso.

Al pasar al dominio de los duques de Borgoña, acrecentó su renombre y se convirtió en el centro artístico de los Países Bajos. Llamados por los duques y los grandes burgueses, los mejores pintores se establecieron en la ciudad. Artistas de la talla de Memling y Van Eyck trabajaron hasta su muerte en Brujas. Pero también los humanistas, como el español Luis Vives, perseguido por la Inquisición, encontraron aquí asilo y un refinado ambiente cultural. Incluso Erasmo venía a visitar a Vives y a escuchar las quejas de este sabio que siempre se preocupó por los pobres.

– Los tiempos que corren son malos –confesó a su amigo– y tan peligroso es hablar como callar.

Otros pensadores, como el ingeniero Simon Stevin, lo tenían más difícil, porque habían escrito: “un milagro no es nada milagroso”.

Felipe III el Bueno trajo a Flandes a Jan van Eyck, que era el mejor retratista de su tiempo y que le sirvió con la fidelidad de un criado.

La posición de los pintores en las cortes antiguas no era muy brillante, ya que estaban asimilados a los sastres, zapateros y sombrereros del rey. Realizaban las mascarillas fúnebres, trabajaban como decoradores y camareros y organizaban fiestas y torneos. Leonardo y Miguel Ángel cobraban por mensualidades y se les descontaba el tiempo perdido cuando faltaban al trabajo. El Mantegna tenía que acompañar al cardenal de Gonzaga al baño para que, con su amena conversación, el príncipe no se dejase vencer por el sueño. Boticelli pintaba la conjuración de los Pazzi como un cartel de propa-ganda política. Lucas Cranach vivía de su farmacia y del comercio de vinos. Y, siguiendo los pasos de Alberto Durero desde Nuremberg a Venecia, desde Bamberg a Amberes, me di cuenta de que se mantenía vendiendo joyas, contando siempre hasta el último céntimo, porque la vida estaba cara y “una lavativa para su mujer” le costaba 24 sueldos. Por ese precio, podía comprar lápices negros y carboncillos para todo un año. Y por 31 sueldos podía adquirir una estupenda camisa de color ladrillo cocido. Cuatro sueldos costaban dos cristales para sus gafas y, por algo más, podía conseguir sus fetiches favoritos: una calavera y algunos cuernos de búfalo.

Durero tuvo también el capricho de comprar en Brujas dos sueldos de mejillones. En realidad no necesitaba gastar mucho en comer, porque, como artista reconocido, le invitaban a fiestas en las que la comida se servía en vajilla de plata. Visitó también en sus talleres a Quintin Metzys y a Patinir. Pero su experiencia más inolvidable fue vestirse con la capa española que la había regalado Erasmo, para asistir a una exposición de objetos mexicanos, recién llegados de un mundo, hasta entonces desconocido, que le dejó para siempre fascinado.

Más modestamente, como simple lacayo, Jan van Eyck viajó por toda Europa para retratar a las princesas –la hija del conde de Urgell, Isabel de Portugal– que podían agradar a su rey. Quizá en esa galería de rostros bellos Felipe el Bueno encontró a algunas de las treinta mujeres que, a lo largo de su reinado, compartieron su lecho.

Gracias a los retratos meticulosos y realistas que realizaba Jan van Eyck, el rey flamenco pudo elegir como esposa a Isabel de Portugal, estableciendo en Brujas una corte muy elegante en la que se reunían –como en la Tabla Redonda– los Caballeros del toisón de oro. Nunca supe por qué eligió el símbolo místico del cordero para el collar de la orden, porque le tuvo siempre más cariño a su león domesticado, al que la ciudad tenía que sacrificar cada año trescientas ovejas.

Su hijo Carlos el Temerario fue aún más dado a los fastos y, cuando celebró su boda con Margarita de York, organizó en Brujas los famosos torneos del Árbol de Oro, ordenando que todos los árboles de la ciudad fuesen revestidos de oro y decorando las fachadas con colgaduras de seda. No debieron faltar los gamberros, porque en estas fiestas nobles se congregaban siempre muchos imbéciles. Como en los bailes de salvajes que organizaba el demente de Carlos VI, disfrazándose con plumas y arrojando antorchas encendidas sobre los invitados. O las recepciones de Felipe el Hermoso de Francia con sus autómatas de madera que flagelaban a los asistentes, mientras ocho conductos de agua iban remojando los bajos de las damas, lanzando un chorro bajo las faldas… Un auténtico Disneyland de la monarquía.

