La cultura en la era de la información

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«La cultura es la búsqueda de nuestra perfección total»l

Matthew Arnold

«Cuando oigo cultura… quito el seguro a mi Browning»2

Hans Johst

¿Qué ha significado, a lo largo de la historia, ser calificado de persona culta? ¿Qué valoración social puede merecer esta cualificación en un mundo que, en pleno siglo XX, fue capaz de compaginar cultura refinada con indiferencia ante el Holocausto y que, en el inicio del siglo XXI, ha globalizado la información, pero también la violencia y la pobreza? ¿Hay un lugar en esta era digital que haya abierto una profunda brecha en el mundo para el modelo tradicional de persona culta o es ya una especie en extinción?

La relectura del texto de una conferencia titulada Anatomía de un hombre culto, pronunciada al comienzo de la década de 1960 en la inauguración de un seminario de cultura organizado por los alumnos de la facultad de Medicina de la Universidad de Sevilla ha sido oportuno acicate para emprender, a la altura del siglo XXI, esta serie de reflexiones sobre la cultura, como construcción colectiva y, de modo especial, como atributo personal.

Nada fácil ha sido, y sigue siendo, definir el concepto encerrado en la palabra cultura, simple en su raíz etimológica, pero sometida históricamente a sucesivas mutaciones y corrupciones semánticas, acrecentadas en los últimos tiempos por la trivialización de su uso: lo mismo se habla de la cultura de una corporación determinada en su mensaje mediático, que de la cultura del agua, cuando se discute políticamente un plan hidrológico. Por ello, no es extraño que la palabra cultura haya sido sometida a definiciones y redefiniciones, con algunos de estos intentos convertidos en ensayos clásicos (Matthew Arnold [1883], Thomas S. Eliot [1948] y George Steiner [1971]), desde variados contextos y bajo distintos puntos de vista. Alfred Kroeber, antropólogo, reunió hasta 164 definiciones de la palabra cultura3.

Desde un punto de vista antropológico4, toda cultura es «una serie de estructuras relacionadas que comprenden formas sociales, valores, cosmología y la totalidad del conocimiento a través del cual es mediada la experiencia en una sociedad con-creta». Lo que llamamos cultura con mayúsculas -como, por ejemplo, la hegemónica cultura occidental- sería una abstracción de las variadas conductas de aquellos que han formado parte, históricamente, de esa parte del mundo, así como de los productos derivados de dichas conductas. En este sentido, la cultura es un complejísimo artefacto, producto de la continua y creciente performance humana, que va llenando el mundo de objetos culturales y también destruyéndolos. Cada sociedad, cada pueblo, cada grupo humano construyen su propia cultura, en la que se incluye la remodelación de su entorno natural; a partir de ella, se generan subculturas, entendidas como culturas marginales, y contraculturas, que son las enfrentadas minoritariamente con la cultura dominante. En definitiva, son muchas las culturas que constituyen el trasfondo vivo de esa abstracta cultura, ídolo de la actitud reverencial del racionalismo a ultranza que Ortega y Gasset descalificó como «beatería» y «utopismo cultural»5 .

Las semejanzas y las diferencias entre dos conceptos muy cercanos, cultura y civilización, se ponen de manifiesto cuando una expansiva cultura dominante, que trata de imponer su mito6 y su canon de identidad, pretende convencer a los demás de que la opresión que ejerce sobre las culturas sometidas, mediante un disimulado proceso de aculturación, o con la expresa exigencia de una afiliación cultural7, es una noble y desinteresada acción civilizadora.

Junto con la cultura colectiva, construida por y para una sociedad concreta (a la que se añade hoy la programada cultura de masas), se entiende también como cultura la refinada o superlativa educación individual que distingue, por su excelencia, a un individuo concreto de sus semejantes. Esta cultura individual, resultado del proyecto vital elegido por una persona -el hombre y la mujer cultos-, puede concebirse como la cultivada capacidad de analizar y comprender críticamente la realidad presente, lo que exige la asimilación y la posesión individual de la herencia del pasado, más allá de los intereses particulares o profesionales.

