Hambre de tierras

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En su alocada e incierta carrera hacia la frivolidad, los medios de comunicación españoles (me temo que pasa lo mismo en todo el mundo) apenas han reparado en un fenómeno de especial trascendencia como es el de la compra de tierras en países ajenos (land grabbing, dicen los ingleses) por parte de aquellos que ya no producen lo suficiente para garantizar el abastecimiento de sus poblaciones. El caso más sonado es el de China, que se está quedando con amplios territorios de África de los que, a veces, los propios Gobiernos corruptos que acaparan para sí los beneficios, expulsan a las gentes que los habitan y trabajan.

China, pero también India y los países del Golfo Pérsico. Son países emergentes en los que de manera peligrosa sigue aumentando la población y donde las condiciones ambientales merman,
además, los rendimientos agrícolas y
ganaderos, bien sea por la desertificación,
la falta de agua, la contaminación creciente
o los efectos del cambio climático que, a
pesar de lo que digan los escépticos,
haberlo haylo. Las tierras más fértiles del
planeta, casi todas ellas en países pobres,
están quedando en manos ajenas con
intenciones meramente especulativas o
por el puro miedo ante la crisis de seguridad
alimentaria que se avecina.

Me contaban a este respecto una conversación
entre dos altos funcionarios de
una embajada china y otra latinoamericana.

El de esta decía que en su país podría haber disponibles para la venta no más de 22.000 hectáreas de alto rendimiento, y el chino le respondió que esa extensión no merecía la pena. A partir de aquí, es fácil imaginar de qué magnitudes hablamos. Cabe señalar, por otra parte, que en el caso de África, buena parte de las nuevas infraestructuras las construyen los chinos, como es el caso de los embalses. ¿Los construirán allá donde más les convenga a ellos o pensando en el interés de los africanos?

“EN 2050 LA POBLACIÓN MUNDIAL SERÁ DE 9.000 MILLONES, Y PARA SATISFACER LA DEMANDA DE ALIMENTOS SERÁ NECESARIO AUMENTAR LA PRODUCCIÓN AGRÍCOLA EL 70%”

Hace unos meses se presentó la versión española de un librito del agrarista italiano Paolo De Castro con el llamativo título de Hambre de tierras y un subtítulo inquietante: Alimentos y agricultura en la era de la nueva escasez. Curioso concepto: “La nueva escasez”. Escribe Paolo De Castro que la seguridad alimentaria “ha dejado de ser solo una cuestión de distribución de recursos entre países ricos y países pobres para convertirse en un problema de estructura global. La producción agrícola no sigue el paso de la demanda”.

Si se cumplieran estas previsiones, el tópico de que el hambre no se debe a la escasez de productos, sino a su mal reparto, acabará siendo del todo incierto. En ese futuro que adivinan los expertos habrá todavía menos alimentos y seguirán igual de mal repartidos. A ello hay que sumar fenómenos indeseables como el aumento de los monocultivos, cual es el caso de la soja en Argentina. Las noticias procedentes de este país sobre la política territorial del Gobierno son aterradoras sin paliativos. A los efectos perniciosos de la agricultura intensiva o la falta creciente de respeto por los espacios ecológicamente más valiosos se sumarán otros en el futuro de carácter político. Los países que hoy ponen en manos extranjeras partes significativas de su territorio acabarán reclamándolo más temprano
que tarde. Curiosa idea de la soberanía
que tienen algunos.

En 2050 la población mundial estará
en torno a los 9.000 millones de habitantes,
un tercio más que hoy, y para satisfacer
la demanda de alimentos será
necesario aumentar la producción agrícola
en el 70%. En el caso de Europa, y
concretamente de la Unión Europea, ello
obligará a revisar algunas políticas, como
la de la retirada de tierras poco productivas.
Precisamente, se negocia ahora
una nueva PAC (Política Agrícola
Común) en la que estos asuntos deberán tener un tratamiento prioritario y responsable. De hecho, la crisis económica en los países ricos ha provocado actitudes menos recelosas hacia el mundo agrario. Si nos fiamos de las estadísticas, es en el ámbito rural donde menor impacto tiene la crisis gracias, entre otras cosas, a las exportaciones, que siguen aumentando.

El desafío es tremendo: producir más y contaminar menos, si no queremos que la misma tierra y los productos que obtenemos de ella acaben envenenados y envenenándonos, como ya ocurre en China. Un importante empresario de ese país, que acaba siendo paradigma de tantas cosas buenas y alguna más mala, visitó recientemente España con la intención de comprar todo tipo de excedentes alimentarios. La razón es muy sencilla: los nuevos ricos y la clase media de China quieren comer cada día más y mejor y son conscientes de que la calidad de sus alimentos deja mucho que desear (dicen que los campesinos chinos tienen huertos para su propio consumo que cultivan con métodos más cuidadosos) en relación con los estándares vigentes en la Unión Europea. Siempre nos hemos preguntado qué sucederá el día que los indios o los chinos tengan capacidad económica para comprar un coche, pero ¿qué pasará cuando quieran y puedan comer igual de bien que comemos en Europa y, particularmente, en España? ¿Habrá recursos para todos? La ganga del siglo, dice Paolo De Castro, es la tierra.

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