El emperador Carlos V heredaría las posesiones de sus abuelos, incluyendo el labio inferior de los austrias y la mandíbula prominente de los duques de Borgoña. Heredó también el nombre y el valor de aquel bisabuelo al que llama-ban Temerario.

Paseando con el loro verde que le había regalado el cónsul de Portugal, Alberto Durero se encontró un día con la comitiva del emperador Carlos V que recorría triunfalmente las ciudades de Flandes. Y observó con sorpresa que el poderoso césar iba acompañado por un cortejo de mujeres casi desnudas. Era una vieja costumbre flamenca, y las jóvenes se sentían incluso orgullosas de recibir un diploma al acabar el desfile.

En Brujas es fácil encontrarse estas caras: Felipe el Bueno, Carlos el Temerario, María de Borgoña –la abuela de Carlos V– o Margarita, la hermana del emperador español, que era más avara que nadie, según nos cuenta Durero que trabajó para ella sin recibir nada a cambio. Conozco esas caras, esas miradas altivas, esas mandíbulas prominentes, esos ojos, esos títulos de Grandes Duques de Occidente, Duques de Brabante, Condes de Holanda, Emperador Germánico, Rey de España, Rey de Nápoles, Rey de Portugal, porque, desde Juan sin Miedo hasta Felipe II, lo iban reuniendo todo: están en los museos, en las estatuas, en los mausoleos de las iglesias.

Chose espagnole abandonnée en pleine Flandre”, “cosa española abandonada en plena Flandes, estuario inútil abandonado por el mar”… llamó Ernest Raynaud a esta ciudad de reyes extranjeros.

Georges Rodenbach la llamó “Brujas la Muerta”. Quizá no es fácil comprender el dulce lenguaje que hablan sus olmos centenarios, sus fachadas cubiertas de verdín, el oro viejo de sus canales, el húmedo silencio de sus puentes curvados en una postura de oración.

Brujas la muerta

Adriaan Isenbrandt, el pintor de las Madonnas, anduvo también por Brujas buscando modelos para sus pinturas piadosas. Y, entre los inquisidores que le condenaron varias veces, corrió la voz de que las contrataba en las cervecerías de los extramuros. Sin embargo, entre los artistas del Renacimiento, era común mantener un harén de muchachas –generalmente jóvenes circasianas– a las que educaban, a cambio de utilizarlas como modelos. En Inglaterra la ley determinaba que las modelos no podían ser vistas por menores de veinte años. Y tampoco era raro que un pintor frecuentase las tabernas donde podían encontrarse y dibujarse curiosos tipos humanos: caras de apóstoles con la cabeza tonsurada, imágenes de ancianos campesinos con unos ojos impulsivos y apasionados que podrían heber sido los de Pedro, miradas esquivas que se posaban en unas monedas con un gesto inquietante, muchachos ingenuos que, entre las mofas de sus vecinos, bebían una taza de leche, esperando a una abuela que había venido a vender pan. Seguramente, desde los tiempos de la Última Cena, no había una colección más variada de seres humanos para sentar en torno a una mesa.

Y, a veces, los papeles se cambiaban diabólicamente y aquel joven que ayer acompañaba a su abuela y podía haber sido el discípulo amado, al cabo de los años se sentaba en un rincón –disimulando el rictus de su boca desdibujada por una sonrisa cínica– en la sombra, para con-tar las monedas que había ganado posando como apóstol traidor.

Muchos poetas –desde Rodenbach a Mallarmé, desde Longfellow a Guido Gezelle– han pintado los misterios de Brujas, dibujando la imagen decadente y húmeda de la bella durmiente. Y así se forjó la leyenda de Brujas la Muerta.

Naturalezas muertas llaman los pinto-res a ciertos cuadros de objetos inanimados que recogen lo más vivo y tierno del mundo que nos rodea. Los alemanes, con una palabra más precisa, llaman a sus bodegones Stilleben: vida del silencio.

