La filosofía del porvenir

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En nuestra época posmoderna, en la que hemos asistido al declive de Occidente, al ocaso de las ideologías, la muerte de Dios o incluso el fin de la Historia, ¿tiene la filosofía algún papel que desempeñar en estos tiempos de crisis económica y social, en estos tiempos líquidos, en afortunada expresión de Zygmunt Bauman? ¿Tiene porvenir la filosofía como la hemos entendido hasta ahora? ¿Tienen razón los que, como Heidegger y Ortega y Gasset, anunciaron ya hace tiempo el fin de la filosofía? Y lo que es peor, ¿nos preocupa este hecho?

Según la división ya clásica que hizo en su día Kant, podemos distinguir entre filosofía en sentido académico, erudita y especializada, como aquella que han practicado los profesionales, de manera preferente en las universidades, al menos a lo largo de los últimos siglos, y la filosofía en sentido mundano, de carácter popular o vulgar, como propia de los individuos que, en tanto que personas, no dejan de reflexionar sobre aquello que les rodea. La necesidad de una división del trabajo científico parece justificar la primera de estas filosofías, en tanto que la segunda, vinculada a la política o la ideología, tendría un carácter más práctico.

En ocasiones, se ha acusado a la filosofía académica de vivir al margen de la sociedad y de los problemas del hombre, encerrada en una torre de marfil. “¿A qué os dedicáis?”, le preguntan a un sabio en la novela Micromegas, de Voltaire, “Nosotros diseccionamos moscas”, le contesta éste, “medimos líneas, reunimos números, coincidimos en dos o tres puntos que entendemos y discutimos sobre dos o tres mil que no entendemos”. Y unas líneas más adelante, le preguntan al sabio: “¿por qué citáis a ese tal Aristóteles en griego?”, y éste responde: “Porque lo que no se entiende en absoluto hay que citarlo en la lengua que menos se entiende”. Sin embargo, las aportaciones de la filosofía académica a lo largo de los tres últimos siglos han sido de capital importancia en el proceso de emancipación del hombre.

Ahora bien, entendida la filosofía como interpretación del mundo, lejos de hallarse próxima a su final, como una herramienta que ya ha perdido su uso, en realidad nunca ha estado más viva y generalizada. Todos somos filósofos, en cierta forma. Puede decirse que el pensamiento reflexivo sobre el mundo que nos rodea es una constante universal en todos los hombres, como el amor o la muerte. Y, como para reflexionar es necesario un cierto conocimiento del lenguaje, puede decirse que la universalización de la educación y la cultura, ha puesto en manos de la gran mayoría las herramientas básicas para esa reflexión filosófica.

En su nuevo libro, Ingenuidad aprendida (Galaxia Gutemberg, 2011), Javier Gomá, uno de los pensadores más estimulantes y originales del momento, plantea una propuesta muy interesante: la filosofía debe volver a interpretar la vida presente, a las cosas que de verdad importan y pueden proporcionar ideas para la reflexión social y política. Y hacerlo desde un lugar central. Ya no se trata, como hasta ahora, de una filosofía especializada o incluso liberadora, sino emancipadora, que nos ayude a vivir en comunidad, a vivir juntos. La filosofía del porvenir es cosa de todos.

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