Carbón negro, carbón blanco

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El debate energético se hace cada día más intenso y parece centrarse en el desarrollo de las renovables, la crisis del petróleo y el renacimiento o defunción de la nuclear. Parece como si el carbón fuese ya una fuente de energía residual, obsoleta y camino de la extinción. Ya no se ve en las ciudades, donde hace no tanto era el combustible que alimentaba estufas, braseros, calderas de agua caliente y cocinas, y no había barrio que no contase con su carbonería, anunciada por el tizne de su acera inmediata. Tampoco lo vemos ya formando montañitas en los vagones abiertos de los trenes de mercancías que antaño cruzaban el territorio.

Cayó en desgracia hace poco más de medio siglo, cuando en
Londres se dio la voz de alarma por los efectos tóxicos del llamado
smog (la conjunción de los humos del carbón de uso doméstico e
industrial y la niebla), tan característico por aquel entonces de la
capital británica. Poco a poco fue siendo sustituido
por el gas natural y por la electricidad
y ya casi ningún urbanita lo recuerda ni lo usa,
salvo para hacer una barbacoa. Pero la suya
era una retirada táctica. Hoy sigue siendo una
energía clave, ya que supone la cuarta parte
de la energía primaria total consumida en el
mundo y el 40% de la dedicada a la generación
de electricidad.<7p>

Podría pensarse que su preeminencia se
debe al papel que todavía juega en zonas
de los países de la antigua órbita soviética y
en países en desarrollo acelerado, como India
y, sobre todo, China. Aunque puede parecer
sorprendente, la primera potencia del mundo,
Estados Unidos, a pesar de su fuerte implantación
nuclear y su desorbitado consumo
petrolífero, sigue basando en el carbón la
mitad de su producción eléctrica. Y no hay
indicios de que ese porcentaje vaya a descender, a pesar de los
inconvenientes que acompañan a esta fuente de energía.

«LOS EXPERTOS VATICINAN QUE, ANTES
DE QUE PASE OTRO MEDIO SIGLO,
EL CARBÓN HABRÁ VUELTO A DESBANCAR
AL PETRÓLEO Y AL GAS COMO PRINCIPAL
FUENTE ENERGÉTICA FÓSIL»

Como es sabido, forma parte de los combustibles fósiles, formados
por descomposición de la materia orgánica y su fosilización
durante decenas o cientos de millones de años. Su combustión emite,
por tanto, dióxido de carbono, el gas de efecto invernadero al que se
achaca la mayor parte de la responsabilidad del cambio climático
que sufre nuestro planeta. Y lo emite en mayor proporción que el
petróleo y el gas natural. Además, suele contener un variable pero
con frecuencia elevado porcentaje de impurezas que producen cenizas
y gases contaminantes, como óxidos de azufre y nitrógeno que
en contacto con el vapor atmosférico se convierten en ácidos sulfúrico
y nítrico, cuya deposición daña la vegetación, los lagos y la
piedra de edificios. Además, de los tres combustibles fósiles es el
de menor eficiencia energética, pues a igual peso sólo contiene
el 70% de la energía del petróleo y la mitad que la del gas natural.

Pese a todo, los expertos vaticinan que antes de que pase otro
medio siglo habrá vuelto a desbancar al petróleo y al gas como
principal fuente energética fósil, y que seguirá siendo piedra angular
de la tarta energética en todo el mundo. La razón de ese
prometedor futuro se encuentra en que sus reservas son mucho
mayores que las de petróleo y gas y en que, además, están distribuidas
de forma mucho más equilibrada por todo el mundo. Y
sus problemas ambientales podrían reducirse o anularse. Ya se
emplean sistemas de filtrado en muchas
centrales para retener las impurezas y contaminantes,
y ahora se empieza a trabajar en
la posibilidad de capturar y enterrar el dióxido
de carbono en cavidades geológicas
herméticas.

España está poniendo en marcha uno de
los centros pioneros en la investigación en
este campo, el que gestiona la Fundación
Ciudad de la Energía en Ponferrada. Y es
también el primer país de la Unión Europea
que ha presentado un anteproyecto de
Ley para regular las actividades que en este
campo puedan desarrollar las empresas privadas.
Centrales térmicas, siderúrgicas,
cementeras e industrias químicas pueden
estar interesadas en utilizar estos sistemas,
ya que disponen de derechos de emisión
que podrían hacer rentable el gasto de la
instalación. Mientras el Instituto Geológico y Minero de España
estudia las zonas propicias para albergar semejantes almacenes
profundos, el Ministerio de Industria dispone ya de una docena de
solicitudes para ubicar estas instalaciones. Y para transportar el
gas desde el lugar de generación hasta el almacén se estudia la
construcción de tuberías especiales, denominadas ceoductos.

Se cuenta que los chinos ya lo utilizaban hace casi tres milenios
para calentarse. Hoy, sus descendientes inauguran una nueva central
de carbón cada semana. Greenpeace ha denunciado que las
tres principales eléctricas del gigante asiático (Huaneng, Datang
y Guodian) superan en un 25% las emisiones de dióxido de carbono
del Reino Unido entero y casi duplican las de España.
Dado que la situación no tiene visos de ir a cambiar, mejor sería intentar
convencerles para que al menos usen el carbón blanco, es
decir, que que instalen sistemas para secuestrar el dióxido de carbono.
Y España podría jugar un interesante papel en este trazado
si el desarrollo de las tecnologías adecuadas culmina con éxito y
existe una voluntad política de compartirlas.

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