Libertad pero menos

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Es bien sabido que la libertad es uno de los valores supremos de la vida, el mantra por antonomasia de nuestros tiempos modernos y posmodernos, incluso su razón de ser. Podemos afirmar que la historia de los últimos 300 años, desde la Ilustración hasta nuestros días, es la lucha por la libertad: política, económica, personal. Es sin duda el gran logro de nuestras sociedades democráticas, y la lucha que aún se mantiene contra los regímenes autoritarios. Y, por supuesto, es el triunfo del individuo frente al grupo y frente a los atavismos, tribalismos, coacciones y demás frenos propios de los tiempos premodernos, que nos impedían la búsqueda individual de la felicidad.

Sin embargo, a nadie se le escapa que cuando hablamos de libertad queremos decir, en realidad, cosas bien distintas según nos refiramos a, por ejemplo, la “libertad económica” del sistema capitalista, basada en la libre competencia, o la “libertad política”, constreñida en marcos institucionales, que le dan forma y matizan. Y diferente de ambas es la libertad de las relaciones interpersonales, aunque su ejercicio está sujeto también a normas, reglas o leyes de carácter político. No obstante, sea cual sea el tipo de libertad que escojamos, hay un acto que es común a todas ellas, que define a la libertad: el acto de elegir. Somos libres porque podemos elegir. Sin elección no hay libertad.

“CUANDO HABLAMOS DE LIBERTAD QUEREMOS DECIR, EN REALIDAD, COSAS DISTINTAS SEGÚN NOS REFIRAMOS A, POR EJEMPLO, LA ‘LIBERTAD ECONÓMICA’ DEL SISTEMA CAPITALISTA, BASADA EN LA LIBRE COMPETENCIA, O LA ‘LIBERTAD POLÍTICA’, CONSTREÑIDA EN MARCOS INSTITUCIONALES”

¿Pero realmente esto es así? Para no perderse en abstracciones filosóficas, que exceden la capacidad y el espacio de una columna, nos podemos centrar en las relaciones amorosas o de pareja, uno de los aspectos que más cambios ha experimentado en los últimos dos siglos. Con respecto a esto, lo que define al hombre moderno es su posibilidad/capacidad de elegir. Este es su hito fundamental, pues define dos aspectos capitales de nuestra vida: la autonomía para elegir y la racionalización de nuestros actos. No obstante, si bien para la economía, por ejemplo, la capacidad de elegir es un rasgo natural de la racionalidad, cuando hablamos del amor, en el que están implicados aspectos sociales, culturales, racionales o emocionales, la cosa es mucho más complicada.

Si entendemos la libertad como una libre elección, y por tanto basada en la razón, la elección de una pareja puede estar basada tanto en elementos racionales como emocionales. No es lo mismo la elección de la compra de un coche o una casa, que se concibe como un proceso basado en un cálculo racional, que la elección de una pareja, donde intervienen factores como la emoción o el “sex-appeal”, aunque en la práctica las elecciones de consumo sean más emocionales de lo que creemos y las elecciones de pareja más racionales de lo que nos gustaría admitir.

Al añadirse otros aspectos, tales co-mo la mayor libertad sexual, fruto del cambio de las actitudes morales, se introducen más factores que hacen más compleja aún la toma de decisiones en este campo, ya que el elenco de posibilidades de elección se ha multiplicado hasta hacerlas casi inabarcables, y más aún con el uso de internet. Sin embargo, la libertad de elección no depende única y exclusivamente del aumento de la oferta. Es más, dicho aumento resulta desincentivador, cuando no agobiante, pues, como nos recordaba Leo Strauss “la otra cara de la libertad sin límites es lo irrelevante de la decisión”.

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