Cultura y conversación

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«La cultura es conversación»

Gabriel Zaid1


Cuando se trata de explicar en qué consiste ese proceso en el que, a nivel cerebral, se combinan información, conocimiento y sabi-duría, y que presumiblemente transcurre por muy complejos e impredecibles vericuetos mentales en aquellas personas que han apostado por vivir esa aventura personal que llamamos cultura, surge, entre otras metáforas, la palabra conversación [del latín conversare, vivir en compañía], definida en el Diccionario de la Lengua Española de la RAE como “acción o efecto de hablar familiarmente una o varias personas con otra u otras”. La rela-ción entre estas dos palabras ha sido expresada de manera tajante y afortunada por el ensayista mexicano, de origen judío, Gabriel Zaid: “La cultura es conversación… una conversación que nace de la tertulia local pero que se abre, como debe ser, a todos los lugares y a todos los tiempos”.

En línea con esta metáfora, también podría decirse, con una palabra afín a conversación, que “la cultura es diálogo” [del latín dial?ogus y éste del griego d?´a????Scon el significado de “por medio de la palabra”] si se entiende a este acto como la “plática entre dos o más personas que alternativamente manifiestan sus ideas o afectos”, una palabra que evoca el método utilizado por Platón en su Academia como inicio de la escritura filosófica.

Para Emilio Lledó, “la filosofía de Platón es la suma del discurso de todos los interlocutores de sus diálogos, la suma de todas sus contradicciones”. En este sentido, la verdadera cultura es la antítesis del adoctrinamiento, ya que exige la eliminación de todo tipo de lenguaje dogmático.

La cultura, como estructura conceptual, se construye y deconstruye analíticamente mediante un intercambio casi infi-nito de palabras y de imágenes, en una conversación entre innumerables interlocutores, sin límites en el espacio y en el tiempo. Como escribió en 1923 Ortega y Gasset en La Idea de las generaciones2, “junto a las cosas halla el investigador el pensamiento de los demás, todo el pasado de meditaciones humanas, senderos innumerables de exploraciones previas, huellas de rutas ensayadas …”.

La cultura sería el resultado de una continua conversación, mantenida a lo largo de los siglos entre hombres y mujeres, en la que la inmensa mayoría de los interlocutores nunca se encon-traron frente a frente, una conversación coral, basada en la lectura, con la que se ha intentado comprender al mundo y a la condición humana, y que ha dejado sus huellas en la palabra escri-ta, en los libros de las bibliotecas, en los libros escritos sobre libros, y en las imágenes de otras creaciones culturales; una conversación que ahora, en la era digital, se expande como una conversación electrónica global, desplegada en una red virtual sin límites, “cuyo centro no está en ninguna parte”.

“LA METÁFORA DE LA CULTURA COMO CONVERSACIÓN SE EXTIENDE, MUCHO MÁS ALLÁ DEL DIÁLOGO CORTÉS Y MÁS O MENOS CREATIVO, A LA CULTURA ENTENDIDA COMO UNA CONTINUA INTERPRETACIÓN Y REINTERPRETACIÓN”

Una conversación casi siempre recatada y silenciosa que, mientras el Sol no se apague, no tendrá fin; una conversación crítica, polémica, provocadora, transgresora, a veces creativa y otras muchas veces repetitiva, siempre curiosa, llena de referencias a otras palabras, a otras frases, a otros libros, capaz de provocar gozo y dolor. Una conversación que es, en gran parte, diálogo consigo mismo, hacia dentro del cuerpo que piensa3, una conversación reflexiva, solitaria y sosegada, pero que también es, sobre todo, diálogo con otros cuerpos pensantes, con los que alcanza a representar, cuando es real la presencia de estos cuerpos interlocutores, el difícil arte de la conversación.

El arte de la conversación, creador y/o promotor de cultura, como conversación cercana e inmediata entre escaso número de interlocutores, alcanzó sus mayores cotas en la Francia del siglo XVII, periodo histórico en el que se desarrolló la “cultura de los salones”, como los regentados por Madame Lafayette, y las mar-quesas de Rambouillet y de Sevigné4. En su libro Sobre Alemania, Madame de Staël escribió que “en la cultura francesa el desarrollo de las ideas ha sido, durante un siglo, dirigido en su totalidad por la conversación”. En los Estados Unidos la cultura de la con-versación llegó a su apogeo a mediados del siglo XIX, con la figura paradigmática del médico, filósofo, poeta y humanista Oliver Wendel Holmes. Para Holmes “los procesos mentales son fundamentalmente conversacionales”5.

Pero de la conversación que aquí se trata, como metáfora del proceso que construye y deconstruye la cultura, no es la que tiene lugar entre unos pocos, a muy corta distancia y en el mismo tiempo y espacio, sino de la conversación abierta a todos los inter-locutores posibles, una conversación intemporal, en un espacio cuyos límites sólo están definidos por la tecnología de su tiempo: el libro fabricado a la escala de las manos, que encontramos en las innumerables bibliotecas, o el texto, o libro virtual, que navega por el espacio digital.

La metáfora de la cultura como conversación se extiende, mucho más allá del diálogo cortés y más o menos creativo, a la cultura entendida como una continua interpretación y reinter-pretación, como un conocimiento de lo ya conocido, como una hermenéutica. En este sentido, conviene recordar que ya Hans Georg Gadamer no sólo destacó la dimensión hermenéu-tica de la cultura6, sino que propuso textualmente entenderla bajo la metáfora de una gran conversación: “como experiencia que piensa a través de la tradición, esta dimensión hermenéutica debe ser entendida como una única y gran conversación que está teniendo lugar y en la cual participan todos los tiempos, una con-versación que no puede dominar el tiempo presente de manera arrogante y superior, y al que somete a un control crítico.”

Como subraya el propio Gadamer, “el modelo básico para alcanzar juntos una comprensión es el diálogo o conversación. Una conversación que no será posible si uno de los interlocutores se encierra en el círculo de sus prejuicios ”7. Así le sucedió a George Steiner con Joseph Needham, profesor de la Universi-dad de Cambridge, reconocido bioquímico, de amplísima cultura, de la Royal Society y, al mismo tiempo, defensor acérrimo del maoísmo como praxis, en una conversación preliminar a unas entrevistas, sobre las que escribiría su semblanza, para la serie Modern Masters. Cuando Steiner preguntó a Needham si “había dicho la verdad cuando acusó a los norteamericanos de utilizar armas bacteriológicas en la guerra de Corea, su enojo e irrita-ción fueron manifiestos”. La conversación fue bruscamente interrumpida, y Steiner “nunca escribió aquel librito”8.




  1. Zaid, Gabriel. Los demasiados libros, Anagrama, Barcelona, 1996
  2. Ortega y Gasset. José. El tema de nuestro tiempo. La idea de las generaciones, Obras completas, Revista de Occidente, sexta edición, 1966.
  3. Pera, C. Pensar desde el cuerpo. Ensayo sobre la corporeidad humana, Editorial Triacas-tela, Madrid, 2006.
  4. Craveri, Benedetta. The age of conversation. A New York Review Park, 2005
  5. Gibian, Peter. Oliver Wendel Holmes. The culture of conversation, Cambridge Uni-versity Press, 2001
  6. Gadamer, Hans-Georg. Truth and Methode, Continuum International Publishing Group, January 2005
  7. Gadamer, Hans-Georg. Classical and Philosophical Hermeneutics, in Theory, Culture & Society, SAGE, vol. 23[1], 29-56, 2006.
  8. Steiner, George. Los libros que nunca he escrito. El Ojo del Tiempo, Siruela, Ma-drid, 2008

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