Mientras ordeno mis acuarelas y escribo estos recuerdos en una mesa del viejo café Vlissinghe, pienso que Brujas es como una ventana en un sueño o como esos cuadros surrealistas donde los objetos se mezclan, más allá de la lógica y de la rutina: el cisne y la campana, el puente y la veleta, el agua y ese inquieto rayo de sol que corre sobre una mano blanca que borda, como una paloma en su jaula. También el café Vlissinghe es como un bodegón pintado por un maestro clásico: naturaleza muerta, vida del silencio. Tiene viejas sillas de cuero, una chimenea de ladrillos y madera tallada, y oscuros retratos de poetas simbolistas que decoran las paredes.

La torre fortificada del Béffroi es el campanario mayor de Brujas. Y, aunque ya no se organizan torneos en la Plaza, los carillones dejan caer la menuda llovizna de sus campanas sobre la ciudad. Me acuerdo de Verlaine, que murió diciendo a sus amigos: “Siento la nostalgia de Brujas y de sus campanas con su sonido amortiguado”.

Desde lo alto de la torre, la ciudad parece un cuadro antiguo, con sus tejados rojos, sus molinos lejanos, las casas de las corporaciones medievales que reciben como un insulto el humo de los automóviles. Las fachadas con mil adornos y remates diferentes se elevan hacia el cielo, como una tabla que tiene los colores de los primitivos flamencos.

The earth was gray, the sky was white”, escribió Dante Gabriel Rossetti en lo alto de esta torre gótica. La tierra era gris, el cielo blanco… pero yo andaba buscando mariposas amarillas para pintar un cuadro como los suyos.

Pintando mis acuarelas descubrí que nadie puede sentirse solo. En esta ciudad de canales todo tiene un reflejo, cada forma tiene su sombra, las luces su contrapunto y no se sabe dónde comienza el cielo y acaba la tierra. Por eso en estos años, ya entrados, de mi existencia estoy convencido de que hay que mirar la vida con un espejo –invirtiéndola, de izquierda a derecha, como hacía Leonardo– porque no conocemos nuestro verdadero rostro, sino sólo su reflejo.

También Jan van Eyck pintó un espejo cóncavo en El comerciante Arnolfini y su esposa, en el que se reflejan inquietantemente los personajes del cuadro, incluyendo al propio pintor.

Escaparates de un comercio de encajes y de una tienda de productos de gastronomía en Brujas.

A la sombra de los castaños

El tiempo le ha dado su medida a Brujas, como la edad moldea a los hombres. Sus casonas aparecen ahora mansas y dominadas por la hiedra que cabalga sus paredes. Los conventos, si fueron rígidos, se ven ahora pobres y despoblados. Y hasta sus monjitas, ayer ascetas y regañonas, se dejan arrastrar de puerta en puerta por el viento de la desventura. Después se irán, asustadas golondrinas de alas negras, a ocultarse en los retablos medievales de su convento, como el perrillo que ronda por la puerta del museo buscando algún lienzo de san Francisco donde echarse a dormir disimuladamente, o una fuente donde reposar, convirtiendo al fin en escultura el sonoro y oxidado cascabel de su osamenta.

La gente de Brujas parece ir siempre a ocultarse en un retablo. Diríase que tienen la vida organizada por un pintor de antiguas miniaturas. Van de las Halles a la Grand Place, de aquí a la iglesia románica de la Saint-Sang; y a veces llegan hasta el convento de las beguinas o el Minnewater. Se deslizan por las orillas de los canales, sin detenerse a mirar las hojas que caen sobre el pretil de los puentes. Manejan resignadamente los bolillos de sus encajes. Se mueven como las figuras de un historiado reloj que hubiese aprendido, con el paso del tiempo, a tocarle la misma música a la ventura que a la desventura.

Algunas veces, en Balstraat, la calle más bella de la ciudad, a los pies de la torre de la iglesia de Jerusalén, veía a una niña de cabellos rubios –como el pan recién horneado– que corría para llegar a la primera misa. Se dedicaba a encender los cirios, a ordenar las sillas del coro, a mirar ingenuamente el reflejo de su nariz puntiaguda en las bandejas de plata del altar. Luego volví a encontrarla en una novela de Marguerite Yourcenar: “Ses ancêtres couchés en cuivre poli le long des murailles se félicitaient sans doute de la voir si sage”.

Nadie diría que los flamencos se rebelaron contra todo y contra todos, contra Felipe el Bueno, contra Maximiliano y contra Felipe II, contra los borgoñones, los españoles y los franceses… Y un día pintaré una acuarela de los rincones malditos de Brujas –nunca citados por los poetas– que huelen a azufre.

