El espejo de la ciencia

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“LOS JÓVENES BECARIOS QUE INTENTAN REALIZAR SU DOCTORADO O SU FORMACIÓN POSDOCTORAL EN EL EXTRANJERO, SIGUEN ELIGIENDO ESTADOS UNIDOS”

El pasado 10 de diciembre se cumplía el primer centenario de los premios por excelencia, los instituidos por Alfred Nobel en su testamento. Para los científicos, privados de otras posibilidades de conseguir el reconocimiento público, es casi la única oportunidad de consagrarse en vida. Los elegidos llevarán con gusto, durante el resto de su vida, la coletilla de su galardón indisolublemente unida a su nombre, y aunque pocos sepan qué mérito les llevó a conseguirlo serán reverenciados por ello como auténticos sabios.

Pero en este olimpo ni son todos los que están ni están todos los que son. La lista de errores y olvidos cometidos en la concesión es larga. Una de las injusticias más recientes y llamativas fue la exclusión de Salvador Moncada del premio de Medicina de 1998, otorgado al descubrimiento del papel del óxido nítrico en diversas funciones del organismo, del que fue principal autor. Su culpa, quizás, fue ser hondureño, uno de los países periféricos en el mundo de la ciencia, como lo son tantos otros, incluido el nuestro.

Pero estas sombras apenas difuminan el brillante historial de estos premios, convertidos sin duda en un espejo fiel de la evolución de la ciencia. Ponen de manifiesto, por ejemplo, que los descubrimientos ya no son, como antaño, resultado del trabajo individual, sino una actividad colectiva, con frecuencia de grupos distribuidos por diferentes universidades e incluso países. Aunque sea un fenómeno evidente, no está de más comprobar cómo las cifras lo corroboran. Entre 1901 y 1940 hubo 80 premios individuales, 21 concedidos a dos personas y dos compartidos por tres científicos, mientras que entre 1971 y 2001, en 40 ocasiones los premios fueron triples, en 30 dobles y en 23 individuales. Estas cifras muestran, además, la obsolescencia de una norma, no escrita ni establecida por Nobel pero vigente, que limita a tres el número de premiados; causa segura de injusticias.

La distribución de premios por nacionalidades es otro elemento digno de análisis, porque da testimonio del traslado del centro de gravedad de la actividad científica, asentado en Europa durante la primera mitad del siglo XX, y en Estados Unidos en la segunda. Cuando se suspendió su entrega con motivo de la II Guerra Mundial, de los 128 premiados en las áreas científicas 112 eran europeos (34 alemanes, 22 británicos y 16 franceses), 15 americanos y uno asiático. Desde entonces, la situación es bien diferente: entre los años 1971 y 2001, Estados Unidos se ha llevado 118 premios y Europa, incluida Rusia (o URSS), 71.

Bien es verdad que muchos de los premiados del otro lado del Atlántico eran de origen europeo, y que la principal causa de este trasvase del poder científico fue la fuga de cerebros durante los años de la posguerra. Pero también es verdad que allí encontraron el clima propicio para su labor. La adopción de una política de intenso apoyo a la actividad científica y la conciencia empresarial de que en la investigación estaba el futuro, se conjuraron para que el reclamo no solo les llevara a trabajar allí temporalmente sino que se asentaron, en la mayor parte de los casos, de forma definitiva, adoptando incluso la nacionalidad estadounidense, como ocurrió con «nuestro» Severo Ochoa.

Esta reflexión es de carácter histórico, pero la situación actual no la contradice. Estados Unidos sigue conservando la primacía por contar con un modelo de política científica de innegable éxito, y no sólo por los cuantiosos fondos que a ella se dedican si no por el ambiente en que viven los científicos, los contactos, la movilidad, los incentivos… Ello debería hacer pensar a nuestros gobernantes, no sólo a nivel nacional sino continental. La Unión Europea es un proyecto ambicioso pero difícil, un intento de conjugar diferentes culturas, algunas históricamente enfrentadas, sin aparentes primacías ni su dilución en una nueva y común. Una Babel de lenguas y estructuras sociales y económicas, cuyo acoplamiento suscita fricciones. Y la ciencia no es ajena a este desajuste.

Una muestra. La reciente reunión de los ministros del ramo en España ha intentado avanzar en la unificación de los planes nacionales de I+D e impulsar el Programa Marco, pero el camino está aún sembrado de dudas y escollos, como muestra el que la aprobación del VI programa europeo no se vaya a llevar a cabo durante la presidencia española de la Unión, como estaba previsto. Otra. Los jóvenes becarios que intentan realizar su doctorado o su formación posdoctoral en el extranjero, sigan eligiendo Estados Unidos por delante de cualquier otro país europeo.

El objetivo de una política científica no debe ser, desde luego, la consecución de numerosos premios Nobel, pero cuando el panorama de los obtenidos por un país es tan desértico como en el caso español, estamos ante un síntoma, uno más, de una carencia profunda de nuestra estructura investigadora.

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