Sobre las comunicaciones

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El vertiginoso desarrollo de las comunicaciones está íntimamente unido al trabajo cotidiano de muchos ingenieros, pero plantea a la vez cuestiones que implican a toda la sociedad. Está claro que existen una multitud de procedimientos de comunicación, desde el antiguo lenguaje de los signos, perfeccionado por los sordomudos, hasta el código de Morse, el lenguaje de banderas y balizas, el código de señales de las carreteras, la escritura y otros más modernos. La escritura fue en un principio ideográfica, un signo para cada idea, convirtiéndose después en alfabética, en la que cada sonido constitutivo de una palabra hablada, se representa por un signo, estableciendo una relación estadística apropiada entre el lenguaje hablado y el lenguaje escrito, que había escapado a la antigua civilización china.

La humanidad ha tardado mucho tiempo en percatarse de la maravillosa herramienta de que disponía y el hecho de que, cualquiera que sea el procedimiento físico de comunicación, siempre contiene un mensaje. Las propiedades de este mensaje no se han hallado hasta el advenimiento de los canales artificiales de comunicación. Normalmente no prestamos atención a las cosas que nos rodean, por estar familiarizados con ellas; es necesario que la técnica les restituya su importancia para que despierte el interés, transformándose, entonces, en materia científica. Ello podría justificar la tendencia surrealista que desliga el objeto del mundo que nos es familiar y crea de nuevo el que no lo es. Debe indicarse que, aunque de modo fragmentario, las investigaciones de las escuelas surrealistas se han adelantado a la ciencia de las comunicaciones en casi un cuarto de siglo.

El telégrafo, el teléfono, la radio, el cine, los discos y la televisión han determinado que todos los ingenieros cuya misión era transmitir, almacenar, transformar y vender –en el mejor estado posible– palabras, imágenes, sonido y formas, sin preocuparse demasiado de su sentido, descubriesen de repente que transportaban una cantidad independiente de la significación del mensaje. Wiener y Shannon llaman a esto “información”. En ese instante se dio un impulso especial a la ciencia de las comunicaciones dando lugar al nacimiento de algunas líneas directrices para su organización. Se puede concebir la comunicación como el traslado de una determinada complejidad desde un punto a otro del espacio-tiempo: el mensaje es un “fragmento de complejidad” construido por el transmisor en un cierto punto y que determina que la descripción del mundo en el lugar donde el receptor la recibe sea más compleja.

La universalidad de la comunicación es uno de los hechos más trascendentales. El burgués del siglo XIX tiraba de un cordón para llamar a sus servidores; el habitante de la estepa trans-mite noticias de un extremo a otro de la misma por medio de "relés de tambor", gracias a un código ya internacional. La búsqueda constante del hombre por satisfacer cada vez más su necesidad de comunicación ha sido el impulso que ha logrado la instauración en el mundo de instrumentos cada día más poderosos y veloces en el proceso comunicativo, desde rudimentarios métodos como los citados, pasando por el tendido de la primera línea telegráfica entre Washington y Baltimore en 1844, hasta la evolución de la red de cables, satélites y fibras ópticas que en menos de 100 años ha permitido que cualquier persona pudiese comunicarse con cualquier otro lugar del mundo.

Si queremos comprender los cambios que nos esperan con el desarrollo de internet y las comunicaciones por ordenador debemos tomar conciencia de los cambios que ya sucedieron desde la invención del telégrafo. Si bien ya estamos acostumbrados a que exista la telefonía, los satélites y la televisión por cable, no debemos perder de vista que la mayoría de esas innovaciones se produjeron en el transcurso de una sola vida. Una persona nacida antes de 1929 hoy tiene más de setenta años. En el momento en que nació no era posible hablar por teléfono desde un continente a otro; hoy puede ver el mismo programa de televisión que emiten en otro país en el mismo momento.

Todo esto es sin duda motivo de reflexión. ¿Qué ocurrirá con los recién nacidos de hoy cuando tengan 70 años? ¿Qué cosas serán parte de la rutina de todos los días que no podemos siquiera imaginar? Averiguar el futuro es imposible, pero conocer el pasado es fundamental para prepararnos para los cambios.

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