De Galileo al E-ELT

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La astronomía, cuyo año internacional acaba de finalizar, es un perfecto ejemplo de la idea de que el avance del conocimiento surge del diálogo entre la ciencia y la tecnología, que genera máquinas capaces de producir experimentos cada vez más sofisticados a partir de cuyos datos surgen nuevas incógnitas. Durante milenios, los humanos se dedicaron a especular sobre el cielo hasta llegar a Ptolomeo, que concibió un entramado de rocambolescos epiciclos que describían una extraña coreografía para explicar los movimientos aparentes de los astros. Copérnico elaboró un sistema alternativo mucho más sencillo y próximo a lo que ahora consideramos correcto, provocando un cambio de paradigma tan sustancial que su nombre ha que-dado unido al concepto mismo de cambio radical (revolución copernicana), pero también estaba basado en la conjetura.

Hay que reconocer que desplazar a la Tierra, nuestro hogar espacial, del centro del universo a una posición secundaria fue una hazaña intelectual gigantesca, pero habría quedado circunscrita al mundo de las ideas si la hipótesis no hubiese adquirido pruebas empíricas. La auténtica revolución para convertir esa idea en auténtico conocimiento fue la de Galileo Galilei, lo que justifica plenamente que la dedicatoria del Año Internacional de la Astronomía haya celebrado el aniversario de su iniciativa, bien pregonada durante todo 2009, de levantar un artilugio óptico al cielo; de convertir el catalejo en telescopio.

Sin duda, Galileo buscaba corroborar la teoría de Copérnico, y enseguida topó con dos buenos argumentos. Uno fue el descubrimiento de que Venus tenía fases, como la Luna; el otro fue el hallazgo de que Júpiter tenía satélites, cuatro cuerpos que daban vueltas a su alrededor en lugar de hacerlo, como mandaban los cánones, en torno a nosotros. Ambos hallazgos eran imprevistos y no fueron los únicos; aunque sus artilugios apenas permitían entre 10 y 20 aumentos, le bastaron para descubrir que la mancha lechosa que cruzaba el cielo nocturno estaba compuesta por miríadas de estrellas, que la superficie lunar mostraba una encrespada orografía y que el Sol, símbolo de pureza, tenía manchas gigantescas.

La historia de los telescopios cubre ya cuatro siglos y está repleta de avances tecnológicos que han permitido ir avanzando en la detección de la luz que nos mandan los astros (la única fuente de conocimiento auténtico de que disponemos sobre el Universo) y su análisis. El refinamiento y tamaño de los telescopios nos ha permitido detectar fuentes luminosas cada vez más débiles y el desarrollo de nuevos artilugios, como los espectrógrafos, nos ha permitido analizar esa luz y conocer la composición de los astros y saber que el universo se encuentra en expansión. Y somos capaces de registrar la luminosidad no solo en el estrecho espectro de la radiación visible sino en todas las demás longitudes de onda, desde los rayos gamma (que nos muestran episodios de extrema violencia cósmica) hasta las microondas, que gracias a la llamada radiación de fondo, nos muestran el universo tal como era en sus albores, y ondas de radio, con las que algunos pretenden comunicarse con hipotéticas civilizaciones extraterrestres. O de medir oscilaciones y variaciones de luminosidad extremadamente minúsculas y deducir la existencia de oscuros planetas extrasolares…

«PASARON 79 AÑOS ENTRE EL TELESCOPIO DE REFRACCIÓN DE GALILEO Y EL DE REFLEXIÓN DE NEWTON. HOY, NO SE HAN TERMINADO DE CONSTRUIR LOS TELESCOPIOS MÁS AVANZADOS CUANDO SE PLANTEAN YA LOS QUE LES HAN DE SUSTITUIR»

El ritmo al que se van produciendo estas mejoras no ha dejado de acelerarse. Si pasaron 79 años entre el telescopio de refracción de Galileo y el de reflexión de Newton, que supuso un paso adelante gigantesco, hoy aun no se han terminado de construir los telescopios más avanzados cuando se plantean ya los que les han de sustituir. España posee el mayor telescopio óptico del mundo, el Gran Telescopio de Canarias (el GTC, con 10,4 metros de diámetro), cuyas prestaciones mejora el conjunto europeo del Very Large Telescope, situado en Chile y formado por cuatro telescopios de Endora ocho metros cada uno que trabajan coordinadamente mediante interferometría. Pero todo ello se quedará miniaturizado en apenas unos años cuando se estrene el European Extremely Large Telescope (EELT), que contará con un espejo primario de 42 metros de diámetro (formado por 900 piezas hexagonales de 1,45 metros de lado cada uno), que debería iniciar su actividad en el 2018, aunque su ubicación aún no está decidida. España ha presentado su candidatura para albergarlo, en competencia con Chile, Argentina y Marruecos, en el Roque de los Muchachos de la isla de La Palma, donde se encuentran varios telescopios, entre ellos el GTC. Y el E-ELT se verá superado por otros proyectos a más largo plazo, como el OWL (Overwhelmingly Large Telescope, o Telescopio Abrumadoramente Grande) de 100 metros de diámetro. La tecnología nos permite abrir ojos cada vez más poderosos para escudriñar el universo y atisbar respuestas para la gran pregunta: ¿Quiénes somos y qué hacemos aquí?

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