Esta cultura individual se alcanza a través de un proceso de autoeducación, entendida ésta no como la mimesis de un modelo preestablecido, sino como una construcción personal; es un disciplinado proceso de búsqueda de información, potenciado por una inagotable curiosidad -aunque siempre sometida a un pensamiento crítico que es el generador de un verdadero conocimiento- el que permite a un individuo alcanzar una visión creativa de sí mismo y de su mundo, más allá de la mera competencia profesional, y desde una perspectiva universal, tolerante y nada provinciana. En la constelación del hombre culto, o de la mujer culta, giran otras palabras y conceptos también cargados de ambigüedad, como humanista, intelectual, erudito e, incluso, ensayista.

«LA VERTIGINOSA ACELERACIÓN DE LOS PROGRESOS EN LAS NUEVAS TECNOLOGÍAS DE LA COMUNICACIÓN EXIGE QUE, EN PLENO SIGLO XXI, ESTEMOS OBLIGADOS A PREGUNTARNOS: ¿DE QUÉ MANERA PUEDE INFLUIR EL ESPACIO DIGITAL DE INTERNET, CON SU MASIVA Y GLOBALIZADA ACUMULACIÓN DE INFORMACIÓN Y CONOCIMIENTO, EN EL TRADICIONAL MODELO DE PERSONA CULTA?»

La persona culta pretende tender puentes entre los diversos campos en los que se divide el conocimiento, mediante la aplicación de un análisis interdisciplinario que se califica, de forma metafórica, como transversal u horizontal. Su creatividad, que tiene su fundamento en el lenguaje, se manifiesta en un juego de alusiones y de referencias que fusionan horizontes distantes y que hace brotar, de forma inesperada, «la alegría del conocimiento»8. En cierto sentido, la cultura de la persona cultivada apuesta por la utopía de la unidad del conocimiento y, de modo especial, entre sus dos grandes ramas, las ciencias, por un lado, y las artes o humanidades, por otro. Sin embargo, la tajante separación de estos dos grandes ámbitos del conocimiento propició, en 1952, el clásico ensayo de Charles P. Snow sobre las dos culturas9, y la posterior propuesta de una tercera cultura.

La vertiginosa aceleración de los progresos en las nuevas tecnologías de la comunicación exige que, en pleno siglo XXI, estemos obligados a preguntarnos: ¿De qué manera puede influir el espacio digital de Internet, con su masiva y globalizada acumulación de información y conocimiento, en el tradicional modelo de persona culta? ¿Aumentará el ritmo de su extinción? O, por el contrario, ¿es posible la reconversión del viejo modelo de persona culta en un nuevo modelo, adaptado a la era de la información y del conocimiento?

1 Arnold, Matthew. Culture and Anarchy and Other Writings. Cambridge: Cambridge University Press, 1993.
2 Johst, Hans. Schlageter. Act. 1, esc. 1, 1933.
3 Kroeber, AL & Kluckhohn, C. Culture: A Critical Review of Concepts and Defini
tions. Papers of the Peabody Museum of American Archaeology and Ethnology,
vol. XLVII, no. 1, pp. i-viii, 224, [iv]. Cambridge.
4 Douglas, M. Purity and Danger, Routledge Classics, London, 2002.
5 Ortega y Gasset, J. Obras Completas, Revista de Occidente, 6ª ed. 1966.
6 Bueno, G. El mito de la cultura, Ed. Prensa Ibérica, Mayo 2000.
7 Said, E.W. El mundo, el texto y el crítico. Ed. Debate, Barcelona, 2004.
8 Gadamer H-G. Verdad y método. Ed. Sígueme, Salamanca, Vol. 1(1977), vol 1(2002).
9 Snow CP. The Two Cultures, Canto Books, Cambridge University Press, 1998.

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