¡Auxilio!

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Cuando, hace ya unos cuantos años, comenzó el proceso de liberalización del sector eléctrico, el entonces presidente del Consejo de Seguridad Nuclear (CSN), Juan Manuel Kindelán, advirtió del peligro de que disminuyeran las inversiones en el apartado de seguridad de las centrales nucleares, siempre tan vulnerables a cualquier tipo de desidia especulativa. Ha pasado un tiempo (el boom económico y esas cosas que casi hemos olvidado) y de la liberalización hemos ido avanzando hacia la desregulación, y de aquí a la ley de la selva, a la desfachatez y a la cara dura, por no decir palabras mayores. ¿O es que no ven cómo se están riendo en nuestra cara aquellos que los Gobiernos salvaron de la quiebra con dinero público y ahora nos hacen cortes de manga cuando esos mismos Gobiernos tratan de aprobar medidas que eviten sucesivos descalabros? (Vale expresarlo así, sin señalar demasiado para que nadie me tache de imprudente).

¿Por qué razón lo que ha ocurrido con la economía no iba a suceder con el medio ambiente? ¿Quién, en medio de esta crisis espantosa, se atreverá a ser muy riguroso con la legislación ambiental, en el caso de que la haya? La tragedia del golfo de México con ese gigantesco vertido causado desde uno de los pozos que British Petroleum (BP) explota a grandes profundidades marinas y, unos meses después la de Hungría, tras la rotura de una balsa de residuos procedentes de una fábrica de aluminio, no es más que un dramático preludio de lo que está por venir. Por supuesto que estos sucesos desgraciados pueden producirse en cualquier momento (ahí está el recuerdo de la balsa de Aznalcóllar derramada sobre Doñana), con o sin crisis, y aun teniendo una legislación correcta e incluso unos Gobiernos vigilantes y exigentes con quienes la incumplan.

Puede ocurrir, en efecto, pero ocurrirá con mayor probabilidad en las actuales circunstancias cuando, además de lo dicho, se impone la prepotencia y la chulería de los responsables. ¿Se acuerdan de las primeras declaraciones de los directivos de BP o las de los dirigentes de la húngara MAL, que trataron de desentenderse del asunto y ofrecieron a los que han perdido sus casas poco más de 300 euros de ayuda? (Luego pidieron perdón reconociendo que habían sido poco considerados con las víctimas). Pero ¿cómo se atreven a hacer y a decir esas cosas? ¿Cómo la Unión Euro-pea envía a Hungría a un experto de Boliden, la empresa sueca responsable de las minas de Aznalcóllar? ¿Qué nos queda de vergüenza, de sensibilidad, de pudor, de un mínimo sentido de la justicia? ¿Adónde nos llevan? Y, sobre todo, ¿por qué nos dejamos llevar?

«¿POR QUÉ RAZÓN LO QUE HA OCURRIDO CON LA ECONOMÍA NO IBA A SUCEDER CON EL MEDIO AMBIENTE? ¿QUIÉN, EN MEDIO DE ESTA CRISIS ESPANTOSA, SE ATREVERÁ A SER MUY RIGUROSO CON LA LEGISLACIÓN AMBIENTAL, EN EL CASO QUE LA HAYA?»

Cada vez se oye con mayor frecuencia la cantinela de esos expertos en naderías que suelen consultar los medios de comunicación que aconsejan a los españoles y, por extensión, a los europeos, que aprendamos de los chinos. Por supuesto que podríamos aprender mucho de China y de los chinos, pero no precisamente lo que ellos están pensando y no se atreven a verbalizar, pues ¿qué pretenden si no que volvamos a ser esclavos, a trabajar jornadas infatigables por 200 euros, a vivir en ciudades infernales, a respirar el aire envenenado y a renunciar a los más elementales derechos democráticos? ¡Cuánto nos admiramos de lo que ha conseguido China y qué poco lamentamos cómo lo ha conseguido y a costa de quién y de qué! Y ello es así porque, en el fondo, ése es el modelo que muchos anhelan y, a lo peor, nos acaban imponiendo. Faltan todavía unos años, pero qué confianza podemos tener en que los recursos energéticos del Ártico, que ahora son más accesibles por mor del cambio climático, vayan a ser explotados con ciertas garantías para que esa zona relativamente virgen no acabe como un basurero más.

Permítaseme un ejemplo que no tiene demasiado que ver con lo ambiental (¿o sí?). Mucha gente entiende que la evolución de la pirámide poblacional aconsejaría alargar la edad de jubilación hasta los 67 años o hasta donde sea, pero es más difícil de asumir esa medida en un país como el nuestro, donde se sigue expulsando del mercado laboral a miles de personas en torno a los 50 años o antes, y no hay razones de peso para pensar que eso vaya a cambiar. ¿Qué va a hacer uno desde los 50 hasta los 67? ¿De qué va a vivir?

Hasta en la tele he oído decir a alguien lo mismo que yo he afirmado unas líneas más arriba: las medidas de recortes sociales aprobadas a lo largo de los últimos meses en medio mundo no son más que el preludio de lo que va a ocurrir con las ambientales. El Estado de bienestar social y el Estado de bienestar ambiental (pregunto de nuevo si no son lo mismo) van a quedar hechos unos zorros, ya lo verán. Y nosotros con estos pelos. ¡¡¡Auxilio!!!

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