Ser contemporáneo

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Es difícil definir en estos momentos lo que es ser contemporáneo. El filósofo italiano Giorgio Agamben nos dice que la contemporaneidad es esa relación singular con el propio tiempo, que se adhiere a él pero, a la vez, toma distancia de éste. «Aquellos que coinciden completamente con la época, que concuerdan en cualquier punto con ella, no son contemporáneos pues, justamente por ello, no logran verla, no pueden mantener fija la mirada sobre ella».

Es difícil saber, con la disparidad de lenguajes que ha permitido el bit bang tecnológico, cuales son o serán los hegemónicos. Vivimos un momento, como dice Rosina Gómez-Baeza, de enorme interés, en el que la transversalidad propicia una amplia muestra de expresiones artísticas. Estas palabras estaban escritas para un novedoso proyecto que permitió la transversalidad que fue Banquete. Éste trataba de rastrear el binomio arte-vida a la luz de los avances tecnológicos y en relación con los lenguajes emergentes vinculados a la creación contemporánea.

Ser contemporáneo comporta cierto desfase, alega Agamben. «Todos los tiempos son, para quien experimenta la contemporaneidad, oscuros. Contemporáneo es, justamente, aquel que sabe ver esta oscuridad y que es capaz de escribir mojando la pluma en las tinieblas del presente».

Para el escritor Álvaro Bermejo, «ya nadie duda de que el ciberespacio y las tecnologías emergentes estén acelerando la transformación hacia una nueva era cultural. No obstante, si carece de una reflexión sobre su sentido, la esencia estructural de las comunidades culturales online puede ser muy parecida a la de cualquier poblado de yanomamis perdido en una amazónica Edad de Piedra. En ambas permanece latente una idea de poder que sólo denota signos de evolución cuando reflexiona sobre sí misma, integra el conocimiento en el procomún y lo socializa verdaderamente».

¿Pero existe esa socialización de los nuevos lenguajes? Sí sabemos de ciertas manifestaciones como las de la Fundación Telefónica, que ha apostado por la innovación tecnológica relacionada con el arte como eje central de sus actividades, mostrando un interés especial en el apoyo a los encuentros entre arte, ciencia, tecnología y sociedad. Su certamen Vida, en estos momentos celebra su 13 edición, se establece como un espacio formal de referencia en el ámbito de la creación artística en el que se convocan proyectos interdisciplinares que investigan tecnologías de vanguardia, en áreas como la robótica, el software art, la vida artificial, la biología computacional y el bioarte, entre otros.

«LA FUNDACIÓN TELEFÓNICA HA APOSTADO POR LA INNOVACIÓN TECNOLÓGICA RELACIONADA CON EL ARTE COMO EJE CENTRAL, MOSTRANDO UN INTERÉS ESPECIAL EN EL APOYO A LOS ENCUENTROS ENTRE ARTE, CIENCIA, TECNOLOGÍA Y SOCIEDAD»

«Lo digital aparece ligado a lo biológico en múltiples manifestaciones y atributos, a través de la unión de la materia viva y la máquina, tal como se cita en el mito del ciborg, en los hallazgos en biología sintética o en la biología de sistemas. La alianza entre wetware (biológico), hardware (robótico) y software (informático) se hace evidente en todas sus variantes, ya sea por medio del cuerpo aumentado, en el diseño de nuevos organismos o en el modelado de sistemas biológicos complejos», argumenta Mónica Bello Bugallo, directora artística de Vida.

Escribiendo esta columna leí una noticia no esperada. A primeros del mes de septiembre moría, a los 53 años, José Luis Brea, profesor de Estética y Teoría de Arte Contemporáneo de la Universidad de Carlos III de Madrid y uno de los referentes de la teoría y la crítica de arte del panorama artístico español. Había sido director de las revistas Acción paralela, Estudios visuales y de los website w3art, Aleph y Salonkritik, pionera ésta de la crítica de arte online. Como comisario de exposiciones que fue, también pensaba en Internet como un lugar posible para mostrar arte contemporáneo. La vida nos relacionó cuando éramos unos adolescentes, luego los caminos se bifurcaron. Brea pensaba que la crítica debía apoyarse en la historia, para hacer un análisis en profundidad de una obra, y echaba de menos la falta de memoria. «La critica ha cambiado la dirección, la de su flecha del tiempo. Ahora ya no mira más al pasado, sino a su alrededor -al mundo que habita, a los sujetos que se postulan en su empleo. Y, por tanto, no es más la historia la epistemología que

pastorea su campo». Como buen ciudadano de la red todos sus libros están en ella en software libre. En uno de ellos, cultura_RAM. Mutaciones de la cultura en la era de su distribución electrónica, escribe: «Es necesario transformar radicalmente la forma contemporánea de la cultura si se pretende que recupere su poder simbólico, de organización y transformación de los mundos de vida. Es tarea del programa crítico combatir con todas las armas posibles el proceso de sistemática banalización y depotenciación simbólica de la cultura».

Tal vez estuviera de acuerdo con esta apreciación de Agamben: «La contemporaneidad se inscribe en el presente y lo marca, ante todo, como arcaico, y sólo quien percibe en lo más moderno y reciente los indicios y las marcas de lo arcaico puede ser contemporáneo. Arcaico significa: cercano al arké, es decir, al origen».

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