Arquitecturas

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“ENTRE LA CONSTRUCCIÓN ADOCENADA DE LAS PERIFERIAS Y LAS UTOPÍAS OLÍMPICAS CABEN CAMINOS INTERMEDIOS QUE DEBERÍAN ESTAR MÁS TRANSITADOS”

Lo escribí aquí mismo a propósito del Forum de Barcelona y es oportuno recordarlo de nuevo ante la candidatura olímpica de Madrid. No podemos conformarnos ya con las actuaciones excepcionales aun estando éstas cargadas de buenas intenciones. Insisto: ¿por qué para la ciudad olímpica se proponen modelos ecológicos que no se ven ni por asomo en ninguno de esos barrios que han crecido en estos años al olor de la especulación? ¿No es oportuno recordar que Australia, el primer país que ideó unos juegos olímpicos verdes casi al cien por cien, se niega ahora a firmar el Protocolo de Kyoto?

El planteamiento no tiene un ápice de frivolidad y tampoco quiere ser injusto con los esfuerzos de imaginación y de dinero que en el presente caso ha movilizado el Ayuntamiento de Madrid. Soy perfectamente consciente de que no resultaría nada fácil generalizar esta nueva cultura en todas las actuaciones urbanísticas de la capital de España o de cualquier otra ciudad, pero de ahí a que sigamos empeñados en construir islas de referencia de las que nos olvidamos en cuanto finaliza el evento de turno hay una distancia que debemos ir acortando en el futuro inmediato. En cierto modo, ocurre lo mismo con los espacios protegidos (parques nacionales, naturales, etc.), que acaban convirtiéndose en islas asediadas por desmanes de todo tipo en su entorno. Claro que no podemos extender esas figuras de protección por todo el territorio, pero sí es exigible una mayor racionalidad en los diferentes usos que hacemos del suelo, un bien finito.

Acabo de visitar uno de los nuevos barrios de Ámsterdam construido sobre terreno robado al mar. Fijémonos que algunos pusieron el grito en el cielo porque el recinto del Forum se adentró en el agua un poco más allá de lo debido y, sin embargo, un país como Holanda, con marchamo ecologista desde hace tanto tiempo, sigue con esa política que en su día provocara la admiración de propios y extraños y que hoy es ya más cuestionable. Las contradicciones parecen insalvables y, a pesar de todo, sobre ellas construimos en ocasiones algunos de nuestros aciertos. Así ocurre en estos barrios holandeses bautizados con nombres del antiguo imperio colonial. Barrios hasta cierto punto humildes, con bloques de casas diferenciadas, incluso con arquitecturas atrevidas y de mucho colorido, con alturas muy razonables y con los inevitables canales, al modo de la ciudad antigua. Estoy seguro de que este urbanismo razonable no es más caro que el que padecemos por estos lares. Entre la construcción adocenada de las periferias y las utopías olímpicas caben caminos intermedios que deberían estar más transitados. Puesto que nunca faltan en esta columna referentes históricos, recordemos que la cultura ecológica del siglo XIX y primera mitad del XX presta especial atención al urbanismo, a la arquitectura y a los problemas del transporte con algún pronóstico más o menos certero, como el de García Marcadal cuando, preocupado por los incipientes problemas del tráfico, escribía en 1906 «que el automóvil no está llamado a durar». ¡Vaya si ha durado!

La asignatura de Urbanismo figura en los planes de estudio de las escuelas de arquitectura de nuestro país desde 1925 y mucho antes de esta fecha se reclaman zonas verdes, amplias avenidas arboladas, aire y luz por doquier. En este contexto nace la propuesta de la Ciudad-Jardín y otras más que quedaron apuntadas en las publicaciones de la época, aunque algunas de ellas llegaron a realizarse parcialmente. La burguesía adinerada que impulsó la industrialización de Asturias se apartó de los humos en lujosas residencias levantadas en la zona privilegiada de Somió, un extrarradio de Gijón. No es el único caso.

Es oportuno señalar que en los años setenta del siglo pasado, en pleno de lo que llamamos ecologismo moderno, uno de los colectivos más comprometidos con la causa fue el de los arquitectos. Cierto es que existen ahora muchos profesionales empeñados en la búsqueda de soluciones de todo tipo más respetuosas con el medio ambiente, pero aún son pocos. Dentro de unos días, en Barcelona, se va a inaugurar un hotel que resuelve de manera modélica su abastecimiento energético. ¿Por qué uno y no diez, o cien, o mil? Recientemente escuchaba a un arquitecto que, en vez de toldos para sombrear las ventanas de un edificio, instaló paneles solares que paradójicamente sirven también para protegernos de los rayos del sol. Podrían citarse otros muchos ejemplos fuera y dentro de nuestro país. Sabemos hacerlo. Hay conocimientos, medios, tecnologías, técnicos e incluso una demanda social suficiente. Verdaderamente, entre el Forum y el Carmel, hay utopías intermedias al alcance de nuestros bolsillos. Con o sin Juegos Olímpicos.

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