Naturaleza patria

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Santos Casado de Otaola, doctor en biología e historiador de las ciencias naturales y los movimientos ambientales, ha escrito un libro definitivo sobre esos temas tan queridos para mí que, de manera casi anecdótica, he ido desgranando en esta columna a lo largo de los años y también en algunos libros menos afortunados que el suyo. El título lo dice todo: Naturaleza patria. Ciencia y sentimiento de la naturaleza en la España del regeneracionismo (Marcial Pons, 2010), que sigue la estela de Los primeros pasos de la ecología, publicada por el mismo autor hace ya unos cuantos años.

Santos Casado es un escritor minucioso y perfeccionista que ha acabado por familiarizarse y familiarizarnos con ese mundo tan sugerente como poco conocido de los naturalistas y conservacionistas del siglo XIX y parte del XX, de nombres tan emblemáticos como los de Casiano de Prado, Mariano de la Paz Graells, Lucas Mallada, Joaquín Costa, Ignacio Bolívar, Ricardo Codorníu, Eduardo Hernández-Pacheco, Pedro Pidal, etcétera. Los constructores del saber ecológico en España y los pioneros de un tímido conservacionismo que han puesto los cimientos de la actual cultura ecológica.

“La tesis fundamental que aquí se propondrá –resume Santos Casado en las primeras páginas– es que ese volverse hacia la naturaleza en la sociedad española de finales del XIX y principios del XX responde a la búsqueda de un solar patrio, un sustrato físico a la vez auténtico e inocente en el que poder fundamentar las propuestas de regeneración (…) Hay en el ambiente una mentalidad positivista que induce a formular en clave naturalista los problemas sociales. El sustrato natural no solo se ve como la base de la nación en un sentido físico; también puede ser el punto de partida y la garantía de su resurgimiento en lo económico y en lo moral”.

TANTO LOS REGENERACIONISTAS COMO LOS IMPULSORES DE LA INSTITUCIÓN LIBRE DE ENSEÑANZA NOS ENSEÑARON A QUERER ESTE PAÍS TAL COMO ERA, A AMAR SUS MONTAÑAS VERDES Y SUS TIERRAS RESECAS, SUS BOSQUES ESCUÁLIDOS Y SUS RÍOS SEDIENTOS

De algún modo queda resumido el libro de Santos Casado en esta larga cita que deja explícitas las intenciones del autor. Como tantas veces diría Jordi Pujol cuando estaba al frente del Gobierno de Cataluña, hay que “hacer país”, y a ello se dedicaron con denuedo estos hombres visionarios que, en medio de la indiferencia de una buena parte de la sociedad española, suplieron carencias de todo tipo con sacrificios y entusiasmos admirables. En otro momento he recogido aquí esa costumbre decimonónica de identificar como patriotas a aquellos que se dedicaban a estudiar y defender la naturaleza. Es de esos patriotas de los que habla este libro. “A lo largo de la historia –escribe el autor– los fundamentos de lo comunitario, y más tarde de lo nacional, han tenido mucho que ver con las formas de ocupación, acceso y uso del territorio y de sus recursos”.


Durante muchos años hemos creído, porque así lo contaban los libros de historia, que un país era poco más que la suma de batallas y conquistas en las que nos han ido embarcando monarcas y gobernantes al margen tantas veces de las verdaderas necesidades de los pueblos. No es casualidad que esta mirada reflexiva y defensiva sobre nuestras esencias patrias, comenzando por el estudio y la descripción del propio territorio, coincidiera con el fin del imperio colonial. “Los regeneracionistas –recuerda Santos Casado–, no culpaban a la naturaleza. Lo que pedían era un esfuerzo de realismo, olvidando colectivos delirios de grandeza, y para ello instaban a volver la mirada hacia ella”.

Era una mirada llena de inteligencia y también de afecto. Tanto los regeneracionistas como los impulsores de la Institución Libre de Enseñanza a la que muchos de ellos pertenecieron, al igual que los escritores de la generación del 98, con Miguel de Unamuno y Antonio Machado a la cabeza, nos enseñaron a querer este país tal como era, a amar sus montañas verdes y sus tierras resecas, sus bosques escuálidos y sus ríos sedientos.

El profesor Eduardo Martínez de Pisón, seguramente el hombre que mejor ha sabido sintetizar toda esta cultura, nos recuerda al Giner de los Ríos que recomendaba la excursión como uno de los mejores medios para cobrar apego a la patria, al Juan Mairena de Machado que quería despertar en el niño el amor por la naturaleza, al Unamuno de Andanzas y visiones españolas que veía en las montañas de Gredos “el rocoso esqueleto de España”, y, de nuevo, al Machado que hizo el milagro de que los elementos geográficos más rudos se volvieran poéticos: “Machado hace literalmente versos de las piedras”. En el siglo XIX y primeras décadas del XX coincide este hermosa confabulación de científicos, profesores, escritores y algún que otro político que no plantea ya la conquista de imperios lejanos, sino la necesidad de mirar hacia adentro, a nosotros mismos y el paisaje que nos rodea.

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