ESTOCOLMO, A LA LUZ DE LAS VELAS

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Hace ya muchos años, cuando escribía mi novela “El Testamento de Nobel”, pasé largas temporadas en Estocolmo, hasta enamorarme de esta ciudad que tiene un invierno mágico.

Más que una ciudad construida sobre el agua, Estocolmo es una perla en una concha de plata: abierta a un cielo callado y sobrenatural, como la mirada de estas muchachas suecas que tienen los ojos increíblemente azules, increíblemente grises, increíblemente bellos; perdida en un lago, como una saga de Ingmar Bergman, confundida entre el sueño y la realidad, entre los cortejos medievales de la muerte y la tentación de las fresas silvestres.

Edificada sobre islas, unidas por medio centenar de puentes, Estocolmo es una ciudad de colores. A un lado la Ópera, al otro la fachada luminosa del Grand Hotel, más allá el Museo Nacional, a sus espaldas los Jardines Reales y, por todas partes, los veleros blancos, los parques que se convierten en bosques, los cafés que sueñan en la luz de gas, las palomas en las estatuas de bronce, las altas agujas de las iglesias luteranas del Norte, los puentes de hierro, las aguas azules, los vapores alegres como gaviotas, las banderas desplegadas al viento.

Probablemente, hablando de Estocolmo, a la luz de las velas, fue como el joven Hans Axel Fersen se ganó el corazón de María Antonieta. Descendiente de una poderosa familia aristocrática sueca, el conde Fersen había llegado a Versalles cuando tenía dieciocho años. Y había conocido a la reina, que era también casi una niña, en un baile de disfraces en la Ópera. Ella encontró enseguida guapo a este joven alto y elegante —«ágil de movimientos, con una piel de terciopelo y ojos de un azul indescriptible»—, más interesante que su marido, que siempre fue un muchacho triste, idiotizado y ausente; aunque también Fersen era más seductor que inteligente y había conocido a Voltaire, sin comprender ni una palabra de su pensamiento.

La figura romántica de este gentilhombre sueco acompañaría a la reina hasta los mismos pies de la guillotina cuando, disfrazado de cochero, Fersen intentó escapar con ella en la noche desesperada de Varennes. La aventura fracasó, y la reina jamás llegó a ver las islas felices de Estocolmo. Desde la cárcel, la romántica María Antonieta había tenido todavía el valor de enviarle cartas cifradas o escritas en tinta secreta, pidiéndole que se pusiese a salvo sin volver a verla. Los recuerdos de Fersen en sus últimos años dan también fe de que no olvidó a su dama ni volvió a cortejar a una mujer: «Nunca he dejado de amarla… Aquélla que amé tanto y por la que habría dado mil vidas, ya no está… La imagen de la reina me seguirá siempre en todas partes… He dado orden de comprar en París todo lo que puedan encontrar de ella… Reliquias que serán siempre objeto de mi admiración». Y, desde entonces, vivió una vida atormentada, para morir, años más tarde, asesinado también en un motín canallesco. Llevaba en el bolsillo un reloj de oro que le había regalado María Antonieta.

Gracias, por la última vez

Estocolmo no es un museo abarrotado de monumentos estelares. Ése es uno de los encantos de esta ciudad que puede recorrerse, a golpe de corazón, sin seguir los imperativos angustiosos de un catálogo o de una guía.

Los mejores hoteles de Estocolmo se asoman al mar. El más literario de todos es, sin duda, el Grand Hotel: un palacio con una vista maravillosa sobre la ciudad flotante, y un jardín de invierno donde una cita fugaz y una conversación a media voz pueden convertirse en un recuerdo para toda la vida. En el Grand Hotel se hospedan cada año los premios Nobel cuando vienen a recibir su galardón.

Partiendo del Gran Hotel, me gusta atravesar el viejo puente de piedra de Norrbro, escuchando el rumor de los vapores que zurean como palomas de orilla en orilla, observando cómo las aguas del mar Báltico y del lago Mälar se juntan bajo las arcadas del puente. No hay prisas, no hay empujones, no hay guías… solo los sueños.

A la derecha aparece el sólido edificio del Parlamento, unido —¡cómo no, la vida es la vida¡— al Banco Nacional; delante, el Palacio Real y la Ciudad Vieja con sus iglesias y sus tiendas. No pueden presentarse más rápidamente los fundamentos de una vieja capital burguesa europea.