Huele a ropa blanca en el Hospital de San Juan

Para el Hospital de San Juan pintó el flamenco Hans Memling algunas obras casi divinas: La adoración de los Magos, Los esponsales místicos de Santa Catalina, la Madonna de la manzana y el Relicario de Santa Úrsula.

Memling es el pintor que mejor podría simbolizar el alma europea, a veces misterioso como Leonardo, a veces loco como el Bosco, a veces distante como Rafael. Profeta y precursor de todos, pin-tor humanista que revela la vida del paisaje, convirtiendo la muerte en pro-mesa inaccesible, transmutando los pigmentos en rostros, los gestos en signos, las flores y las frutas en vírgenes. Mago capaz de captar las vibraciones aéreas: la transparencia de la frente de una Madonna, la sombra que baña una ventana, los pasos perdidos en una calle. También se dice que anduvo por aquí Tommaso Portinari, pariente de la Beatriz del Dante, que vino, comisionado por los Médici, a comprar unos cuadros de Memling. Por algo Dante ha citado dos veces el nombre de Brujas en la Divina Comedia.

“Jardines interiores orlados de boj, salas de enfermos, lejanas todas, en las que se habla en voz baja. Algunas religiosas pasan, ahuyentando apenas un poco de silencio, como los cisnes de los canales desplazan apenas un poco del agua que surcan. Flota en el ambiente un olor de ropa blanca húmeda, de cofias que se han deslustrado con la lluvia, de paños de altar recién salidos de viejos armarios”.

Con estas palabras describe Rodenbach la atmósfera del Hospital de San Juan, hogar de enfermos y asilo de caminantes, convento y refugio, claustro y jardín de caridad.

La vieja farmacia conserva sus muebles tallados, los albarelos de barro y cerámica, y los grandes morteros de metal donde se preparaban las fórmulas secretas.

Por la luz del sol, ya oblicua, podrían ser las cinco de la tarde. Por el color de las calles y la música que se oye en una ventana abierta podría ser una hora antigua.

En aquellos años de mi juventud había casas en ruina, y los andamios permanecían mucho tiempo en las fachadas, hasta que había dinero para restaurarlas.

Mis acuarelas ya se han perdido, como las escobas de las limpiadoras, como las abuelas que pasaban envueltas en largos abrigos, como nuestras bicicletas en las calles empedradas.

Huele a manzana y arcones húmedos. Pero no quiero preguntarle a nadie qué hora es, porque tengo miedo de que sea una hora demasiado, demasiado antigua.

Lágrima mística, lago de amor

En el Beaterio de las Beguinas –habitado hoy por monjas benedictinas– me dedicaba a buscar ilustraciones para un cuento de hadas.

El convento se levanta junto al Minnewater (Lago de Amor) que no es un lago, sino un ensanchamiento del canal de Gante: un rincón umbrío y delicioso, con su exclusa edificada según los modelos góticos, su viejo puente de piedra, y su venerable torre medieval que parece un guardián dormido.

Persiguiendo sombras del pasado me perdía en esta ciudad silenciosa, formada por pequeñas casas de paredes blancas, que se esconden entre muros cubiertos de hiedra.

Me gustaba pasear bajo los árboles añosos, escuchando el sonido de las campanas, el murmullo de los cisnes al surcar los canales, y el latín de las misas que se decían en la iglesia, dedicada a Santa Isabel de Hungría. Para mí era una iglesia especial, porque conservaba en el altar una tela de Jacob van Oost con la imagen de la “reina pobre”. Me parecía que las velas encendidas temblaban porque las voces de las monjas volaban en aquella nave desde tiempos remotos, mariposas sin sexo, nubes de gasa, ofrendas de incienso en el harén de los ángeles de la cara velada.

Santa de días fríos, como mis otoños de Brujas, tenía Isabel catorce años cuando la casaron con un príncipe alemán y, a los veinte años, quedó viuda. Abandonando entonces la corte, vivió en una cabaña. Pero tenía el poder mágico de transformar las perlas de su corona en sacos de trigo para los pobres. Y, cuando se quedó sin joyas, hilaba para mantener a su gente, dedicando todas las horas del día a su trabajo, esforzándose en una labor preciosista y entregada que seguramente parecería inútil a quienes no comprenden que, más que un manto, abriga el amor. Por eso, yo quería aprender a escribir como ella hilaba, porque dicen que era torpe y sólo sabía hilar la lana basta, pero –en su ignorancia– trabajaba como si hiciese encajes de lino.

