Malas noticias

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Una máxima periodística reza que las buenas noticias no son noticia. Todo suceso publicado en los medios siempre tiene algún elemento negativo o inesperado: un accidente, un asesinato, una caída brusca de la Bolsa, un divorcio de algún personaje famoso. Hay quien piensa que, periodísticamente hablando, lo que no sea mala noticia es propaganda. Para otros, esto es una exageración, lo que probablemente sea cierto, pero todos prestamos más atención a los hechos inesperados o catastróficos que a los hechos corrientes o positivos. Sin malas noticias no hay novedad, y sin novedad nuestro interés decae.

Los hombres deseamos estar informados por puro instinto. Deseamos conocer qué está sucediendo más allá de nuestro barrio, de nuestra ciudad, de nuestro país. Deseamos conocer lo que no conocemos por nuestra propia experiencia, de primera mano, lo que probablemente nos proporcione seguridad. Y no se trata de una exigencia de las sociedades democráticas, sino que ha sido una constante en la historia. Mucho antes de que existiera la “opinión pública” ya existía el cotilleo y el intercambio de información. Eran conocidos los mentideros de Madrid, donde confluían las noticias, las habladurías, los cotilleos y las murmuraciones. No hemos cambiado mucho.

Naturalmente, no puede haber democracia sin prensa libre. De hecho, los déspotas y los tiranos han basado sus gobiernos en restringir o controlar la información. Probablemente, ha sido la información la que ha creado la democracia. Casi todas las Constituciones recogen el derecho a la libertad de prensa como uno de sus pilares básicos. En la era de la comunicación por satélite, del vídeo y de Internet es mucho más difícil que surjan Gobiernos totalitarios como los vividos en Europa en el siglo XX. La información llega a demasiadas personas demasiado rápido para que sea posible un nuevo Stalin.

Sin embargo, la actual catarata de malas noticias económicas que estamos sufriendo los españoles está generando una situación de angustia y pesimismo. No hay día que no se anuncie un recorte presupuestario, una bajada de la Bolsa, un aumento de la “prima de riesgo”

o una predicción negativa sobre el futuro de nuestra economía. Y ya se sabe que las malas noticias hacen bajar la cotización bursátil y reducir la inversión, como en un sistema de retroalimentación. Las malas noticias generan sentimientos negativos, que acaban por provocar un clima de pesimismo colectivo, y esto no es bueno para nosotros.

¿Cómo escapar de este círculo de malas noticias? Quizá fuera necesario un cierto “velo de ignorancia”, no para escapar de la realidad, sino más bien al modo en que a algunos enfermos de cáncer se les oculta el diagnóstico para que puedan afrontar la situación con mayor fortaleza de ánimo. Naturalmente, la mayoría de la gente prefiere que se les cuente la verdad, aunque muchos estarían dispuestos a ocultársela a un familiar. Pero todo esto es muy discutible.

Por otra parte, hay quien afirma que toda esta cascada de malas noticias responde a una estrategia orientada a provocar un miedo paralizante en la sociedad que conduzca a la aceptación de los recortes. Afirmación sugestiva, sin duda, pero con pocos visos de realidad. Mientras tanto, seguiremos esperando el día en que una buena noticia sea noticia.

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