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En las elecciones generales de 2008, los políticos españoles ya han descubierto la tierra prometida del ciberespacio. Han comenzado a asumir el “ser digital” que profetizó Nicholas Negroponte. Pero, como diría Giovanni Sartori, ¿esta tierra prometida es una tierra firme, o más bien una tierra poco estable que se apoya en el vacío?
La digitalización de las sociedades modernas es una consecuencia del progreso tecnológico. Nadie lo pone en duda, pero el Homo sapiens contemporáneo parece que quiere volver a parecerse a sus ancestros; el lenguaje-palabra que nos ha caracterizado pierde protagonismo frente a la imagen, donde el concepto realidad se confronta con el virtual. Esta última da sensaciones, ilusión de estar en contacto con los otros; produce significados que parecen superar a la palabra. Emite mensajes para todos, no quiere ser elitista. ¿Pero es culta? ¿Detrás de ella hay conocimiento o se fomenta el divertimento por encima de todo.
Es difícil sopesar el impacto de todo ello cuando hay millones de personas implicadas en una nueva concepción de la realidad y comenzando a ser exploradoras de las nuevas for-mas de entendimiento. Pero como escribe también Sartori en su libro Homo videns, la imagen de un hombre sin trabajo no nos lleva a comprender en modo alguno la causa del desempleo y cómo resolverlo.
El hermanamiento entre la cultura escrita y la cultura audiovisual es proclamado por algunos como un hecho posible, pero también es constatable que la lectura pierde adeptos en estos momentos. Internet posibilita todavía, frente al acto de mirar, mayores posibilidades que la televisión y también un mayor conocimiento; pero no sabemos si esta potencialidad también decrecerá en fomento del entretenimiento y sus mensajes se sumirán en un gran lago de la indiferenciación.
Ya sabíamos, por la televisión, que el poder de la imagen es utilizado por los políticos para hacer llegar sus mensajes y puede condicionar los procesos electorales. La formación de la opinión pública ha recaído, desde que estos nacieron, en periódicos, radios y televisión. Con Internet se reabre el debate de qué es lo que puede engañar más, si las palabras o las imágenes; si informar lleva a entender o no los hechos.
La red permite la personalización de la política, posibilita que los políticos pongan su marchamo sin intermediarios, como son los dueños de los periódicos o de las cadenas de televisión o de radio. Y pueden transmitir así sus propuestas con medios creados por ellos mismos y sus asesores de imagen. La dependencia puede recaer en los recursos tecnológicos y en su conocimiento, más o menos profundo, para difundir un mensaje.
Después de la elecciones seguramente oiremos a los analista opiniones sobre si los nuevos vehículos propagandísticos de la red han dado resultado o no, si son influyentes o están en proceso de serlo. Si el concepto democracia –todo el poder para el pueblo– y el de un demos potenciado por la red se han hecho realidad, es decir, si ha permitido una mayor capacidad para actuar y decidir. Y si el nuevo Homo digitalis sabe algo más que pulsar un teclado.
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