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El pasado mes de diciembre, “tras haber cumplido 90 órbitas alrededor del Sol”, Arthur C. Clarke comentó en una de sus últimas charlas con la prensa: “Si me concediesen tres deseos, quisiera ver alguna evidencia de vida extraterrestre. Siempre he creído que no estamos solos en el Universo, pero aún esperamos que E. T. nos muestre algún signo de su existencia. En segundo lugar, desearía que desterráramos nuestra dependencia y adicción del petróleo y adoptáramos energías limpias. El cambio climático nos empuja de forma urgente a este cambio de mentalidad. He vivido en Sri Lanka durante los últimos 50 años, y casi la mitad de ese tiempo he sido un triste testigo de la terrible guerra que lo divide. Deseo profunda-mente ver que la paz duradera arraigue en Sri Lanka”.
Tres deseos que dejó en el aire para la humanidad y para sus lectores, ya que el 19 de marzo moría el escritor, que es como a él le hubiera gustado ser recordado a pesar de haber sido explorador marino, promotor del espacio y visionario del futuro, como la idea de los satélites de comunicaciones. Fue en Can Rocket Stations Give Worldwide Radio Coverage? (1945) donde planteó por primera vez la idea de que los satélites geoestacionarios podían ser excelentes centros de las telecomunicaciones. Pero sus predicciones no quedaron ahí. Con más de 90 obras literarias, fue el primero en predecir el uso de naves espaciales reutilizables, el efecto 2000 y la proliferación del teléfono móvil y la red.
Visionario como su compatriota el poeta William Blake, quien escribió “si las puertas de la percepción se abrieran, el hombre se vería tal cual es: infinito”. También él dijo: “La única posibilidad de descubrir los límites de lo posible es aventurarse un poco más allá de ellos: hacia lo imposible”. Tal vez por esta creencia, que sería estandarte en su vida, motivo de su creatividad y sobre todo su incansable interés por desentrañar los misterios del espacio, de la ciencia y de lo imposible, dejó instrucciones para que su funeral fuera estrictamente laico.
Los amantes de la ciencia ficción lo recordarán por obras como El fin de la infancia o Cita con Rama. Los cinéfilos, por su aporte a Stanley Kubrick para la monumental 2001: Odisea del Espacio. Los astrónomos, por la órbita Clarke, que es la forma cariñosa de llamar a la órbita geoestacionaria.
Para muchos críticos, con el fallecimientote del autor de La ciudad y las estrellas y de Fuentes del Paraíso, desaparece el último de los que, en los años setenta, fueron bautizados como Los Tres Grandes de la ciencia-ficción moderna (los otros dos fueron Isaac Asimov y Robert Heinlen). Maestro del final inesperado y del equívoco, sus relatos breves buscan siempre la reflexión. En los años 80 y 90 su escritura también da un viraje hacia el terreno político-social con obras como el Factor Dominante o Sismo Grado 10.
Sus relatos son claros, profundos, reflexivos y fantásticos. Era un apasionado del conocimiento y del avance científico y compartía con la comunidad científica sus ideas, que también volcaba en sus novelas. Pero como a todos los humanos, la paradoja también le rodeó: Clarke tenía un lado profundamente místico. Una religiosidad propia de quien jamás perdió la capacidad de maravillarse ante el universo.
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