Los suecos son un pueblo orgulloso. Están orgullosos de su país: el Parlamento sueco, Greta Garbo, la calculadora de Odhner, las cerillas suecas, Ingrid Bergman, el genio maldito de Strindberg, los cojinetes autoalineantes, Linneo, Swedenborg, la cámara Hasselblad, el químico Berzelius, Selma Lagerlöf, el premio Nobel, el sol de medianoche, Volvo, Axel Munthe, los rodamientos a bolas SKF… La moda “progresista” de los años sesenta y setenta puso en boga el socialismo sueco. Pero no caigáis en el error de aquel ministro extranjero que, al visitar Estocolmo, creyó que el Palacio Real era un establecimiento de beneficencia.

La isla del Casco Viejo (Gamla Stan) de Estocolmo con la iglesia Riddarholmen vista desde la torre del ayuntamiento. / AGE FOTOSTOCK

El Palacio Real, situado a la entrada de la Ciudad Vieja (Gamla Stan), es todo un símbolo: mirando de cara al Báltico, hacia Pomerania, hacia Rusia, hacia la isla de Gotland, hacia Polonia, donde los suecos conquistaban sus imperios. Tiene un empaque versallesco; pero es un Versalles asomado al mar, a la sirena de los muelles, a las gaviotas, a las aguas azules.

Los turistas acuden cada día al Palacio Real a ver los soldados de la guardia, que desfilan marcando el paso de la oca, con sus cascos prusianos y sus uniformes azules con botas de cuero. El sueco ama la etiqueta, la puntualidad. Si os invitan a cenar, procurad llegar diez minutos antes y esperar en la puerta a que lleguen los otros invitados, para entrar todos juntos. El esmoquin o el frac se utilizan con mucha frecuencia, y los tratamientos tienen gran importancia social. Uno no deja de ser “ingeniero”, “profesor” o “excelencia”, incluso cuando se ve sorprendido, sin cartera, paseando por el club nudista.

Pero la ceremonia y la puntualidad no están reñidas con la amabilidad. No os olvidéis de dar las gracias (tack) y, si queréis quedar bien, repetid la palabra como una ametralladora (tack, tack) o insistid (tack sa mycket tack, tack). Al acabar la comida se dirige uno a la anfitriona y dice “tack for maten” (gracias por la comida); pero incluso un mes más tarde si uno la encuentra en la calle le dice “tack for sist” (gracias por la última vez).

Gamla Stan: el laberinto de los poetas

Me gusta perderme por Gamla Stan: la Ciudad Vieja, formada por cuatro islotes unidos por puentes. Los comerciantes ale-manes de la Hansa la utilizaron sólo como factoría y apenas dejaron huellas de su paso. Pero, en los siglos XVI y XVII, cuando Estocolmo se fue convirtiendo verdaderamente en capital de Suecia, la corte se estableció en la vieja fortaleza de Gamla Stan. Las familias nobles y burguesas se establecieron junto a los centros del poder, imitando las buenas costumbres reales. En la Gamla Stan se olvidaron los hábitos ascéticos de los vikingos. El buen rey Johan y su esposa bebían cada día siete litros de vino del Rin…

Pero en la Gamla Stan se percibe, sobre todo, el alma de los viejos poetas como Bell-man que cantaron estas calles en tiempos del Rey Amable. Fue la época dorada de Estocolmo; cuando, por cualquier motivo, se organizaban conciertos a la luz de las velas; o se interrumpía el tráfico de carruajes en una calle para iniciar el baile; o se detenía un consejo de ministros para dar un paseo en trineo bajo la nieve…

Me gusta pasear por estas calles toscamente adoquinadas y detenerme a comer, o a tomar un café, a la luz de las velas, en una de estas cavas centenarias. En todas las plazas parecen oírse las canciones de los antiguos poetas: baladas que cantan amores a la luz de las velas y hablan de calles estrechas, y de rubias mujeres que esperan en los portales de piedra labrada, y de sombríos marineros que llegan con el brazo tatuado por el sol de los mares, y de crujientes puertas de madera tallada, y de gatos que maúllan en el tejado de cobre, y de la luna en la noche nevada, y de unas vidas que se fueron misteriosamente en grandes veleros que viajaban alrededor del mundo.

