Hacer es pensar

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La palabra “artesano” nos evoca la imagen de un taller, como puede ser una carpintería, y un hombre de cierta edad, tal vez de aspecto venerable, rodeado de aprendices y herramientas. Al mismo tiempo,nos viene a las mientes un trabajo concienzudo, aprendido de generación en generación, ajeno a las prisas, donde la habilidad manual es su seña de identidad y el trabajo bien hecho, su mayor orgullo. Esta imagen del artesano suele despertar una simpatía condescendiente porque se trata, en su mayor parte, de oficios próximos a extinguirse o que, en cualquier caso, tienen escasa relevancia en el conjunto de la economía. En realidad, el producto final de gran parte de los artesanos no puede competir con la fabricación en serie de la moderna industria, pues les resulta muy difícil reducir los costes de producción y aumentar la “productividad”. Vamos, que en “términos económicos”, sus productos no son muy competitivos.

Es bien sabido que la artesanía se basa en una habilidaddes arrollada a lo largo del tiempo, bien sea la de un carpintero, un orfebre o un músico. Una habilidad se puede definir como una práctica adiestrada, en oposición a la inspiración súbita, que se asocia de modo frecuente, y tal vez erróneo, con el arte o con la llamada creatividad artística. De acuerdo con una medida de uso común, para producir un maestro carpintero o un músico hacen falta 10.000 horas de experiencia.

Una visión reduccionista del término artesanía sugiere un modo de vida que languideció con el advenimiento de la sociedad industrial. Sin embargo, “artesanía” designa algo de más calado: la necesidad y el deseo de realizar bien una tarea. Y abarca también una franja mucho más amplia de actividades que la del trabajo manual especializado. De este modo, sería también aplicable al trabajador informático, al médico o al cocinero, como afirma Richard Sennett en su último trabajo.

Este sociólogo norteamericano, que además es un notable pianista, parte en su libro El artesano (Anagrama, 2009) de una sugestiva idea conductora: “hacer es pensar” . Para Sennett la conexión entre la mano y la cabeza no ha sido siempre bien comprendida. Frente a una concepción filosófica, de gran arraigo en la cultura occidental, que privilegia el cerebro como órgano director frente a la mano como simple ejecutora, Sennett cree que el “hacer del artesano” es también un saber reflexivo y comunicativo.

Fomentar esta dicotomía es para Sennett un error filosófico garrafal y una propuesta ética descabellada. No sólo porque se desvaloriza a quienes trabajan con las manos, sino también porque ignora que la mayoría de la gente está ligada a la socialización de las habilidades, y que no hacerlo implica caer en la tiranía de los expertos, a quienes les sobra el cerebro pero les faltan las manos.

El artesano no es un homenaje nostálgico que mira hacia el pasado, sino una propuesta ética que mira al futuro. Sennett, un sociólogo que tuvo que abandonar una prometedora carrera musical por una lesión en la mano, nos ofrece un trabajo serio, riguroso y concienzudo. Al lector sólo le queda ponerse manos a la obra.

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