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Cuando se ha vivido en Cádiz y en Sevilla se ha visto, en sueños, América. Y yo pasé mi infancia en Cádiz, asomado al mar de los descubrimientos, a los crepúsculos de la Caleta –donde se acaba Europa–, y a una azotea que olía a claveles y rosas, porque estaba llena de maceteros con flores. Era blanca y soleada, con la luz inconfundible de Cádiz: esa luz que sólo he encontrado en el mar, navegando el Atlántico en días claros, cuando el sol pinta reflejos de agua sobre las paredes del camarote....
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