El famoso orgullo sueco se remonta, probablemente, al tiempo de los vikingos y al gran papel que Suecia jugó en Europa desde el siglo XVI al XVIII. No olvidemos que la mayor parte de los reyes europeos descienden de los vikingos, ya que el jefe normando Rollon fue antepasado de Guillermo el Conquistador y de San Luis Rey de Francia. Tampoco olvidéis que, para estos hijos del dios Odin y del barbudo Thor, es un orgullo que en la mayor parte del mundo se le llame hoy a los días de la semana Thursday (día de Thor) o Wednesday (día de Odin)

Los suecos tienen conciencia de vivir bien. A veces echan de menos el clima del Sur y llaman por teléfono a un amigo español para quejarse del crudo invierno; pero, mientras hablan, no pueden dejar de pensar que su calefacción funciona mejor, que su horario de trabajo es más civilizado, que sus fines de semana son muy completos… mejor su cemento, su pasta de papel, su acero, su marina mercante, mejor su carne con ciruelas, y mejor sus dulces del jueves por la tarde.

La luz de las velas

Estocolmo tiene una situación excepcional: en la desembocadura del lago Mälar, agazapada en el fondo de su bahía como una araña que domina todo el Báltico.

En los países del Norte se siente ya, inevitablemente, la “stämming”: la nostalgia del día largo, la esperanza de luz. Por eso, en toda Suecia, se rinde culto a las velas. El 13 de diciembre se celebra la fiesta de Santa Lucía (Luciafest), novia de la luz, hija de la noche más larga. Lucía disipa las tinieblas, aleja los maleficios de Näcken, el genio de las aguas. Nunca olvidareis este día si tenéis la suerte de vivirlo en Suecia. Las muchachas se visten en casa con túnicas blancas y coronas: corona de velas encendidas para la joven Lucía; coronas de papel de plata para sus hermanas; sombreros puntiagudos medievales con estrellas para los muchachos. Mientras el padre duerme, o finge dormir, el cortejo entra en el dormitorio, llevando bandejas con el desayuno: el café y los famosos lussekat, panecillos de azafrán con pasas, y pasteles de jengibre, en forma de corazones o estrellas. Todos can-tan a coro: “Ahora en tu sombría morada, entra Lucía coronada de velas”. En todos los restaurantes y cafés de Estocolmo se encienden las velas el 13 de diciembre.

Al llegar desde el Sur, lo primero que uno nota es que la luz de Estocolmo es diferente. Una luz para pensar, más que para existir. Quizás Descartes tuvo tiempo de aprender algunas cosas en Suecia. Merece la pena viajar a Suecia en junio y julio, cuando en el círculo polar brilla el sol de medianoche. También Nils Holgerson comienza su viaje en marzo, para llegar a Dalecarlia en mayo y a Laponia en junio. El país se vuelve entonces inmaterial y poético, como una cara cubierta por una máscara de oro y plata.

Las luces de Suecia son más suaves, más delicadas, más cambiantes, más efímeras, como si tuvieran la materia mortal de las velas. Cambian sutilmente a cada segundo, bañando los objetos de un reflejo surreal. Por eso todo se celebra en Estocolmo con un festival de colores, de trajes típicos, de guirnaldas de flores, de abetos encendidos, de banderas desplegadas.

El Restaurante de La Ópera

La Ópera de Estocolmo es una institución: un bellísimo teatro que ha dado voces extraordinarias, como el tenor Jussi Björling o la soprano Birgit Nilsson.

Si tenéis la oportunidad, reservad mesa para la cena en el restaurante francés de la Ópera. Es uno de los comedores más elegantes de Europa, decorado con bellísimos frescos, relucientes arañas de cristal y nobles tapices, como un club privado. Si queréis comer más sencillamente, el Operakällaren dispone de un café, en la rotonda, y una pequeña cervecería.

