Volver a la escuela

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Sostiene Claudio Magris en El infinito viajar (Anagrama, 2008) haber ido a Londres para seguir un curso intensivo de inglés. Sostiene, además, haberlo hecho a los 50 años, cuando ya era un profesor universitario de prestigio e incluso había publicado algunos de sus trabajos más famosos. Sostiene, en fin, que es mucho más interesante aprender que enseñar. Decía Platón que, de todas las cosas naturales y humanas, el comienzo es la más excelsa. Ir a la escuela un lunes por la mañana, en otro país, en otra ciudad, y comenzar el estudio de una nueva lengua es una experiencia gratificante. Y no solamente lingüística. Estoy en Roma y me presento en Scudit, Escuela de Italiano, una hora antes del inicio de las clases. Cuando era niño había que llevarme a empujones.

“La única alegría del mundo es comenzar”, afirma con su característica rotundidad Cesare Pavese en El oficio de vivir. “Es bello vivir porque vivir es comenzar, siempre, a cada instante”, sentencia antes de perorar con su habitual y lujurioso pesimismo. En este regreso a los pupitres, como en el enamoramiento, está la promesa de todo: aprender una nueva lengua, sus matices y sus misterios, pero también sus rutinas y su cotidiana domesticidad.

En el principio era el Verbo, reza el Evangelio de San Juan. Después llegaron los verbos irregulares y los complementos determinativos. Los estudiantes venimos de diversos países de Europa y América, lo que supone un verdadero lío de gramáticas y peculiaridades lingüísticas, que Sonia Alderotti, nuestra brava profesora, dirige con una ardiente paciencia, como si fuese la directora de una orquesta de violines desafinados, buscando quizá esa estructura profunda de que hablaba Noam Chomsky. Vamos con la profesora Giulia Grassi al barrio hebreo de Roma, donde nos conduce por los intrincados caminos de la historia, la arqueología y la leyenda. Y lo hace en un italiano tan claro y tan hermoso que milagrosamente todos entendemos, pese a ser principiantes. Escuchamos, absortos, a esta moderna Sherezade, y casi podemos sentir los aplausos del público en el antiguo Teatro de Marcello.

Más de 30 años me separan de la benjamina de la clase, Nina, una preciosa adolescente serbia, de ojos oscuros e intensos, que siempre me pregunta con avidez por cualquier cosa de España. Responde con dificultad a las preguntas de la profesora, más por timidez de adolescente que por otra cosa. Pero lo hace con una espontaneidad y una inocencia que yo ni tengo ni podré tener. Ni el mismísimo Mefistófeles nos puede ya rejuvenecer.

Una tarde de calor sofocante, el director de la escuela, Roberto Tartaglione (tartamudo en italiano), nos explica los pormenores del caso Moro. A excepción de los jueces y la policía, no hay italiano que no sepa qué ocurrió en aquellos trágicos 55 días que conmovieron al país. Entendemos bien lo que dice, pero nos cuesta comprender lo que cuenta. Me invade una sensación de irrealidad, como si el secuestro y asesinato de Aldo Moro no fuese sino la desaforada invención de un guionista fantasioso. Sin embargo, una noche encuentro la placa que conmemora aquel suceso. A su lado hay una rosa, solitaria y marchita. A veces, dice más una rosa que mil discursos.

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