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Es curioso que en una época donde la brecha entre los hombres aumenta, donde la desconfianza hacia los otros se hace patente, la tecnología o alguna parte de ella se centra en acortar la distancia entre las máquinas y la inteligencia humana. Sumidos en una crisis financiera, en una sociedad donde el fracaso es el gran tabú moderno, como diría Richard Sennett, es extraño que ante una confianza perdida, porque parece que no somos capaces de gobernarnos a nosotros mismos, queremos dársela a las máquinas. Así, la multinacional Intel en el último de sus foros nos sorprende con afirmaciones como esta: “En un futuro no muy distante, las máquinas podrían incluso superar a los humanos en su capacidad de razonamiento”. Los expertos incluso ya tienen un nombre para esta máquina más inteligente que el humano. La han llamado The Singularity (La singularidad). ¿El mundo va a comenzar de nuevo? ¿Será menos vulnerable?
A las personas se les pide continuamente flexibilidad, tanto en sus relaciones laborales como personales. Flexibilidad que comporta siempre riesgos e incertidumbres, y arrastra siempre la cuestión de si ésta produce un ser humano comprometido con el otro. Vivimos una época donde se ha puesto de manifiesto la ineficiencia y la desorganización por parte de las elites financieras mundiales. Ante este panorama un futuro lleno de robots, eso sí muy flexibles, no aparece muy tranquilizador. Hoy en día, los robots se usan principalmente en los entornos de las fábricas, para realizar una tarea repetitiva muy deprisa. “Para hacer robots personales, éstos necesitan moverse y manipular objetos en entornos humanos desordenados y dinámicos”, dice Justin Rattner, director tecnológico de Intel. “Necesitan ser conscientes de sus alrededores para sentir y reconocer el movimiento en un mundo dinámico, a la vez que aprender a adaptarse a nuevos escenarios”.
El riesgo es otro de los rasgos de nuestro tiempo. La historia humana está plagada de errores. Las máquinas asumirán esos errores. A los seres humanos se les presupone una ética. El filósofo renacentista Pico della Mirandola, en su Discurso sobre la dignidad del hombre, retrata al hombre como “un animal de naturaleza diversa, múltiple y destructible. Es propio del hombre tener aquello que escoge y ser lo que quiere”. Pero no pudo responder a la pregunta que muchos mas tarde también se han hecho ¿cómo se puede modelar la propia vida?
Cuando uno escucha o lee a los tecnócratas parece que la cuestión está resuelta para las máquinas. Pero en ese mundo raro y virtual la responsabilidad se diluye. Tal vez, para no imaginarnos un mundo con todavía más incertidumbre de la que tenemos, deberíamos recordar las palabras del filósofo Paul Ricoeur: “Porque alguien depende de mí, soy responsable de mi acción ante el otro”. Cuando las máquinas, en un futuro, puedan incluso superar a los humanos en su capacidad de razonamiento, ¿nos necesitarán o se llenaran de indiferencia? ¿Nos cuidarán o también reproducirán la falta de cuidados que tienen los humanos los unos con los otros? Como dice Sennett, “un régimen que no proporciona a los seres humanos ninguna razón profunda para cuidarse entre sí no puede preservar por mucho tiempo su legitimidad”.
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