Trampas y tramposos

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Todo es una trampa. Ya sé que este tipo de afirmaciones contundentes y generalizadas carecen de rigor, pero suelen tener mucho de verdad y, en cualquier caso, expresan profundos sentimientos de rabia y frustración a los que cualquier ciudadano tiene derecho. Y más en estos tiempos. Todo es una trampa porque la crisis económica lo es de arriba abajo se mire por donde se mire. Como lo son también los programas que han puesto en marcha los Gobiernos para afrontarla. Hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, dicen ahora. ¿Quiénes? ¿Por qué no nos han avisado a tiempo? Nos hemos endeudado demasiado porque los bancos casi regalaban los créditos. ¿Por qué se ha consentido? ¿Dónde andaba entonces el director del Banco de España que tan atento está a otros asuntos, como la reforma laboral o cualquier medida encaminada a dar confianza a los mercados? Tiene bemoles. Somos nosotros los que tenemos que dar confianza a los mercados, como si no hubieran sido ellos los culpables de este gran embrollo. Como si ellos no nos hubieran engañado, ofendido y humillado hasta el ridículo.

Ahora sí, reconocen Gobierno y expertos que el ritmo de construcción de viviendas en nuestro país era un puro disparate. ¿Y por qué no lo paró alguien que pudiera hacerlo, aun reconociendo que cualquier medida disuasoria habría sido reprobada por los ciudadanos por su incidencia en el empleo? No quisimos per-der entonces cien mil, por decir algo, y ahora hemos perdido un millón de puestos de trabajo.

Las obras de infraestructuras previstas por el Gobierno se han paralizado casi al cien por cien. Ahora reconocen que algunas no son urgentes, ni siquiera necesarias, y hasta tienen la desfachatez de decir, como riñéndonos, que es un disparate que la estación del AVE de Segovia solo tenga un puñado de viajeros a diario. ¿Han exigido algún tipo de responsabilidad a quienes hicieron las previsiones o a quienes se han aprovechado económicamente de ellas? El último informe de Greenpeace sobre la situación de las costas, presentado el pasado mes de julio, es para echarse a temblar y, sin embargo, tenemos la convicción de que, en cuanto amaine el temporal, todo volverá a ser igual. Somos ladrillodependientes, dicen los de Greenpeace. Si solo fuera eso.

«LA SITUACIÓN DE LAS COSTAS ES PARA ECHARSE A TEMBLAR Y, SIN EMBARGO, TENEMOS LA CONVICCIÓN DE QUE, EN CUANTO AMAINE EL TEMPORAL, TODO VOLVERÁ A SER IGUAL. SOMOS LADRILLODEPENDIENTES, DICEN LOS DE GREENPEACE. SI SOLO FUERA ESO»

Nos han humillado hasta el delirio y nos quedamos inertes, a la defensiva, acobardados como nunca antes lo habíamos estado. Desde la II Guerra Mundial, por no ir demasiado lejos, seguramente no ha habido en Europa y en los países desarrollados en general una situación conflictiva equivalente a la que ahora padecemos sin una respuesta social que, al menos, tratara de reconducirla hacia salidas más justas con los intereses generales. ¿Será por casualidad que la serie televisiva de culto en las últimas temporadas lleve el título de Perdidos?

Disparate tras disparate, trampas y más trampas, hasta culminar en el desastroso vertido de petróleo en el golfo de México, una catástrofe inmensa, inabarcable y previsible, que significa más de lo mismo. Pura trampa, como la crisis. ¿Qué confianza podemos tener en el futuro si sabemos que cualquiera (British Petroleum, por ejemplo) puede tomar la decisión de perforar las entrañas de la tierra en busca del petróleo sin los conocimientos precisos para afrontar las consecuencias de un accidente, tal como se ha demostrado? ¿En manos de quién estamos? ¿Quién vela por nuestros derechos, por nuestra seguridad y la de nuestro entorno?

Siempre hemos sabido que las épocas de crisis son poco propicias para el desarrollo de políticas ambientales. Por tanto, nadie pide peras al olmo, pero de ahí a esta irresponsabilidad que, sin frivolidad alguna podemos dar por generalizada (otros son los que tendrían que demostrar lo contrario), hay algunos pasos que nadie debiera atreverse a dar. Pero sí se atreven, incluso en países poderosos. Y si Obama no puede con las petroleras, ¿qué cabe esperar de países como Nigeria, en el continente africano, un país destrozado por los desmanes de las empresas que explotan su riqueza petrolífera? ¿Por qué alguien, además de las ONG, no toma medidas en este asunto que constituye hoy por hoy una de las situaciones más injustas en todo el planeta?

Los mercados se han crecido y son capaces de cualquier cosa. Tenemos que aprender mucho de los chinos, dicen sus voceros sin precisar demasiado. O sea, quieren que seamos esclavos, como la mayoría de ese pueblo con un largo historial de sufrimiento, y que nos conformemos con sueldos de 150 euros al mes (300 después de una huelga). Todo se andará. China como modelo, precisamente, un país socialista que representa en estos momentos la versión más descarnada y escandalosa del capitalismo salvaje y que se ha convertido en el mayor depredador de materias primas en todo el mundo. Ellos también saben mucho de trampas y de tramposos. Siempre pensé que el peligro amarillo era otra cosa.

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