Confianza y transparencia

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A la vista de los casos de corrupción que han surgido como las setas después de la lluvia en nuestro universo político patrio, y de las descorazonadoras decisiones de política económica que se están tomando como resultado de la crisis económica, una gran parte de la sociedad española está de acuerdo en que hay que demandar más transparencia en los asuntos públicos. Que ya estuvo bien de vivir despreocupadamente. La omnipresente exigencia de transparencia es la clave política que nos ha de sacar del actual marasmo que vive España, el discurso político que hoy domina todo el espacio público, el abracadabra, el ábrete sésamo. ¿Quién lo duda?

Del mismo modo, hay personas que, con gesto grave y fingida solemnidad, dicen que “ya no se puede confiar en nadie”. Tal vez han sufrido un desengaño amoroso, político o económico. A saber. Lo que no dicen, y tal vez deberían añadir, es que ellos tampoco pueden ser dignos de confianza, salvo que este “nadie” –como nos podemos imaginar– solo hace referencia a los demás, a los otros. Ya lo decía Sartre: “el enemigo son los otros”. Pues la transparencia nos igual a todos, a los dignos y a los indignos de confianza. No hace distingos, no pregunta: exige la documentación estricta y precisa. Porque, al exigir que todo sea visible, al igualarlo todo, la transparencia despoja a las cosas y a las personas de su singularidad, de lo que es inconmensurable, de lo único, de lo singular.

Tal vez, tanto en los asuntos públicos como en los privados, lo que necesitamos es más confianza y menos, quizás mucha menos, transparencia. El principal problema político de España es la pérdida de confianza en las instituciones y en los políticos, y entre los propios españoles entre sí. Es posible que esto no sea algo exclusivo de los españoles. Ni de la política. Sin embargo, parece claro que a más transparencia, menos confianza. Y a sensu contrario, más confianza implicaría que hace falta menos transparencia.

Confiar en una persona significa no pedir ni explicaciones ni evidencias. Justo lo contrario de la transparencia, que es el resultado de no fiarse de los demás. Es tanto como decir “no me fío de tu palabra, enséñamelo”. ¿Qué relación podría basarse en esa desconfianza? No podemos afirmar ingenuamente que la confianza es la base de cualquier relación. Una relación de desconfianza es posible, claro, pero mala, muy mala. Y poco satisfactoria. La confianza no es el cimiento de cualquier relación, sino que debe ser el cimiento de una buena relación.

La confianza no se otorga porque la merezcan otras personas (las personas que pleonásticamente se dicen “dignas de confianza”), ni porque signifique un regalo o un cálculo. Tampoco ha de ser ciega: más bien ha de saber colocarse un velo de ignorancia a sabiendas. A sabiendas de las dificultades, los escollos, los trabajos y los afanes de cada día. La confianza se puede perder, pero también recuperar y renovar. La confianza no es un hacer, es más bien un modo de estar en el mundo, de estar con los demás; es decir a una persona: no me des explicaciones, me basta tu palabra.

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