Feísmo

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Dice una amiga mía que los indignados que empezaron la revolución en el kilómetro cero de la Puerta del Sol de Madrid y de otros tantos lugares de España, a pesar de la pinta, son burguesitos, o sea, nuestros hijos. A pesar de la pinta, digo, porque el campamento de Sol era impresentable, un monumento al mal gusto, a la cutrez más descastada, a ese feísmo histórico en el que llevamos militando desde hace siglos, incluso cuando fuimos ricos unos meses atrás. En mis discretos paseos sociológicos por Sol, en vez de pararme en los corrillos de los jóvenes o de esos jubilados felices de haber encontrado un ágora tan mediática (¡cuánto arreglamundo, Dios mío!), observaba impactado la superposición de toldos como de rafia sucia y deshilachada que cobijaban del calor o de la lluvia las cabezas pensantes de los revolucionarios y de otros muchos allegados que Lenin habría situado sin contemplación en los márgenes del lumpemproletariado. Como reyes estaban allí, sentados en unos sofás a juego con los toldos que, supongo, habrían reciclado de la basura la noche anterior. ¡Qué atrezo para una revolución!, me decía a mí mismo para que nadie me tachara de indigno.

Bien es cierto que algunos arquitectos han alabado la capacidad de los acampados para crear arquitecturas efímeras reñidas en todo caso con la estética y por el uso ingenioso de materiales heterodoxos en un sinfín de instalaciones superpuestas que fueron capaces de responder a la actividad creciente de los campamentos. Pero bueno, un poco de rigor, porque la arquitectura efímera y la arquitectura del reciclaje tienen ya largas trayectorias para que situemos el listón de las exigencias un poco más alto.

Cuál no sería mi sorpresa cuando, a punto del desmantelamiento, leo en la prensa una entrevista con un indignado de 21 años, Alberto Araico de Brito, estudiante de Ciencias Ambientales y miembro de una asociación neorrural dedicada a reconstruir y revivir pueblos abandonados que, tras el preceptivo proceso de la aprobación en asamblea, implantó en la Puerta del Sol una construcción abovedada con madera de palés (Arquitectura de guerrilla en el 15-M, titulaba un periódico) disimulada con toldos de plástico para acatar la prohibición de instalar cualquier estructura fija. Va y dice Araico de Brito: «Lo que estaba pasando en Sol nos pareció mazo de chulo… pero pensamos que el campamento, estéticamente, no estaba a la altura de las ideas. Queríamos mejorar la estética de las acampadas siendo fieles al espíritu de las asambleas». Menos mal.

A estas alturas debiéramos aceptar que la revolución también es una cuestión de buen gusto. Quién sabe si el fracaso del socialismo real ha tenido algo que ver con aquellas ciudades de la Unión Soviética y de los países satélites tan horrorosas e infernales (algunas han mejorado mucho desde la caída del muro en 1989), tan tétricas e invivibles, que alejaban a cualquiera de la tentación socialista. Hasta Praga y Budapest parecían feas en aquellos años de grisuras, que ya es decir. En realidad, el feísmo militante que tanto le debe a aquel paranoico del Kremlim llamado José Stalin fue el resultado final de un proceso totalmente alejado de los planteamientos iniciales, tal como puede comprobarse en esa magnífica exposición organizada por los Caixafòrum de Barcelona y de Madrid y titulada Construir la revolución. Arte y arquitectura en Rusia 1915-1935. Desde el mismo comienzo de la revolución hasta mediados los años treinta, por toda Rusia se desplegó un movimiento de artistas entusiasta que puso patas arriba los criterios estéticos vigentes hasta la fecha en la pintura, en el cine y en el teatro, en la literatura y en la música y, por supuesto, en la arquitectura. De sus rentas vivimos en parte. «Siguiendo el ejemplo de la arquitectura moderna europea -cuenta el folleto de la exposición-, la función dictaba la forma externa, que se manifestaba mediante formas geométricas puras a menudo sostenidas por pilares o pilotis sin ornamentación, con fenestración horizontal continua y cubiertas planas. Para satisfacer las necesidades del nuevo orden social, los arquitectos desarrollaron nuevas tipologías de edificios, como la casa comuna y el club de trabajadores y redefinieron las formas de las fábricas y edificios de oficinas».

En efecto, la nueva arquitectura se extendió a todos los ámbitos (edificios oficiales, industria, vivienda, educación, salud, ocio, etcétera) y aun siendo cierto que estos nuevos movimientos estéticos no fueron inicialmente bien comprendidos por la mayoría de campesinos y trabajadores su influencia tuvo alcance universal. Pero aunque no hubiera sido así y se considerasen fracasados (así lo pensó Stalin), lo que finalmente interesa es ese esfuerzo por aunar revolución y estética en el llamado gran arte y en los aspectos más rutinarios de la vida.

Paseando el otro día por las afueras de una ciudad española donde acababan de inaugurar varios edificios culturales, algunos de arquitectura espectacular, me preguntaba cómo era posible tanto desatino en esos barrios populares de casas feas y desalmadas donde vive la gente más humilde y casi el 100% de los inmigrantes. Dicen los expertos que en España tenemos algunos de los mejores ejemplos del mundo de nueva arquitectura. También hemos here-dado un riquísimo patrimonio de arquitectura popular que no debiéramos dilapidar. Ahora que las arcas de los Ayuntamientos están vacías podemos dedicarnos a la política paliativa de bajo coste arreglando hasta donde sea posible algunos descalabros.

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