Jules Verne o la novela de la ciencia

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En los tiempos que corren uno se pregunta si debemos ser un poco lunáticos, o si cabe más lunáticos, para imaginarnos otra realidad que nos satisfaga más que la actual. Los lunáticos siempre han estado mal vistos. El término «lunático», del latín lunati?cus, según el Diccionario de uso del español de María Moliner se aplica a las personas que tienen lunas o manías; así un estado especial de ánimo puede ser descrito con la bonita expresión «tiene lunas».

Me pregunto si Julio Verne tenía lunas. Quizás le hacían falta para imaginar su mundo literario donde la técnica y la ingeniería aún tenían mucho camino por recorrer. Verne no era científico, pero sí estaba muy informado de las novedades científicas y tecnológicas de su tiempo. Parece ser que era un asiduo de la Biblioteca Nacional de París y de diversas bibliotecas especializadas donde tomaba numerosas notas de química, botánica, geología, mineralogía, geografía, oceanografía, astronomía, matemáticas, física y mecánica, entre otras disciplinas. Parece contradictorio que a un autor a quien de pequeño su padre le prohibió viajar después de que intentara enrolarse en un barco con destino a la India, años más tarde se las arreglara para proyectarlas en su imaginación con los conocimientos que adquirió mediante la lectura y el estudio.

Por su obra bien documentada, sus viajes extraordinarios y sus obras de anticipación científica, el francés Jules Verne es sin duda el fundador de la ciencia ficción aunque, más tarde, será el británico H.G. Wells quien aportará más riqueza al género. Ambos escritores son hijos de su tiempo y están impregnados por la confianza en las posibilidades del progreso científico que impulsó grandes cambios en la sociedad del siglo XIX: eran novelistas al mismo tiempo que visionarios y supieron hallar en sus obras el difícil equilibrio entre la ficción fabuladora y la divulgación científica. Su labor en pro de la divulgación de la ciencia a través de la novela ayudó a crear la novela de la ciencia, otra ora, ciencia ficción.

«ME AVENTURO A LLAMARLE LUNÁTICO POR TENER MANÍAS QUE LE EMPUJARON A RECREAR ESCENARIOS FUTURISTAS DONDE LA TÉCNICA Y LA CIENCIA ESTÁN AL SERVICIO DEL HOMBRE PARA MEJORAR SU CALIDAD DE VIDA»

Verne cultivaba lo que pudiera llamarse «la novela de la ciencia» en la que la ciencia, tan importante en el siglo XIX, tenía el mismo papel relevante en la narración novelística como en la sociedad. Quizás se deba a este hecho que el saber popular le designe por error como el inventor de algunos artefactos que están presentes en sus novelas que son un espejo novelístico de hallazgos ya existentes en su época y que Verne conocía por sus asiduas consultas a bibliotecas especializadas y por sus relaciones con amigos científicos o viajeros.

Pongamos un ejemplo paradigmático: el submarino Nautilus que Julio Verne describe en 20.000 leguas de viaje submarino (1868) no es ninguna predicción, ni invento como se ha hecho creer. Ahora sabemos que la idea de la navegación submarina ya era conocida y que había un estudio de William Bourne fechado en 1578 y que en mayo de 1801, Robert Fulton, con la ayuda económica de Napoleón, construyó un prototipo de submarino para cuatro personas y le llamó, casualidades, Nautilus. El Ictíneo de Narcís Monturiol se construyó en 1857 y su primera prueba se realizó con éxito en el puerto de Barcelona en 1859, diez años antes de la novela de Verne.

Ya hemos citado uno de sus libros más célebres, pero no podemos dejar de recordar Viaje al centro de la tierra (1864), De la tierra a la luna (1865), La isla misteriosa (1870) y La vuelta al mundo en ochenta días (1872). También fue un pionero en las adaptaciones cinematográficas: sus obras han sido llevadas al cine en numerosas ocasiones. La primera adaptación cinematográfica de Un viaje a la luna fue realizada por el conocido cineasta francés Georges Méliès. Además, también disfruta del favor de la traducción y, según datos de la Unesco, es el segundo autor más traducido del mundo y sus obras han sido traducidas a 112 idiomas.

¿Tenía nuestro autor el don de la videncia o era quizás un lunático? No cabe duda de que describió helicópteros, bombas de fragmentación, submarinos, cohetes espaciales, misiles e incluso algo tan común como el aire acondicionado. Podemos concluir que todo era fruto del conocimiento. Ya hemos señalado que Verne era asiduo de bibliotecas donde leyó todo tipo de trabajos científicos y que, por ello, sus obras están plagadas de documentación. Me aventuro a llamarle lunático por tener manías que le empujaron a recrear escenarios futuristas donde la técnica y la ciencia están al servicio del hombre para mejorar su calidad de vida, tal y como corresponde a las expectativas generales despertadas por la ciencia en el siglo XIX. Como se ha escrito sobre Jules Verne: «La erudición puede ser la causa de sorprendentes premoniciones.»

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