Los queremos, pero lejos

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Genios, acreedores de honor y gloria, benefactores de la humanidad, anónimos héroes… pero también solitarios, raros, aburridos, despistados, desaliñados, ridículos, poco atractivos, en suma. La imagen que tradicionalmente se ha tenido de los científicos es tan tópica como injusta. Los investigadores tienen tanto de todos esos ingredientes como la mayor parte de los humanos, y en su mayor parte ni son genios ni aburridos; eso sí, son gente con vocación, fuerza de voluntad y aguante, porque su carrera profesional, al menos en España, es bastante más dura que la que sufren otros colectivos: rara vez consiguen un puesto laboral estable antes de los 35 o 40 años, y solo unos pocos escogidos lo consiguen. La mayor parte acaba desistiendo de su propósito y busca trabajo en la industria o en cualquier otra actividad.

Lo habitual es que tras dedicar varios años a terminar su tesis doctoral, si es que consiguen una exigua beca que les permita sobrevivir durante ese periodo, tengan que irse unos pocos años al extranjero a completar su formación, si logran ser admitidos en alguna universidad o centro de investigación. El regreso no siempre es posible, y menos en estos tiempos de crisis, pero los más afortunados conquistan un hueco en los programas de reenganche existentes, como el Ramón y Cajal, para poder seguir investigando, con sueldo escaso y un horizonte de nueva inestabilidad a cinco años vista. Luego, a intentar sacar una plaza, algo casi imposible durante los pasados años en los que la tasa de reposición de funcionarios en España, incluido el sector de I+D+i, ha estado por debajo del 10%. De hecho, el número de investigadores ha descendido de 134.000 a 123.000 entre 2009 y 2014.

“SENTIMOS ADMIRACIÓN POR LA GENIALIDAD Y SUS MANIFESTACIONES MÁS ESTRAFALARIAS. EN NUESTRO IMAGINARIO EXTENDEMOS ESAS PECULIARIDADES AL COMÚN DE LOS CIENTÍFICOS”

El pasado abril se hicieron públicos los resultados de la séptima edición de la encuesta de Percepción Social de la Ciencia que la Fundación Española de Ciencia y Tecnología lleva a cabo cada dos años. Una vez más, la opinión pública española dio un espaldarazo al trabajo de los científicos, situándoles en el segundo lugar de sus preferencias, con una valoración de 4,4 sobre 5, solo por detrás de los médicos (4,5) y por delante de profesores, ingenieros, jueces, abogados, periodistas, deportistas, empresarios, religiosos y políticos, ordenados de mejor a peor valoración.


Contrasta esa valoración con un dato extraído de otra encuesta, el Estudio Internacional de Cultura Científica de la Fundación BBVA, que, según citaba recientemente la secretaria de estado de I+D+i, Carmen Vela, muestra que solo el 20% de los entrevistados aceptaría gustoso que su hijo se hiciera científico. Sin duda, influye en esta opinión las citadas dificultades de abrirse paso profesionalmente en el mundo de la ciencia, pero también puede contribuir a ella el tópico del investigador como un tipo extraño y sin habilidades sociales.

Y es que los tópicos se generan, sin duda, a partir de una cierta realidad y suelen contener un componente de verdad. La mezcla de genio y rareza no abunda, pero entre los científicos se produce con mayor frecuencia que en otros ámbitos. Y el cine ha empezado a aprovechar esa circunstancia y a contribuir de paso a reforzar esa imagen. Si hace unos años la oscarizada Una mente maravillosa nos mostraba esas características en la figura del matemático esquizofrénico John Nash, ganador del premio Nobel de Economía y del premio Abel (el Nobel de las matemáticas), la pasada temporada otros dos genios extravagantes han ocupado por largo tiempo y con notable éxito las carteleras de los cines, Alan Turing (El juego de la imitación) y Stephen Hawking (La teoría del todo). Turing, matemático, ha sido un desconocido durante varias décadas y hoy está considerado uno de los grandes genios del siglo XX por ser el hombre que consiguió descifrar los códigos en clave de la Alemania nazi y uno de los padres de disciplinas tan notables como la computación y la inteligencia artificial. De Hawking no es necesario dar muchos datos porque es el científico vivo más célebre, aunque solo sea por la paradoja de su lúcida mente encerrada en un cuerpo inútil.

La autora del libro en el que se basa Una mente maravillosa, la periodista estadounidense Sylvia Nasar, hablaba hace poco en Madrid de estos peculiares nerds (empollones), convertidos en estrellas, incluyendo otro ejemplo de mente privilegiada y reacciones sorprendentes, Grigory Perelman. Este matemático ruso resolvió el reto centenario de la conjetura de Poincaré y se convirtió en celebridad no por su genial hallazgo, sino por haber rechazado la prestigiosa medalla Fields y el millón de dólares que la Fundación Clay ofrecía a quien resolviera ese problema.

Parece claro que sentimos admiración por la genialidad y sus manifestaciones más estrafalarias. En nuestro imaginario extendemos esas peculiaridades al común de los científicos y por eso los consideramos gente rara. Los apreciamos mucho, pero no los queremos cerca. Es hora es de derribar el tópico y ser conscientes de que son vitales para nuestro futuro.

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