En Hamngatan se encuentran los grandes almacenes de la Nordiske Kompaniet (NK), que son los más tradicionales de Estocolmo. Viendo la oferta de los almacenes puede uno hacerse buena idea del carácter sueco. Este es un pueblo que ama la casa, el bricolage y la artesanía. Por eso el hogar está siempre bien dotado de comodidades: dobles ventanas, con gruesos burletes que protegen del frío; buenas vidrieras para contemplar el paisaje; sobrios cuartos de estar con muebles de madera de teca. La cocina es la habitación mejor amueblada, provista de todos los adelantos de la electrónica. Ya desde el siglo XVII, los mejores cobres procedían de las minas suecas, y con ellos no sólo se fabricaban cañones, sino también las baterías de cocina de todos los palacios europeos. Los barrios residenciales y los pueblos de la periferia son un conjunto de casas ordenadas, todas iguales, rodeadas de sus jardines y sus instalaciones comunitarias, en las que no falta un sitio especial para sacudir las alfombras. Muchos habitantes de Estocolmo poseen, además, una “hutte” (cabaña) o una “stuga” (casita rústica) en el campo.

La confianza es una virtud sueca; hasta el extremo de que los almacenes os dejarán probar en casa un par de lavadoras, antes de comprarlas en firme.

Una cita en el Café Berns

En mis recuerdos de Estocolmo no puedo olvidar el Café Berns, donde he escrito tantas páginas de mi obra. Fue el centro de todas las tertulias artísticas del siglo XIX y es el lugar ideal para las citas del corazón. El Berns, café, restaurante y teatro, es un verdadero museo, lleno de autógrafos, manuscritos y viejos daguerrotipos que amarillean como las hojas otoñales del tiempo perdido…

El café es bueno en todas las mesas de Suecia. Pero el Berns es uno de los rincones más encantadores de Estocolmo: café romántico, de pluma y humo, de coñac y tintero, de limpiabotas y tertulia, de reloj de pared y suelo de madera. Strindberg ambientó aquí su fresco naturalista de “La habitación roja”.

La especialidad de la comida sueca son los bufetes: desde los desayunos inolvidables con deliciosas confituras caseras, magníficos quesos y mil clases diferentes de panes y bollos, hasta el famoso smörgasbord, que brinda la oportunidad de probar un centenar de platos diferentes: sandwiches, ensaladas, caviar y arenques del Báltico, salmón marinado en eneldo, filete de reno ahumado, carnes, fiambres, embutidos, albóndigas y una maravillosa repostería… si quedan arrestos. Eso sí, todo ello guarnecido con las inevitables patatas cocidas al vapor, que son la base de toda comida sueca.

El sueco es ordenado, incluso para comer. Algunos manjares de caza o pesca se comen sólo en fechas muy determinadas, cuando la veda lo permite. Así, por ejemplo, si os invitan a comer en agosto sabréis de antemano que vuestra anfitriona os ofrecerá cangrejos de río. Para rendiros homenaje es posible que adorne la mesa con velas rojas…¡de color cangrejo cocido¡… A finales de verano tendréis siempre en la mesa deliciosas frutas del bosque: frambuesas silvestres, arándanos y fresas. En la misma época comienza la temporada de caza. Y el 11 de noviembre os servirán la oca rellena de manzanas y ciruelas, y un monumental merengue en forma de torre.

Hay grandes vinos europeos, incluyendo los españoles, en los mejores restaurantes. Al sueco le encanta hablar de vinos con alguien que sepa apreciarlos. En el fondo consideran que el vino es una bebida más civilizada que el aguardiente (schnapps). Después de una comida con vino, vuestro anfitrión se mostrará ligeramente más locuaz. Pero si sucumbe a la tentación del schnapps, comenzará a hablaros en inglés, después en francés y… ¡excusaros amablemente y acompañadle a casa cuando comience a hablar alemán¡ La verdad es que, muy a menudo, permanecen callados, y consideran una “frivolidad” los aspavientos de los latinos frente a cualquier contingencia. Un sueco jamás comprenderá que rompáis el silencio sagrado con vuestras exclamaciones de asombro. Son tan poco habladores, que apenas hablan sueco, excepto cuando tienen un teléfono entre las manos. El teléfono les seduce, les transforma, les enloquece; en cuanto agarran un aparato, llaman a la suegra, a la madre, a las amigas, a los hijos, a la primera persona que les venga a la memoria.

