Obras

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La obra pública como incentivo de la economía. Pasan los años, las crisis se suceden, y los argumentos permanecen invariables. La obra pública sigue siendo, al parecer, un recurso ineludible para salir del bache. Pero ¿de verdad lo es? Desde luego, si nos atenemos a los resultados más visibles del Plan E impulsado por el gobierno de Rodríguez Zapatero cabe albergar serias dudas. Un somero seguimiento de las obras acogidas a dicho plan de las que se han hecho eco algunos medios de comunicación provoca el sonrojo, si no la indignación, pues al margen del alivio provisional que han supuesto para varios miles de parados, una buena parte de ellas se han revelado innecesarias. Una frivolidad más pagada con los maltrechos presupuestos públicos.

Existen ejemplos escandalosos en cualquier rincón de España, pero dado que Madrid es más visible para todos, podemos utilizar a la sufrida capital de España como pretexto para esta reflexión inevitablemente acalorada. Porque, por encima de las opciones políticas de cada cual, el disgusto (¿puedo escribir cabreo?) de los madrileños expresado por diferentes cauces (tampoco hay demasiados) ha alcanzado en los últimos meses insólitas cotas de unanimidad, superando incluso a la ya célebre polémica en
torno al soterramiento de la M-30 que, por
cierto, todavía no ha terminado.

Madrid en obras. Todas a la vez. Desde
la Puerta del Sol a la Gran Vía, desde Atocha
a Serrano, en cualquier punto que
usted pueda señalar al azar en el callejero.
Aceras levantadas, zanjas por todas
partes, decenas de edificios con toldos y
andamios, calles sucias y polvorientas,
árboles arrancados de cuajo, ruidos de
martillos y excavadoras, y todo ello adobado
con las altas temperaturas veraniegas
que cada vez resultan más difíciles
de aliviar en las escasas piscinas
públicas. Incluso los turistas, azuzados
por la prensa, han hecho guasa de la situación.
En plena crisis del sector, se ha
maltratado impunemente a miles de visitantes
que se habrán llevado una imagen
imborrable de nuestra ciudad. ¿Volverán algún día? Para mayor recochineo
proliferan por doquier los carteles con el eslogan de la
candidatura olímpica. “Tengo una corazonada”, dicen. Una corazonada
infartada, habría que corregir.

Las obras públicas, incluso las necesarias, siempre son molestas,
pero si uno ve en su propia calle cómo arrancan las aceras en
buen estado para sustituir las baldosas y agrandar los bordillos, o
simplemente porque sí, sólo puede pensar que esto es una tomadura
de pelo. ¿Una ley de economía sostenible? ¿Tiene algo que
ver con la sostenibilidad este despilfarro de materiales y de energía?
Nadie puede entenderlo, pues si de jornales se trata, casi parece
preferible pagar directamente ese polémico subsidio de los cuacuatrocientos
y pico euros sin añadir otras molestias que hacen imposible
nuestra vida cotidiana. En cuanto a los supuestos efectos
positivos en la macroeconomía, que alguien venga con papel y lápiz
y nos lo demuestre.

«UNA OBRA PÚBLICA SIEMPRE GENERA IMPACTOS AMBIENTALES INDESEABLES, PERO NO HAY MAYOR AGRESIÓN ECOLÓGICA QUE LA OBRA PÚBLICA INNECESARIA. LA FRIVOLIDAD ESTÁ REÑIDA CON LA ECOLOGÍA. TAMBIÉN EL MAL GUSTO.»

El Plan E ha puesto en evidencia al Gobierno de España, pero también ha demostrado la falta de iniciativas, de criterios y de ideas de miles de ayuntamientos que se han inventado cuatro tonterías para arañar unos pocos millones de euros. Ay, si un día se hiciera balance del despilfarro de dinero procedente de fondos nacionales

o europeos en obras públicas innecesarias y horteras que, en tantas ocasiones, han servido además para malmaltratar
el patrimonio histórico de los pueblos.
¿Hacemos recuento de las calles, plazas,
edificios, parques o jardines, que han sido
destrozados con el dinero de todos y el mal
gusto de cuatro impresentables?

La obsesión por la obra pública es un
mal endémico de nuestro país que pudo
estar justificado en su momento, pero ya
no, porque de lo realizado en las últimas
décadas existen escasos precedentes en
otros países. En realidad, y aun teniendo
en cuenta que no financiaba grandes
obras, lo que parece haber demostrado el
Plan E es que todo estaba hecho. Y como
ya estaba hecho no se nos ocurre otra
cosa que deshacerlo para volverlo a hacer,
probablemente de peor manera. ¿Dónde
se ha visto tanto desatino? ¿Por qué pensamos
que sólo son corruptos los que
roban el dinero público? ¿No es corrupción también malgastarlo?
La crisis económica es seria. Hay varios millones de personas
que lo están pasando mal y habrá que ayudarles como sea. Como
sea, pero no de cualquier manera, porque no todo vale. Una obra
pública siempre genera impactos ambientales indeseables, pero no
hay mayor agresión ecológica que la obra pública innecesaria. La
frivolidad está reñida con la ecología. También el mal gusto.

Tenemos derecho al empleo, al descanso y al ocio. Tenemos
derecho a vivir en pueblos y ciudades razonables, donde podamos
estar en casa o pasear por las calles sin recibir mil y una
agresiones. Tenemos derecho al silencio, a vivir en paz. ¡Dejadnos
en paz de una puñetera vez!

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