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La continua aceleración de los cambios tecnológicos está agotando a los consumidores europeos. Demasiada tecnología para ser absorbida y asumida con naturalidad, según una reciente encuesta de la consultora Weber Shandwick. Para tres de cada cuatro europeos, la tecnología cambia tan rápidamente que les resulta imposible asumirla. Hay quienes dan lo que no tienen por un ordenador de última generación, para no sentir que “un mundo lleno de posibilidades se les escapa”; otros, por tener un móvil, con conexión wi-fi, bluetooth, lleno de “maravillas” que no utilizan y que se quedarán viejas en cuatro meses. Hay que adquirir televisiones LCD, que aunque no se vean, tengan incontables canales llenos de las mismas programaciones; cámaras digitales para hacerlas compatibles con los ordenadores y de vídeo para mandar grabaciones por el teléfono móvil. PDA, chats, internet, videoconsolas EP3... En fin, todo aquello que te hace ciudadano de la sociedad tecnológica actual.
Los fabricantes están presionados por la competencia, sacan novedades para no perder el tren y los consumidores no saben lo que quieren. De hecho, según un estudio de la patronal tecnológica Asimelec, el 73% de los usuarios de móviles multimedia no usa el reproductor de música digital. La encuesta de Weber Shandwick recalca que dos de cada diez encuestados se siente sobrepasado y aburrido por esos cambios, y sólo el 8% utiliza todas las características de sus dispositivos. Tal vez en un principio el inhibidor fundamental al desarrollo de posibilidades, como la banda ancha o el móvil, fue el desconocimiento de las ventajas de adoptar determinadas tecnologías. Ahora, el desconocimiento se ha sustituido por la saturación.
Si ante la saturación siente mareos, naúseas, dolor de cabeza, nerviosismo o miedo, tal vez sufra de lo que ya se ha dado en llamar tecnofobia. Son los menos, pero el pánico al chip está ahí. La fobia a los cajeros automáticos y al uso de ciertos programas de ordenador forma parte ya de la clínica cotidiana. Si tienes miedo a que el cajero se te trague la tarjeta y sólo pensarlo ya te inquieta aunque nunca ocurra, el estrés se multiplica en aquellas empresas atenazadas por dos posibles miedos: el desconocimiento de las nuevas herramientas y la falta de seguridad de que este cambio les lleve a ganar más dinero.
La primera reacción de un fóbico es evitar el objeto en cuestión. Los psicólogos coinciden en que el individuo se deja llevar por la seguridad de lo conocido antes que por la incertidumbre de lo que vendrá. Los tecnofóbicos generan resquemor y la gente que los rodea tarda en comprender que puede ser una enfermedad. Los males que produce la tecnología fueron estudiados ya en 1984 por Craig Brod. Este psicólogo freudiano de Silicon Valley bautizó la problemática con los creativos nombres de tecnoestrés o tecnotensión. Años más tarde, Philip Nicholson, ex investigador del Instituto Tecnológico de Massachusetts, aseguró que en el futuro pueden aparecer fenómenos de pánico colectivos, agorafobia y alienación. Larry Rosen, profesor de Psicología de la Universidad Estatal de California, escribió con con Michelle Weill un libro titulado Technostress en 1997 donde advertían que un 10% de usuarios de la tecnología serían adictos. A aquellos que no tienen el último modelo se les considera unos desfasados y de esta manera el adicto refuerza su conducta.
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