Una ciudad entre lagos y bosques

Estocolmo es la esencia de Suecia: agua y bosques por todas partes. Para contemplar este conjunto de islas hay que asomarse al Kaknästornet, el edificio más alto de Estocolmo, o subir en el ascensor de Katarinahissen; aunque las mejores perspectivas se dominan desde los barrios altos, desde la empinada calle de Fjällgatan o desde las cumbres de Skinnarviksberget.

Los suecos llaman al archipiélago de Estocolmo: Skärgarden, que significa “jardín de las islas”. Un paraíso para los amantes de la pesca, de la vela, de la natación y de las vacaciones tranquilas. Los barcos unen el centro de Estocolmo a este pintoresco archipiélago, cubierto de bosques, de praderas floridas, de canales estrechos, de islotes escarpados y rocosos.

Desde estas islas y fiordos los vikingos conquistaron los países más lejanos: se llevaron las vigas de la abadía de Saint Germain de París para reparar sus barcos; se apoderaron de Burdeos, de Oporto, de Sevilla, Córdoba, Barcelona y algunas ciudades italianas… Por Oriente conquistaron Kiev, y allí establecieron una monarquía cuyos primeros príncipes llevaron nombres escandinavos: Oleg (Helge) e Igor (Ingvar). Animados con sus conquistas, se atrevieron incluso a negociar con los emperadores de Constantinopla, a los que suministraban la fiel y feroz “guardia de varegos”.

El paseo por el bulevar de Strandvägen, siguiendo las orillas del Báltico hasta la isla de Djurgarden es una delicia, en todas las épocas del año. Es el rincón que más añoro de Estocolmo y, por eso, lo he descrito con las luces del invierno en las primeras líneas de mi “Testamento de Nobel”: “La nevada amainó, y las luces azules brillaron en la noche blanca sobre los puentes, los canales y las calles de Estocolmo, engalanadas ya con los adornos de Navidad. Los árboles habían quedado cubiertos de lanosos copos de nieve que colgaban de las ramas como palomas dormidas. Sobre las aguas frías del Nybroviken se reflejaban, casi reales, las fachadas del Strandvägen, el paseo más elegante de Europa”.

Djurgarden fue un coto de caza real, antes de convertirse en un grandioso par-que con centenarios tilos y robles, amenos senderos, tranquilos restaurantes, románticos cafés e interesantes museos. En los días soleados es el lugar ideal para pasear en bicicleta o a caballo. En invierno es una delicia patinar en el canal de Djurgarden. Merece la pena visitar el Nordiska Museet, con su sensacional colección de objetos de la vida hogareña (desde la evolución de las modas, hasta la forma de servir las mesas; desde casas de muñecas, hasta vajillas).

Estocolmo, como todas las capitales escandinavas, tiene algo de Casa de Muñecas. Todos los palacios y los museos están llenos de vajillas y ropa blanca: servilletas, cafeteras de plata, sábanas y ajuares de princesas antiguas.

En Djurgarden se encuentra el original museo del barco Wasa. Este navío, construido en la época de Gustavo Adolfo, estaba destinado a ser el buque insignia de la flota sueca con sus 60 metros de largo, sus 64 cañones de bronce y sus 437 tripulantes. Un soleado día de agosto de 1628, la muchedumbre que asistía a su botadura le vio deslizarse, abrirse camino en las aguas levantando una ola rugiente, erguirse majestuosamente… y hundirse a 36 metros de profundidad con todo su aparejo desplegado. Sepultado en el fango, el Wasa dormiría en el Báltico durante tres siglos, hasta que a fines de los años 50 pudo ser reflotado en un alarde técnico que llenó las páginas de los periódicos del mundo. El gigantesco casco, rescatado del fondo del mar se exhibe hoy en el museo, como un inmenso ataúd, fantasma negro que perdió sus aparejos, sus banderas, sus mascarones y sus dorados.

También en Djurgarden se halla Gröna Lund, el parque de atracciones de Estocolmo, con sus teatros, sus tiovivos, sus túneles del amor y sus tiros al blanco. Al salir de las atracciones no olvidéis dar un paseo por las calles de Djurgardstaden, una pequeña comunidad que conserva el aire rústico de la Suecia de hace 200 años.

