Interconexión

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“SOMOS UNO DE LOS PAÍSES MENOS INTERCONECTADOS DE LA UE, Y LA ELECTRICIDAD, QUE VIAJA A LA VELOCIDAD DEL RAYO, NO FLUYE EN AMBAS DIRECCIONES COMO DEBIERA”

Ya sea por la penuria histórica o por ese aire de nuevos ricos insaciables que exhibimos en los últimos tiempos, el caso es que en ningún otro país de Europa persiste como en España esa obsesión por las infraestructuras de todo tipo. Alguien citaba recientemente el caso de Asturias donde apenas quedan ya municipios de alta montaña que no hayan exigido la construcción de una autovía. Y no es nada improbable, paradójicamente, que algunos de esos ayuntamientos se hayan opuesto al paso de una línea de alta tensión, al margen incluso de la polémica sobre los supuestos efectos perniciosos para la salud de los campos electromagnéticos.

Las líneas aéreas de alta tensión tienen un impacto evidente sobre el paisaje, aunque mucho menor, en cualquier caso, que el de una carretera o un embalse, por citar dos infraestructuras clásicas, o el de los parques eólicos que tanto gustan de las crestas montañosas. Pero, mientras los alcaldes de cualquier tendencia política pujan por los molinos de viento, Red Eléctrica de España (REE) se las ve y se las desea para llevar a cabo sus proyectos, que no siempre han sido respetuosos con los criterios ambientales. ¿Se habrán dado cuenta de que la energía producida con el viento hay que transportarla hacia algún sitio? No estoy seguro.

Precisamente en Asturias se estudia ahora el desmontaje de la red Lada-Velilla que, en efecto, se hizo sin ningún miramiento, tal como en su día reconoció la propia Comisión Europea. Un desmontaje, por cierto, que también tiene preocupantes impactos ecológicos. El nuevo trazado ha sido negociado con munícipes y ecologistas, si bien queda alguna voz discordante, pero todo indica que llegará a buen término.

REE tuvo una experiencia única cuando en los primeros años noventa del pasado siglo se planteó la interconexión bajo agua Tarifa-Marruecos. El famoso cable submarino que, desde el mes de junio, ya son dos, con una capacidad para transportar 800 megavatios. La batalla que se armó entonces, con intereses electorales de por medio, fue antológica, hasta que se llegó a un pacto compensatorio con un coste “socializado” de 1.300 millones de pesetas. También este segundo cable ha sido compensado económicamente, pero ya no hubo protestas. Al parecer, la pesca en la zona no disminuyó, tal como vaticinaban los más alarmistas, y tampoco se han cumplido hasta la fecha los temores de que España construyera centrales nucleares en el país magrebí para importar luego la energía. De momento, sólo exportamos. A Marruecos y a Portugal. E importamos de Francia.

Menos virulento fue el conflicto planteado hace años a propósito de la interconexión con Francia por el Pirineo oscense, que finalmente no pudo ser por las protestas a ambos lados de la frontera cuyo coste no estuvo dispuesto a asumir el Gobierno francés.

Esas protestas, algo más amainadas, se han vuelto a reproducir en los dos países con el trazado actual en construcción que, siguiendo las vías del AVE, parte de Sentmenat, cerca de Barcelona, y sigue por Bescanó, en Gerona, para atravesar la frontera hasta la localidad de Baixas (Francia). REE justifica esta línea por tres motivos: las necesidades energéticas del AVE, el suministro sin sobresaltos a la provincia de Gerona y la conveniencia de que el sistema nacional de interconexión pase de los 1.300 a los 3.000 megavatios, más o menos, para mayor seguridad. A ellos se añaden los peculiares problemas que la energía eólica provoca en el tráfico energético.

En definitiva, somos uno de los países menos interconectados de la Unión Europea, y la electricidad, que viaja a la velocidad del rayo, no fluye en ambas direcciones como debiera. Tan aficionados, pues, a las carreteras y a las autopistas, tan benévolos con gasoductos que vienen de Argelia o que vendrán de Rusia, y tan reticentes al cable aéreo que, insisto, está impidiendo el verdadero mercado común energético, aunque existan por supuesto otros problemas de fondo que sacarían los colores a más de uno.

Por si no fueran pocas las contradicciones, el consumo de electricidad sigue subiendo año tras año en nuestro país sin que casi nadie se eche las manos a la cabeza porque existe una relación muy poco proporcionada entre ese consumo y el desarrollo económico. Si a todo esto sumamos el baile de opas y contraopas, la compraventa de acciones por sorpresa y el pánico de unos y de otros ante la inevitable desnacionalización del sector, bien puede decirse que el patio energético, en España y en Europa, anda un poco tenso. En permanente calambre. Pero más allá de los sobresaltos provocados por el tiburoneo económico, está la coherencia de unos ciudadanos fascinados por el hormigón y tan remisos al cable aéreo o submarino. ¿No había que abrir las fronteras?

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