Best sellers

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Uno de los ensayos más sugestivos de los últimos meses aborda el polémico asunto de los best sellers. El profesor de la Universidad de Barcelona David Viñas analiza el fenómeno del best seller, incluso desde un punto de vista literario, lo que no suele ser habitual entre la crítica literaria y académica. Y lo hace con rigor, pero de forma amena. La originalidad del planteamiento de Viñas radica en que deslinda claramente lo que es un best seller comercial de lo que supone un éxito, digamos, azaroso. En efecto, hay libros de calidad que alcanzan elevadas ventas, sin que se sepan muy bien las razones, como Vida y destino, la tan celebrada obra del ruso Vasily Grossman, que ha batido todos los récords para un libro que no es de lectura fácil.

Sin embargo, cuando nos referimos a los best sellers hablamos de otra cosa. Por lo pronto, su calidad suele ser bastante pobre, cosa que algunos rechazan, pero sin argumentos. Esto no sería un gran problema si no se le exigiera a la literatura de calidad que compartiera espacio y honores con esta literatura más popular, en el peor de los sentidos. Y aquí radica buena parte del problema. Los autores de best sellers (no sabemos si referirnos a los escritores o a los editores) exigen un sitio preferente en el olimpo literario. No se conforman con liderar las discutidas listas de libros más vendidos: también quieren la gloria, tal vez porque el poder y la gloria son inseparables. Cualquier crítica al fenómeno best seller es rechazada por antidemocrática o elitista.

El best seller nació con el siglo XX en América. Su desarrollo va ligado a la producción de artículos de consumo de masas, pero también, cosa que a veces olvidan sus más críticos, al proceso de alfabetización de amplias capas de la sociedad. El best seller es heredero del folletín decimonónico, pero con mayor difusión. Ni de lejos podían soñar Dumas y Dickens que las ventas de sus libros alcanzaran las de un Grisham y un Follet.

El best seller da la espalda no sólo a la calidad literaria, sino a su tradición, que es el gran baluarte de la literatura. Exige un lugar de privilegio entre la gran literatura, al tiempo que la ignora o desprecia. Por otra parte, el best seller ha colonizado el hábitat natural de la literatura: las librerías. Pero es difícil convivir con ellos, pues necesitan un gran lebensraum (espacio vital), de modo que luego expulsan a muchos libros de sus estantes, los menos vendidos, los más débiles.

«Y así contar lo que pasa,/¡nunca sílabas contar!», escribía Gloria Fuertes. Es ya un hecho común, atacar a la literatura de calidad, por culta o elitista. Se dice que sólo se preocupa por la forma, despreciando el contenido, que renuncia a lo novelesco, a la acción, que cuenta sílabas, pero no historias. Es posible. Al final se trata de un problema de convivencia, más que otra cosa. Los best sellers necesitan de la literatura de calidad, que es su modelo y de la que son deudores, pero ya no se conforman con un papel ancillar. La criada nos salió respondona, y no se con-forma con vivir en el quiosco. Exige su lugar en los salones.

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