La conquista de Marte

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“LA CARRERA, PUES, EMPIEZA CON CLARA VENTAJA DE LOS ESTADOUNIDENSES, PERO NO CABE OLVIDAR QUE SE TRATA DE UNA CARRERA DE FONDO”

“Os he dado lo que muchos antes os prometieron, la Luna”. Richard Nixon, entonces presidente de Estados Unidos, pronunció estas palabras en julio de 1969, con motivo del primer viaje tripulado a la Luna. Durante los años sesenta, la aventura espacial fue uno de los fenómenos más deslumbrantes, objeto de pasión popular y frecuente portada de los medios de comunicación. John F. Kennedy había lanzado el reto de conseguir llevar a un estadounidense a nuestro satélite y traerlo de regreso a la Tierra y puso los medios, económicos y personales, para conseguirlo. Pero su objetivo era meramente político, entusiasmar a su pueblo y abrir un nuevo frente de competición con la otra superpotencia, la Unión Soviética.

De entonces data el término “carrera espacial”, que sigue utilizándose como sinónimo de “aventura espacial”, aunque ya no exista como tal carrera. La URSS, que llevó la delantera durante casi todo el tiempo, perdió la competición justo en la recta final. Y una vez acabada la carrera, el espacio perdió gran parte del interés que había suscitado. El programa lunar concluyó en 1973, después de que se enviaran siete misiones tripuladas a la Luna, de las que seis alcanzaron su objetivo. El resultado final fue bastante pobre en sus aspectos científicos y estratégicos. En total, doce astronautas estadounidenses pisaron el suelo selenita, se trajeron cerca de 400 kilos de rocas lunares y se realizaron algunos estudios in situ de la geología y las características del satélite.

La NASA, sometida a una enorme reducción presupuestaria desde entonces, tuvo que abandonar la Luna, poniendo de nuevo los pies en el suelo terrestre, y el espacio se convirtió en un objetivo mucho más realista y práctico. Durante estas tres décadas, decenas de misiones interplanetarias robotizadas nos han permitido conocer con un detalle asombroso los cuerpos del sistema solar, y la proliferación de satélites artificiales ha cambiado nuestras vidas radicalmente.

En este tiempo, la aventura espacial dejó de ser patrimonio único de las dos superpotencias y hoy en día Europa, Japón, China y la India disponen de sus propias agencias espaciales, son capaces de enviar sondas y satélites al espacio, y han puesto en marcha misiones de todo tipo.

Pero en los últimos meses, el espíritu épico que Kennedy imprimió a la exploración espacial está renaciendo. Su estrategia empieza a ser imitada por el actual inquilino de la Casa Blanca, George Bush hijo, que a principios de año anunció su intención de impulsar decisivamente los programas de la NASA para llevar al ser humano hasta Marte. El objetivo es mucho más ambicioso y complicado. Su plan contempla regresar a la Luna hacia el 2020, y crear un asentamiento más o menos permanente, como paso previo al envío de astronautas al planeta rojo, que podría tener lugar hacia el 2030. Sin duda, la NASA no ha sido ajena a la tentación de rentabilización política del proyecto. Marte es, además del peldaño inmediato a la Luna en la expansión humana por el sistema solar, un icono de la curiosidad cósmica popular (al fin y al cabo, “marcianos” siempre ha sido sinónimo de “extraterrestres”). Y la NASA explota desde hace tiempo las fantasías que suscita. El envío de flotillas de sondas al planeta rojo que cada dos años (cuando se produce su máxima aproximación a la Tierra), y desde hace casi diez, viene realizando, cada vez con equipos y vehículos más sofisticados, ha conseguido que el estudio de Marte se haya convertido en uno de los temas más calientes de la ciencia mundial, especialmente tras el anuncio, en agosto de 1996, del hallazgo de posibles rastros de vida bacteriana en un meteorito marciano.

Muchos sospechan que, además del indudable interés científico que sin duda tienen estos trabajos, la agencia estadounidense ha intentado alimentar el interés público por el tema con el fin de lograr aumentar sus maltrechos presupuestos. Al parecer lo ha conseguido.

Para que el paralelismo con lo sucedido en los años sesenta sea aún mayor, el proyecto empieza a convertirse también en una carrera, aunque sin la carga de enfrentamiento propia de la época de la guerra fría. En febrero, la Agencia Espacial Europea (ESA) anunció la puesta en marcha de un proyecto semejante al anunciado por Bush. Franco Ongaro, responsable del Programa de Exploración Espacial Aurora de la ESA, dio a conocer los planes para enviar astronautas europeos a la Luna entre los años 2020 y 2025, y a Marte entre 2030 y 2035. La diferencia es que ni el programa está definido ni existe asignación de fondos, un escollo importante, ya que el coste de su realización será enorme y su aprobación no dependerá sólo de la voluntad de un presidente y dos cámaras parlamentarias, como en el caso de EE.UU., sino de los gobiernos y parlamentos de los 15 países miembros de la agencia europea. La carrera, pues, empieza con clara ventaja de los estadounidenses, pero no cabe olvidar que se trata de un carrera de fondo.

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