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No había nacido cuando un bip-bip tuvo lugar. Un sonido que hizo soñar a generaciones posteriores con las maravillas del cosmos. Sueño que hoy parece diluido en la importancia que se da a la vida virtual que se recrea en un ordenador, heredera de esa simple transmisión. Hoy parece que las epopeyas espaciales se diluyen en los complicados vericuetos de máquinas y agencias. Sólo los accidentes despiertan curiosidad, qué extraño.
Nos hemos vuelto más terrícolas, más anclados a la complejidad terrestre que a la inmensidad de lo incomprensible. Hemos cambiado los espacios sin horizonte por la claustrofobia de los cuartos con ordenador, por muchos mundos que existan en él. La maravilla y el misterio, por el control y el negocio. Parecemos cansados de un conocimiento sobre nosotros mismos que sólo ha comenzado a vislumbrarse en nuestra conciencia.
El mito y la ficción literaria se dieron la mano con el lanzamiento del primer satélite artificial, el Sputnik 1. El 4 de octubre de 1957 una bola metálica abrió no sólo la era espacial, sino también el despegue de las telecomunicaciones. Sus cuatro antenas posiblemente impulsaron de una manera decisiva la investigación científica y tal vez menos de lo que pensábamos la ancestral ensoñación de tener más cerca a las estrellas. Hubo una época en que se pensó que a esta altura del siglo XXI los viajes a la Luna serían como ir a EE UU, y es que como siempre los sueños, sueños son, incluidos los de algunas novelas de Julio Verne y Herbert G. Wells.
No quiero decir que no se hayan conseguido algunos de ellos. Según los expertos, 50.000 avances tecnológicos han sido posibles gracias a la transferencia de la investigación espacial a la vida cotidiana, en numerosos ámbitos que van desde la electrónica a la informática, pasando por las telecomunicaciones y la aeronáutica, entre otros campos. Pero ya parece que no hay fechas como la de un 12 de abril de 1961, en la que un gran sueño de la humanidad se hacía realidad: en una cápsula Vostok, Yuri Gagarin volaba al espacio por primera vez en la historia, transformándose en un héroe de la humanidad. Hoy hay miles de satélites artificiales circundando la Tierra. Los ingenios a reacción siguen explorando el espacio y nos traen noticias sorprendentes.
Seguimos ante un océano abierto de conocimiento y como dijo el visionario ruso Konstantin Tsiolkovsky: “La Tierra es la cuna de la humanidad, pero no se puede estar siempre en la cuna”. En estos momentos parece que se están reactivando nuevamente los pro-gramas para volver a llevar hombres a la Luna. No sabemos todavía si ocurrirá otra vez lo que escribió William Walter en su libro Space Age: “Nuestros amoríos con la Luna parecieron convertirse en un simple coqueteo, una aventura de una noche avivada por las pasiones de la guerra fría”. Una vez se pensó que el destino de la humanidad estaba en las estrellas.
H. G. Wells decía: “No se puede volver al pasado. La elección es el universo o nada”. Pero ya nadie se atreve a soñar así, aunque se sigan dando fechas para la expansión de la humanidad. La intemperie cósmica no motiva la imaginación, las condiciones hostiles del espacio exterior no son muy alentadoras para emprender la adaptación en otros planetas. Vivimos nuevos rumbos para la humanidad. James Watson dice: “Antes pensábamos que nuestro futuro estaba en el estrella. Ahora sabemos que está en nuestros genes”. Pero éstos no dejan de ser polvo de estrellas hecho vida.
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