Las beguinas de Flandes nacieron en la Edad Media, al amparo de ciertos movimientos místicos que buscaban una vida evangélica, fundamentada en la sencillez y la caridad. Aunque vestían y vivían como monjas, no se comprometían con votos perpetuos y podían abandonar el monasterio cuando no querían compartir las reglas de la comunidad. La mayor parte de las novicias eran muchachas del pueblo que lavaban la lana para los tejedores en las aguas del Reie. Pero, como la orden no les exigía voto de pobreza, la comunidad fue creciendo con la llegada de otras jóvenes de todas las clases sociales, que se dedicaron a la vida mística bajo la dirección de una superiora, a la que llamaban la Gran Dama. Las más ricas se hacían construir incluso sus propias casas en el jardín, cada una en estilo diferente, pero tenían que ayudar con sus rentas a la administración de este refugio. Y así, bajo la apariencia ingenua de estas casas de muñecas, nació el primer movimiento de emancipación femenina que existiera en Europa, porque daba asilo a mujeres independientes que querían apartarse de las servidumbres del matrimonio o de la mancebía.

En aquellos días las casas estaban renegridas por fuera, aunque eran, en su interior, de una limpieza inmaculada. Y las misteriosas viejecitas que las habitaban hilaban diligentemente con sus bolillos, como si se hubiesen quedado perdidas –a la hora del encantamiento– en un cuento de hadas.

Las artesanas de Flandes trabajaban con una técnica primorosa, apoyando la almohadilla y el bastidor sobre su falda y cruzando los bolillos –con un ruido rítmico que sonaba como un baile de marionetas– hasta crear un laberinto que acababa convirtiéndose en un encaje. Moviendo los finísimos hilos con misteriosa habilidad formaban prodigiosos dibujos que eran como telas de araña donde se quedaban prendidas las horas de su vejez, los amores de su juventud, las últimas memorias de todas las vidas humanas.

Observando la agitación de las ramas de invierno cuando sopla el viento frío, alguna santa antigua inventó los encajes de Brujas. Y nunca he sabido si las monjas existen o son figuras que se han escapado de las pinturas, porque llevan velos antiguos como las vírgenes de los pintores flamencos.

La lluvia menuda, al golpear las ventanas, reza una oración. Y las monjas son juguetes en estas casas, moviéndose atareadamente entre la cocina, el salón, el comedor, el dormitorio y la galería abovedada con un jardincito y un pozo.

La hora de las procesiones rosas

Para conocer Brujas hay que tener ojos de pintor antiguo, esa mirada capaz de penetrar en los secretos de la naturaleza: aquí una buharda que refleja un rayo de sol, más allá un rótulo de hierro, un pozo y una cadena que se hunde en las aguas del canal.

Hasta los nombres de las calles son poéticos: Quai de la Mano de Oro, Quai del Espejo, Calle del Girasol, de la Cigüeña, del Asno Ciego…

En la periferia de la ciudad, bordeando los límites de las antiguas murallas, los molinos de viento escriben su biografía de aire y silencio.

Incluso los cisnes son, en Brujas, un monumento: se deslizan por las aguas de los canales, se posan majestuosamente en las orillas y son –a diferencia de las góndolas de Venecia, barcas negras en una ciudad alegre– barcas blancas en una melancólica acuarela.

Mientras escribo se han consumido los últimos troncos de la chimenea en el viejo Café Vlissinghe y los retratos de mis poetas simbolistas se han vuelto misteriosos y turbios. Todo ha regresado a la oscuridad sagrada y primitiva en este reino despótico del silencio. Las jóvenes que me rodeaban se han convertido en viejas damas y, maquilladas con su color de tierra, se han perdido en las porcelanas que decoran la estancia.

Los versos de Rodenbach suenan –música de órgano– en estas calles que cierran ahora los párpados de sus ventanas y se envuelven en la oscuridad, como si estuvieran velando un muerto. No quiero abrir los ojos, porque alguien debe de estar encendiendo un cirio del color de la sangre en una iglesia. Y el aire está lleno de procesiones rosas que dejan un olor de incienso.

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