Pero si queréis acercaros al alma sueca, visitad el museo al aire libre de Skansen, creado a fines del siglo XIX para preservar un patrimonio cultural que comenzaba a desaparecer con la revolución industrial. El museo de Skansen está formado por un con-junto de casas que reproducen fielmente la vida campesina de provincias, las viviendas rurales, las viejas farmacias, las mansiones señoriales, las granjas, las iglesias y las cabañas de los lapones. La fecha ideal para visitar Skansen es la fiesta del Solsticio de Verano, en la segunda quincena de junio, cuando en todos los rincones de Suecia se levantan los “troncos de mayo”, decorados con ramas de abedul y flores silvestres. Unidos de la mano, todo el mundo baila al son de los violines. Pero en cualquier noche de verano, siempre es fiesta en Skansen y nunca faltan los bailes, los conciertos, los restaurantes abiertos y las representaciones de teatro. Además, no conozco imagen más fantástica que la visión de las luces de Estocolmo, reflejándose en el agua.

El Estocolmo moderno y sus alrededores

La naturaleza sueca —los lagos, las islas, los bosques de abetos, robles, tilos y abedules— no es el campo mediterráneo, agradecido y generoso. Pero el agua es también un medio de comunicación fácil; por eso Estocolmo es una ciudad tan extensa.

En la zona Norte se levanta Millesgarden, un lugar residencial con bellísimos jardines —estatuas, fuentes, rosaledas, esculturas— donde se conserva la casa del escultor Carl Milles. Más lejos se encuentra Haga, con su delicioso parque inglés y sus praderas onduladas que se cubren en verano de hierbas silvestres. El pabellón real de Gustavo Adolfo conserva viejos muebles de época y una habitación decorada con espejos donde se reflejan las aguas del lago.

En el lado opuesto, al Sur, se alzan los barrios pintorescos del Södermalm, con sus acantilados, sus casas de madera pintadas de rojo y sus patios escondidos donde se adivinan los personajes de Strindberg, y donde aún quedan muchos rincones bohemios.

Un agradable paseo puede llevarnos hasta el castillo de Gripsholm, en un buque de vapor que realiza la misma ruta desde 1903.

En las orillas del lago Mälar se levanta Drottningholm, con sus impresionantes jardines versallescos. El palacio de Drottningholm fue construido por sucesivos monarcas desde Juan III; pero tuvo su época dorada con Gustavo III, cuando este monarca introdujo en la corte sueca los gustos más refinados. No en vano era hijo de Lovisa Ulrika, hermana de Federico el Grande, que le inculcó este amor por las artes.

Y hasta la hora de su muerte, asesinado en un baile de máscaras en el viejo Teatro de la Ópera de Estocolmo, Gustavo fue un incansable constructor de castillos, promotor de academias, protector de artistas. Verdi basó su ópera Un ballo in Maschera en el trágico final de aquel rey galante del siglo XVIII.

El parque francés de Drottningholm, adornado con glorietas, fuentes y estatuas, culmina en el pabellón oriental: una delirante “chinoiserie”, inspirada en las locuras de Versalles y de Postdam, que fue construida en 1760 como regalo para la reina Lovisa Ulrika. Pero lo más interesante es el Teatro de la Corte, que conserva hasta sus decorados neoclásicos, sus falsos mármoles y sus ingenuos adornos de “trompe l’oeil”. Asistir a una representación de ópera o ballet en este teatro del siglo XVIII es uno de los sueños que le están reservados al viajero en Estocolmo.

Estocolmo tiene también su cara más vulgar, ultramoderna como una lavadora automática. Sus garajes, cubiertos por 20 metros de granito y protegidos por puertas blindadas, pueden transformarse en refugios atómicos. Incluso guardan siempre a punto las reservas necesarias para una emergencia. Al ver las extravagancias que se han cometido en algunos barrios ultramodernos, despilfarrando el dinero de las administraciones públicas, uno tiene la impresión de que el viejo espíritu de las ciudades burguesas ha sido asesinado por algunos artistas y diseñadores del siglo XX. Asesinado, como el rey Gustavo, en su baile de máscaras. Pero si os quedáis en la ciudad vieja y cenáis a la temblorosa luz de las velas, veréis que Estocolmo no quiso caer sin poesía: se arrancó el antifaz de oro y tuvo tiempo de lanzarlo sobre las aguas donde todavía sigue brillando…

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