Contracultura

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Decía Coco Chanel que todo lo que es moda pasa de moda. La vieja contracultura de los años sesenta y setenta está pasada de moda, aunque no ha desaparecido del todo. Aún pervive en la música, el cine, la ropa y los hábitos mentales, su territorio de expresión favorito. Es decir, en todas las manifestaciones «alternativas». Al sistema, naturalmente, pues la contracultura siempre ha necesitado de un sistema contra el que expresarse, aunque ese sistema (la sociedad occidental) ha cambiado tanto en los últimos 40 años que no hay quién lo reconozca.

Da lo mismo. Cuando se quiere ser transgresor, rebelde, inconformista, cualquier sistema vale, aunque sea el sistema métrico decimal. Nos expresamos negando, que decía Cioran. El deseo de rebelarse contra la vulgaridad de la sociedad, contra la mediocridad de los tiempos, contra la tiranía de las normas sociales, es connatural a todo joven airado que se precie, valga el pleonasmo. Justo el eslogan de los publicistas de ahora. La utopía: no nos conformamos con menos.

Guy Debord, uno de los gurús de la contracultura de los años sesenta nos descubría en su obra La sociedad del espectáculo que el mundo en que vivimos no es real, ya que el capitalismo consumista fagocita todas las experiencias humanas auténticas y las transforma en un producto vendible a través de la publicidad y los medios de comunicación, o mass media, como se decía antes. «El espectáculo es la pesadilla de la sociedad moderna, prisionera de sí misma», apuntaba Debor, líder de la conocida como Internacional Situacionista.

Para los rebeldes que hicieron el mayo del 68, superar la alienación de la sociedad consumista y conformista era su programa político y cultural. Las conquistas de la vieja izquierda obrerista quedaban desfasadas. Si todo es pura ilusión, para qué preocuparse por los aumentos de salario o las mejoras en la condición de vida. En realidad, esta idea de que vivimos en un mundo ilusorio no es nueva. Por ejemplo, para el cristianismo, solo la muerte nos da acceso al verdadero mundo. Sin embargo, Debord y los situacionistas creían que era posible combatir la alienación a través del arte, la protesta (todo un arte), la ropa o la música.

Esta alegoría sobre la alienación la encontramos claramente expresada en la película Matrix. Y como el personaje de Neo, lo que necesitamos es despertar, liberarnos de la tiranía de las máquinas, que son el peor de los «sistemas». Por tanto, debemos despertarnos, desenchufarnos de la sociedad convencional que nos rodea, resistirnos a la cultura en su totalidad: es decir, la contracultura. No es difícil si pruebas, cantaba John Lennon en maravillosa canción Imagine. La contracultura nunca tuvo unas bases ideológicas muy sólidas, pero era terriblemente divertida. Al fin y al cabo, la diversión es el acto transgresor por excelencia.

Sería un error, no obstante, pensar que la contracultura ha desaparecido de nuestra sociedad. Aunque ya no tiene el prestigio y el poder de antes, aún pervive entre nosotros, quizá porque el espíritu de la contracultura es ambiguo: la revolución nunca ha especificado qué tipo de sociedad libre busca. Tal vez, porque se trata de una libertad que está más allá de nuestras mentes, o simplemente porque, al padecer de disonancia cognitiva, no somos capaces de adivinarlo.

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